
Centrar la mirada en el istmo de Panamá en junio y julio de 1826 no solo significa observar el nacimiento de la diplomacia continental, es también entrar en un laberinto de hilos invisibles en el que las nacientes soberanías americanas chocaron contra la cruda realidad de la hegemonía comercial global.
Si bien el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua rezaba con contundencia en su artículo dos que su objeto era «sostener en común, defensiva y ofensivamente si fuera necesario, la soberanía e independencia de todas y cada una de las potencias confederadas de América contra toda dominación extranjera», detrás de escena se tejía una trama económica mucho más compleja.
El historiador Manuel Carrero, integrante del Centro de Estudios Simón Bolívar, explica que para 1826 el continente estaba cercado por los mercados y esto era consecuencia de lo que en el mundo ocurría.
Dos años antes, Europa intentaba sanar las heridas del imperio napoleónico a través de sucesivos congresos de la Santa Alianza (desde Viena en 1814 hasta Verona en 1822). España, disminuida y relegada, ya no era considerada una potencia. Sin embargo, el verdadero peligro para la América liberada no era solo militar.
«Europa comenzaba a reordenarse y a ver con cuidado que el sistema monárquico podía verse afectado por el sistema republicano con toda la carga de democracia y división de poderes públicos, participación popular, elecciones, etc», destaca Carrero.
Detrás de la retórica dinástica de las viejas potencias occidentales, el motor de la historia se movía a vapor. La Revolución Industrial crecía de manera acelerada y requería desesperadamente nuevos espacios de consumo. Según Carrero:
«En el fondo, y más que reuniones políticas, lo que trataban era de economía, de ver cómo quedaban los territorios de las antiguas colonias en términos de mercado. Necesitaban mercados para colocar la mercadería de la producción industrializada que cada día aumentaba con los avances de la Revolución Industrial».
Potencias como el Reino Unido, Francia, Rusia y Holanda afilaban sus estrategias para irrumpir en los territorios de la antigua América española, espacios que no solo prometían ser receptores de manufactura, sino proveedores inagotables de materias primas, oro y plata. El riesgo de una recolonización económica estaba latente, alimentado incluso por dirigentes americanos como José de San Martín, partidario en su momento de instalar príncipes europeos en el Nuevo Mundo.

Recelos, autonomías y el peso de Bolívar
Una de las grandes fracturas del Congreso de Panamá fue la ausencia de actores clave como las provincias del Río de la Plata (Argentina) y Chile. Las razones de este vacío combinaron el caos administrativo interno con el temor político al liderazgo indiscutible de Simón Bolívar.
Carrero relata que Argentina, para entonces, distaba mucho de ser un bloque homogéneo. Era un territorio fragmentado en provincias autónomas dominadas por los intereses locales de Buenos Aires. «Eran distintas las miradas post-coloniales frente a los proyectos republicanos», precisa.
Es así como, mientras el Libertador edificaba el sueño de la confederación, figuras como Bernardino de Rivadavia buscaban en Madrid y Londres el envío de un príncipe francés o español para consolidar el orden, comenta el investigador.
A este divorcio ideológico se sumaba el recelo geopolítico hacia la Gran Colombia. «Cuando recibieron la invitación en Buenos Aires, ya Bolívar estaba encumbrado con la derrota de los españoles, la influencia en Bolivia y Perú, y con el enorme peso que significaba Colombia», detalla Carrero. De allí que asistir a Panamá, para las élites bonaerenses, se traducía en «legitimar lo que se propusiera en el Congreso. Es decir: era potenciar más a Colombia y a Bolívar». Chile, por su parte, mantuvo una postura igualmente reservada, más celosa de sus propias fronteras y desconfiada de las dinámicas rioplatenses.
El ajedrez de las potencias
Las cuatro repúblicas que finalmente plantaron sus banderas en el istmo (la Gran Colombia, México, la Federación Centroamericana y el Perú) acudieron impulsadas por necesidades materiales urgentes: el reconocimiento político internacional, la urgencia de garantizar la paz tras la devastación de la guerra, la firma de tratados de defensa común y el desarrollo de la navegación comercial.
En ese tablero de ajedrez, la invitación a Inglaterra, gestionada por el diplomático Manuel José Hurtado, no fue una contradicción de Bolívar, sino un movimiento estratégico milimétrico, aclara el historiador Manuel Carrero.
El Libertador, explica, entendía que el Reino Unido, con su colosal desarrollo industrial, era el único contrapeso real capaz de frenar las emergentes intenciones expansionistas de los Estados Unidos y neutralizar las amenazas de la Europa absolutista.
Sin embargo, las élites locales prefirieron el repliegue. Al analizar por qué el aislamiento terminó imponiéndose sobre la unión, Carrero es categórico al identificar las rémoras del pasado:
«Las élites que venían del tiempo colonial y los intereses que se venían creando en torno a ellas, tenían temores (…) a quedar dominadas por Bolívar y Colombia y preferían establecer relaciones a su modo y según sus intereses particulares, de lo que se puede deducir que lo que hoy existe, en buena medida son rémoras de las estructuras coloniales y de las tácticas básicamente anglo-estadounidenses para controlar la economía».
La historia posterior le daría la razón a este diagnóstico: a lo largo del siglo XIX, Inglaterra no necesitó de ejércitos para recolonizar a Latinoamérica, le bastó el desembarco silencioso de sus mercancías, préstamos e inversiones financieras.

Cuba y Puerto Rico: la «fruta madura» que congeló el Istmo
El punto más álgido y dramático de la agenda del Congreso Anfictiónico de Panamá fue, sin duda, la situación de Cuba y Puerto Rico, las últimas bases militares y navales que les quedaba a la corona española en el Caribe. Colombia y México llegaron a la cita con una postura clara y generosa: «al ser liberadas ninguna pasaría a formar parte de ninguna de las repúblicas ya formadas, sino que ellas decidieran su propia organización», refiere Carrero.
Pero el proyecto de Bolívar de equipar una expedición libertadora anglo-colombiano-mexicana para emancipar las islas encendió las alarmas imperiales. Estados Unidos, bajo la doctrina de la «fruta madura» esgrimida desde 1823, consideraba a Cuba como un apéndice natural de su territorio que tarde o temprano caería en sus manos por leyes de «gravitación política», menciona el historiador. El norte temía que una Cuba libre bajo la influencia de México o la Gran Colombia alterara el equilibrio comercial o, peor aún, desatara una revolución de esclavizados que contagiara a sus estados sureños, emulando la gesta haitiana.
Ante la presión combinada y los «desequilibrios que pudiera ocasionar» a los intereses de Washington y Londres, el ímpetu emancipador fue frenado en seco. Colombia, evaluando el desgaste diplomático y las debilidades del debate en una mesa ya minada, optó por retirar el punto de las discusiones finales.
La cita de Panamá se clausuró dejando una fisonomía incompleta. El escudo del Libertador se agrietó no por las lluvias o la insalubridad del istmo, sino bajo el peso de un orden mundial que ya había decidido fragmentar a la América del Sur para devorarla por partes. Casi dos siglos después, el análisis de Carrero nos confronta con la misma verdad amarga: los hilos invisibles de la economía siguen siendo el terreno escabroso donde se debate nuestra verdadera independencia.
El silencio que cayó sobre el Istmo tras la dispersión de las delegaciones no fue el final de la historia, sino el inicio de una larga vigilia. Para comprender la magnitud del desenlace, y el espejo implacable en el que nos miramos hoy, es obligatorio desandar el camino y regresar al punto de partida: la íntima soledad de Simón Bolívar aquel 22 de junio, el día en que se instaló formalmente el Congreso. ¿Qué pasaba por la mente del Libertador mientras el engranaje secreto de los mercados ya saboteaba su propuesta de unidad? Desentejamos el testamento el testamento político de aquella jornada y cómo las advertencias de Bolívar sobre el ajedrez global siguen siendo, 200 años después, la clave exacta para leer las tensiones de Nuestramérica contemporánea.
T/Natchaieving Méndez

