
El primer ministro de Reino Unido, Keir Starmer, anunció este lunes su dimisión como primer ministro, tras señalar que ha escuchado el cuestionamiento interno a su liderazgo del Partido Laborista, después de meses de críticas y polémicas que han puesto fin a su etapa como líder del Ejecutivo británico solo dos años después de vencer las elecciones generales en julio de 2024.
«La pregunta que se plantea ahora mi partido es si soy la persona más adecuada para liderarnos de cara a las próximas elecciones generales. He escuchado la respuesta de mi grupo parlamentario a esa pregunta y la acepto de buen grado», dijo en un mensaje que ha leído a las puertas de la sede de Gobierno en Downing Street.
Según ha defendido, todas las decisiones que ha tomado siempre han buscado «anteponer» el interés de Reino Unido. «Por eso voy a dimitir como líder del Partido Laborista», ha anunciado, tras señalar que ya había hablado con el rey Carlos III para informarle de su decisión de dejar el cargo.
El primer ministro británico ha fijado para el 9 de julio el inicio del proceso interno que elegirá a un nuevo líder laborista y nuevo jefe del Ejecutivo para finales del mismo mes, si no hay más que una candidatura, todo con la idea de que el nuevo primer ministro de Reino Unido tome posesión y se haga un traspaso de poderes ordenado de cara a la vuelta del verano.
Mientras tanto, Starmer seguirá en el puesto, ha confirmado, por lo que se espera que participe cumbres internacionales como la de la OTAN, de los días 7 y 8 de julio en Ankara, y la cita bilateral con la Unión Europea, prevista para el 22 de julio en Bruselas.
En todo caso, ha querido reivindicar su trabajo durante dos años en Downing Street, destacando que deja «una economía más fuerte» con salarios que crecen más que la inflación, más inversiones en áreas como la sanidad y «el fin de la austeridad» o «el mayor aumento del gasto en defensa desde la Guerra Fría».
También ha sacado pecho de su gestión de la migración y ha recalcado que su Ejecutivo logró que el país recuperara la «reputación en el mundo». «Reino Unido vuelve a defender la decencia, el respeto y el Estado de Derecho, ha cerrado acuerdos comerciales, ha apoyado a Ucrania, ha defendido nuestros valores y ha reconstruido nuestra relación con nuestros aliados en Europa», ha señalado, reivindicando el «cambio prometido por un Gobierno laborista».
En todo caso, el jefe del Ejecutivo británico ha sucumbido a la enorme presión a la que estaba sometido desde el pasado 7 de mayo, cuando la debacle en las elecciones locales y el auge del partido de ultraderecha Reform UK, de Nigel Farage, acrecentó las críticas internas a la marcha del partido.
Al fiasco en los comicios le seguido la dimisión de varios miembros de su gabinete, incluyendo el ministro de Sanidad Wes Streeting, visto como un potencial rival en las primarias, o el ministro de Defensa, John Healy, figura clave en un gobierno que ha elevado el aumento militar y liderado el refuerzo del apoyo europeo a Ucrania.
La puntilla a una serie de polémicas, como los tentáculos del caso Epstein en la política británica y el controvertido nombramiento del exembajador de Reino Unido en Washington Peter Mandelson, fueron las críticas del ex primer ministro Tony Blair que afeó que Starmer no contaba con un plan claro de gobierno y reclamó un debate interno en el laborismo para «elegir una dirección».
Todo con el retorno a escena de su gran rival, al que se ve como posible sucesor, Andy Burnham, exalcalde de Mánchester y que el pasado jueves logró un escaño en el Parlamento tras unas elecciones parciales que le permiten ahora optar a liderar el partido.
Starmer ha atravesado este fin de semana un crucial periodo de reflexión junto a familia en su residencia campestre de Chequers en medio de los rumores sobre la posibilidad de renunciar, capitulando a semanas de presiones, ministros incluidos, para que deje el cargo y allane el camino a unas primarias.
T/Europa Press

