«La idea de la anfictionía intenta elevar el proyecto de unidad americana de un simple acuerdo militar a una alianza de civilización con raíces en la tradición política occidental», así describe la visión del Libertador al convocar en 1826 el Congreso Anfictiónico de Panamá, la historiadora e investigadora del Centro de Estudios Simón Bolívar, Rossana Álvarez.

Y es que pensar en este encuentro solo como un intento de contención militar o un tratado diplomático frustrado por las distancias, es limitarse a no mirar más allá de lo que realmente representa en la arquitectura política de un continente que recién salía de un tricentenario de opresión por la monarquía española.

No era un capricho geográfico, era una comparación civilizatoria y eso lo enfatiza Álvarez, quien desarma el mito de la utopía para devolvernos la dimensión geopolítica de una idea bolivariana que, dos siglos después, late como una tarea pendiente.

Para la investigadora la relación que establecía Bolívar entre el mito de Corinto y el istmo de Panamá no se trató de una simple metáfora, sino de una inspiración profunda en los clásicos de Occidente. El concepto puro de anfictionía, «vecinos» o «los que habitan alrededor”, se convierte en las manos del independentista en una herramienta transformadora.

«Bolívar fue un voraz lector de clásicos políticos y filosóficos de la tradición occidental», precisa Álvarez, quien además explica que «Grecia como paradigma civilizatorio inspiró parte de sus proyectos de república, aun cuando siempre estuvo consciente de la necesidad de adaptarse a las características y necesidades de la América como espacio geográfico y humano con identidad propia».

De allí que el proyecto unionista dejaba atrás la urgencia meramente defensiva para transformarse en algo superior.

La Liga de Corinto de la antigüedad, que sirvió para unificar a las polis griegas frente al enemigo persa y gestionar sus conflictos internos, es el calco geopolítico que el Libertador proyectó sobre el mapa del continente. Panamá no fue elegida al azar, insiste la historiadora, quien además describe el istmo como la gran bisagra del planeta, un centro simbólico y geográfico que miraba simultáneamente al Atlántico (con los rostros de África y Europa) y al Pacífico, abriendo el camino hacia Asia.

Pero el diseño bolivariano también contemplaba la vecindad del norte, un actor cuya sombra ya se proyectaba sobre el resto del continente. «Estaba también frente a la América del Norte, que ya se perfilaba como una nación poderosa con emergentes intenciones expansionistas», subraya Álvarez.

Contra el desangre interno

Algunas versiones de este congreso han intentado confundir históricamente la naturaleza jurídica de la estructura que el Libertador proponía. ¿Buscaba acaso fundar un superestado, un único y mastodóntico país americano? La respuesta de Rosanna Álvarez es tajante y disipa las brumas de la mala interpretación: «Bolívar nunca intentó crear un solo país, eran naciones confederadas». El propósito real apuntaba a un equilibrio profundo, capaz de salvaguardar tanto la soberanía económica como la vida misma de sus habitantes.

El plan era ambicioso, pero milimétricamente estructurado: crear ejércitos intercontinentales para contrarrestar la amenaza colonialista, potenciar el comercio interno y, fundamentalmente, «evitar las guerras internas que desangraban a las nuevas repúblicas y desgastaban no solo la economía sino a la humanidad que habitaba estas tierras».

La investigadora cita las palabras del propio Libertador al convocar el cónclave, donde expresaba el deseo de dar “…origen a nuestro derecho público y… los pactos que consoliden su destino…. en ellos se encontrará el plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo”.

Álvarez complementa la estructura de este sueño aclarando su funcionamiento: «El congreso se reuniría cada dos años en tiempos de paz y cada año en tiempos de guerra. Sería presidida por turnos por cada nación de la confederación, pretendía establecer principios fijos sobre derecho internacional, abolir el tráfico de esclavizados, presionar a España para reconocer a los estados independientes y mantener siempre una postura defensiva…»

Liderazgo indiscutible

Resulta fascinante comprender la lucidez de un hombre que, en su momento más oscuro en 1815, logra proyectar a Panamá como la futura capital del mundo. Álvarez atribuye esto a la solidez de su formación y a la certeza de que los grandes cambios históricos demandan paciencia histórica: «No se forma una confederación de naciones salidas del colonialismo recorriendo caminos de rosas. El proyecto bolivariano, muchas veces no entendido incluso por sus propios compañeros, era de largo aliento».

Pasaron casi diez años para que el tablero geopolítico madurara. Fue en diciembre de 1824, justo tras consolidar la libertad en Ayacucho y fundar Bolivia, cuando Bolívar decide lanzar la invitación formal.

«Bolívar comienza a concretar la fisonomía de la América republicana justo durante la Campaña del Sur, cuando logra además un liderazgo indiscutible y una autoridad lo suficientemente fuerte, el Libertador presidente», explica la historiadora. Las condiciones estaban dadas: la libertad ya no era un sueño plasmado en una carta desde el exilio, sino una realidad palpable en la mayor parte de los territorios americanos. Tocaba dar el paso.

La invitación incómoda

La elección de Panamá respondía estrictamente a este diseño de alta política y estrategia militar, y no a un arrebato poético, destaca Álvarez. Sin embargo, la geografía que ofrecía tantas ventajas estratégicas también cobró su precio. La historiadora relata cómo, hacia el final del Congreso en julio de 1826, la insalubridad y la hostilidad del clima obligaron a mudar las sesiones a Villa Tacubaya, en México, marcando el triste epílogo de la iniciativa. «No era un capricho, era parte de un proyecto geopolítico», enfatiza.

Pero el fracaso no fue solo climático; los enemigos invisibles y visibles acechaban desde múltiples frentes. Bolívar pretendía resguardar a las jóvenes repúblicas de la reconquista española, del avance de la Santa Alianza europea y de las tempranas ambiciones estadounidenses. Es en este punto donde las visiones internas chocan de forma dramática. Francisco de Paula Santander, desde la vicepresidencia de la Gran Colombia, toma una decisión que tuerce el espíritu original del encuentro al invitar formalmente a los Estados Unidos.

«Santander no opuso resistencia, pero invitó a los Estados Unidos y aquello no estaba en los planes iniciales de Bolívar, por considerar que la reunión debía darse entre las naciones del continente Sur», revela Álvarez al mencionar las primeras grietas de la diplomacia regional.

«No había consenso y prueba de ello fue la indiferencia o la no comprensión de los propósitos de este espacio político y de identidad», precisa la investigadora. Para las élites locales, la unión se entendía únicamente como una alianza transitoria para la guerra, y al asumir que el peligro español había pasado, la estructura comenzó a desmoronarse bajo el peso del separatismo.

¿Genialidad adelantada?

Una interrogante obligada flota en el ambiente: ¿fue el sueño del Istmo de Corinto una genialidad adelantada a su tiempo o una utopía irrealizable para el siglo XIX? Desde la percepción de Álvarez la propuesta era la salida natural y lógica de un continente amenazado que buscaba su supervivencia histórica frente a los gigantes del orden mundial.

Conectando el pasado con el presente, la historiadora traslada la advertencia geopolítica de Bolívar a la realidad contemporánea de la región centroamericana: «Hoy el Canal de Panamá sigue siendo terreno escabroso para la política de Panamá. La presencia de transnacionales que operan bajo la modalidad concesionaria y la mayoría de acciones norteamericanas (67%) en el manejo del canal, hablan por sí solos de la tarea que aún queda pendiente en materia de unión y soberanía para la región».

De esta manera, para Álvarez el Congreso Anfictiónico de Panamá «es un proyecto vigente y pendiente». Sin embargo, esta vigencia obliga a una pregunta incómoda: si la unión era la salida lógica para sobrevivir, ¿por qué las élites locales prefirieron el aislamiento? La respuesta no está en la geografía, sino en las sombras de un mercado global qué ya a echaba al continente. Detrás de la diplomacia del Istmo se escondía un juego secreto de intereses económicos, receños político e hilos invisibles qué terminaron por trizar el escudo del Libertador, una trama oculta qué desnudsremos en nuestra próxima entrega.

T/Natchaieving Méndez