Natchaievig Méndez

Cuenta la leyenda que en el principio de los tiempos Dios tenía una legión de ángeles que se encargaban de ser mensajeros divinos, protectores de los fieles,  guerreros espirituales y adoradores eternos de su grandeza.

Existió pues un grupo que al querer igualarse a la máxima presencia fueron expulsados del cielo convirtiéndose en todo lo malo que después contagió a la humanidad. Otro grupo permaneció en el Paraíso cumpliendo su propósito divino y continúan sirviendo como mensajeros, guardianes y ejecutores de la voluntad del Gran Creador.

Sin embargo, muchos de esos “ángeles que no cayeron” están en la Tierra, cumpliendo su rol. Cada noveno jueves después del Domingo de Resurrección se visten de diablos, pero no son malos; pues son un símbolo de resistencia, fe, devoción y amor por el arraigo a las raíces de su cultura: los Diablos Danzantes de Corpus Christi.

El 6 de diciembre de 2012, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) decidió ingresar esta manifestación cultural religiosa venezolana en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Fue la primera expresión identitaria de Venezuela reconocida en el mundo como referencia de la venezolanidad y todo lo que su historia conlleva.

Existió un tiempo en el que muchos de los venezolanos desconocían esta expresión. Algunos, incluso, desde la ignorancia y los dogmas de fe que son vendas en la expansión del conocimiento, los relacionaban con rituales satánicos. Sin embargo, si existe algo más vinculado a una muestra de rendición ante la divinidad de Dios es justamente esta expresión cuyas raíces, precisamente, vienen del catolicismo y la exaltación de que “el bien siempre triunfará sobre el mal”.

Además de lo anterior, el desconocimiento también se debía a que esta expresión cultural quedó arraigada en poblaciones retiradas de las principales urbes del país, en donde tras todo el proceso de centralización económica se concentró gran parte de los venezolanos. Es así como las localidades que han resguardado por más de 200 años esta manifestación de fe fueron: Cata, Cuyagua, Ocumare de la Costa, Turiamo, Chuao de Aragua; Patanemo y San Millán de Carabobo; Naiguatá de La Guaira; Yare de Miranda; San Rafael de Orituco de Guárico y Tinaquillo de Cojedes.

Pese a que la Unesco solo ingresó a 11 cofradías de promeseros del Santísimo Sacramento del Altar en fueron más, se dice que, incluso, en la capital hay indicios de que existieron Diablos Danzantes en Corpus Christi; sin embargo, con el tiempo y los procesos de transculturación y aculturación solo 11 población se convirtieron en cofres garantes de que la tradición se mantuviese.

De imposición a devoción

Muchas lunas, soles y aguas han repetido su ciclo desde el principios del siglo XIII, cuando Santa Juliana de Mont Cornillon vio en un eclipse lunar la hostia consagrada. Impulsada ppor la fe solicitó a las autoridades de Roma hacer una misa en honor a la Transubstanciación de Cristo en el pan y el vino.

Esta es el acto nuclear de los Diablos Danzantes de Corpus Christi: la presencia del hijo de Dios en el vino y el pan y por ello más de 5 mil personas en Venezuela danzan como pago de promesa por peticiones y favores, generalmente, relacionados con la salud.

En 1317  Juan XXIII estableció que las sociedades religiosas rindieran culto al Santísimo Sacramento y recorrieran las calles celebrando la transubstanciación. Así se implementó que “el mal” -representado en tarascas, enanos, personas vestidas de romanos, bailadores y diablos- marchara caminando de espaldas en señal de rendición. Primera victoria simbólica de “el Bien”.

Esta tradición de origen europeo llega a Venezuela con la invasión española a partir de 1498. Los dueños de haciendas, siguiendo sus costumbres, realizaban las procesiones y como representación del mal vestían a sus esclavizados con ropas que eran cubiertas con pinturas elaboradas a base de sustancias vegetales. Las máscaras eran cortezas de árboles o conchas de taparas. Todo esto fue evolucionando con el pasar del tiempo y quienes antes honraban al Santísimo Sacramento por imposición ahora lo hacen con la mayor de las devociones.

Organizados en cofradías, sociedades o hermandades, la manifestación Diablos Danzantes de Corpus Christi de Venezuela no solo ha logrado mantenerse durante más de 300 años,  además ha transmitido por generaciones los valores más puros de la sociedad en cumplimiento de la palabra empeñada. Está dinámica social que hace visible a escala nacional e internacional  sirve de ejemplo de una buena convivencia y dinamismo que parte de su cultura originaria.

Los Diablos Danzantes no son solo quienes visten de trajes vistosos y coloridos y bailan al ritmo de la tambora, la caja o el cuatro, esta expresión involucra a toda una población que desde diferentes roles se aboca completa al cumplimiento de una promesa, una expresión cultural que los hace uno y que llevan consigo desde que están en el vientre materno.

Por ello, las nuevas generaciones que nacen y crecen con el recorrido de los Diablos cada noveno jueves después de la Semana Santa, espera con ansias esta fecha y, aún más, pertenecer a una tradición ancestral que los devuelve aún más a su tierra y ser parte de una referencia mundial que identifica al pueblo venezolano.

Es necesario resaltar que esta devoción no debe confundirse con actos de creencias religiosas con presencia de reciente data en territorio venezolano. Esta manifestación cultural-religiosa es historia viva y testigo de los procesos de transformación cultural del país. Es la muestra de lo expresado en el prólogo de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela que define a la sociedad venezolana como “multiétnica y pluricultural”; una huella viva de la interacción de las culturas indoamericana, europea y africana.

Armas de protección contra el Maligno

Según la tradición oral de los hermanos del Santísimo Sacramento, el día del Corpus Christi es el momento en el que “el cachúo” se zafa del pie de San Miguel y se cuela en esta manifestación para hacer “travesuras”.

Es por ello que los danzantes contienen en su indumentaria símbolos que son más allá de un adorno, representan la protección para que el mal no se apodere del alma de algún danzante.

Uno de estos símbolos es la presencia de la cruz que rememora el madero en el que Jesús de Nazareth entregó su cuerpo físico por la humanidad. Pero este elemento no solamente está en presencia física, también se incluye en los pasos de la danza que se hace a lo largo de la procesión. Además, no pueden faltar los escapularios en la ropa, las máscaras, capas, pantalones.

Otro elemento de esta manifestación es la presencia de altares a lo largo del recorrido de los Danzantes. que no puede faltar durante el recorrido, frente a los altares y, sobre todo, al Santísimo Sacramento, son oraciones y rezos que lo protegerán de ser utilizados como vehículos de “el mal” para hacer acto de presencia en este plano terrenal.

Es así, como los saberes ancestrales, esos que traspasan los límites cuantificados y calificados por la ciencia, permanecen intactos en la raíz de los pueblos, forman parte de su sistema de creencias y explican lo que el modernismo nunca ha podido teorizar: la eterna lucha entre el bien y el mal.