Facilidad para pagar las deudas, un medio de transporte propio, una casa con muchos lujos, la posibilidad de ir a un restaurante y comerse lo que “le venga en gana”, un ropero repleto de piezas hasta para regalar, la lista que describe el sueño de un trabajador promedio es larga. Y no es frivolidad, es ir con la corriente social que durante años ha vendido la idea del “Paraíso prometido”, tan inculcado en la sociedad por las creencias religiosas, como un sinónimo de solvencia, estabilidad y abundancia económica. ¿Es mentira? Pues no, pero realmente: ¿es el antídoto para alcanzar la plena felicidad?

El sueño anhelado de la estabilidad económica se ha convertido en sinónimo de estrés financiero. La preocupación constante por pagar las deudas, ahorrar para el futuro y mantener un estilo de vida cómodo puede generar una carga emocional significativa. Un estudio realizado por las organizaciones no gubernamentales Medicusmundi y Médicos del Mundo (2023) refiere que “casi mil millones de personas en todo el mundo padecen un trastorno mental y cada año más de 700 mil personas mueren por suicidio».

Este aumento de trastornos mentales como la ansiedad y la depresión en la población mundial, destaca el estudio, se traduce en la baja de productividad, lo que ha generado una pérdida económica aproximada de 1 billón de dólares cada año. Como puede evidenciarse, la relación entre la salud financiera y la salud mental es bidireccional, ambos van de la mano. Las personas que buscan una estabilidad financiera generalmente descuidan el aspecto emocional y mental, y quienes luchan con problemas de salud mental pueden tener dificultades para mantener un empleo estable, administrar sus finanzas de manera efectiva y tomar buenas decisiones financieras. Un ciclo puede llevar a una espiral descendente en el que ambos aspectos se deterioran simultáneamente.

Burnout: pandemia silente

En la búsqueda del bienestar y la estabilidad económica, muchas personas asumen múltiples empleos, algunos altamente demandantes, lo que se traduce en largas horas dedicadas a cumplir con el trabajo. Este exceso de tiempo dedicado a este fin puede tener consecuencias devastadoras para la salud mental. La falta de tiempo para el descanso, el ocio y las relaciones personales conducen al agotamiento, el aislamiento social y la disminución de las capacidades cognitivas y, paradójicamente, producen una baja calidad de vida.

Una de las consecuencias de esta condición de vida generalizada es el llamado “Síndrome del burnout, del quemado o agotamiento profesional”. Este padecimiento se caracteriza por el agotamiento emocional, la despersonalización y una disminución en el rendimiento laboral. Las personas que experimentan este trastorno sienten que están en un ciclo interminable de trabajo y estrés, sin tiempo para recuperarse o cuidar de su bienestar mental.

La pena y el prejuicio puede más

Generalmente, trabajadores que poseen todos los síntomas del Síndrome de Burnout no buscan ayuda para no dar una impresión de falta de eficiencia, incapacidad o simplemente, por miedo a ser juzgados por sus compañeros. Estas barreras culturales y la falta de recursos, pues generalmente la atención psicológica es costosa por los honorarios de los profesionales dedicados a esta rama, a menudo impiden que las personas busquen la ayuda necesaria, lo que hace que la crisis de salud mental permanezca y crezca si esto se relaciona con el estrés financiero.

Una solución que además repercutiría en aumentar la productividad laboral es promover, desde las empresas y los gobiernos, la implementación de políticas que prioricen la salud mental y que obliguen la integración de apoyo psicológico, asesoramiento financiero y el respeto a los horarios laborales.

Países como España, Italia, Portugal, Francia, Bélgica, Alemania y recientemente Australia tienen leyes en los que dan el derecho al trabajador de desconectarse fuera del horario laboral. Este hecho si bien ha sido objeto de críticas y descalificaciones por las empresas, de alguna forma es una manera de proteger la estabilidad física, mental y emocional de las personas.

Ciertamente los actuales momentos exigen un mayor empleo del tiempo en las actividades laborales para generar beneficios económicos que proporcionan tranquilidad financiera. No obstante, perder el norte de conseguir estabilidad física, mental y emocional, y poner por encima de esto el cumplimiento de una exigencia de trabajo, puede llevar a que se viva para el trabajo y no se trabaje para vivir. De allí que la reflexión queda en cada quien y en poner en una balanza lo realmente importante y perecedero, y que no sea tarde para poner la coma en la cotidianidad que hace falta para continuar el relato.