Natchaieving Méndez

Los barrios venezolanos y latinoamericanos son territorios hijos de la urgencia y el deseo. Sus formas arquitectónicas surgieron como de quienes escriben improvisando con las manos, de acuerdo a la necesidad y el espacio disponible. Cada bloque, techo de zinc o escalera es una declaración de existencia, una forma de decir: aquí estamos los olvidados por las políticas excluyentes de Estado.

Sus caminos estrechos susurran historias, las ventanas abiertas son una expresión de esperanza y muchas de sus paredes sin friso, así como una que otra cubierta de papeles que ofrecen servicios o una promesa electoral de algún candidato que luego de un recorrido los abandonó son testimonios de que la ilusión siempre habita en estos parajes.

En el corazón de los barrios, entre la piel de ladrillo y cemento, palpita una organización tácita que va cambiando según las épocas, pero mantiene valores de solidaridad, afecto y cercanía. Son las contradicciones de una ciudad. Mientras urbanismos muy planificados fueron diseñados para encerrar a las familias en jaulas ubicadas en pisos muy altos, estratégicamente para limitar la convivencia, en los que las personas de vaina se reconocen al entrar en un ascensor, en el barrio la partida o llegada de algún integrante a la comunidad es ampliamente conocido. Y es que no se trata solo del “chisme” con el que se ha querido descalificar, es que estos espacios respiran interconectados y, cual efecto mariposa, el leve aleteo cambia el ambiente.

Petare es uno de los barrio más grande de la región.

Sin embargo, la vorágine del pensamiento individualista, desfragmentado, impuesto por años también ha infectado a estos centros de construcción espontánea y la instauración de la idea de que eres alguien solo si te vas del barrio, también es una realidad. De allí que la falta de pertenencia y, por ende, amor al espacio es un virus que se ha instalado. Es lo que lleva a que muchos no les importen dejar la basura donde menos le estorbe, aunque afecte al vecino o colocar la música a todo volumen hasta el día siguiente, sin importar el sueño de quien vive cerca. Aun más, muchas barriadas se han encerrado en parcelas para crear un nicho cerrado dentro de la comunidad.

A partir de estas contradicciones, desvalorización y estigmatización que se ha inculcado de estos centros urbanos surge la pregunta: ¿puede aprovecharse el pensamiento colectivo para cambiar dinámicas que fomenten el respeto, la empatía y la integración? ¿Cómo generar sentido de pertenencia y en consecuencia amor en una población que habitó un territorio desde el “no me quedó otra” y no del deseo de habitarlo? ¿Cómo puede la disposición de los espacios fortalecer e influir el espíritu organizativo, solidario y de pensamiento colectivo? Tratemos de desenmarañar este enigma en un artículo digital… o tal vez en dos, no sé, lo que salga.

El tesoro de la colectividad

Si existe algo que tienen los barrios y cuesta conseguir (porque si se encuentra, pero es escaso) en un edificio o urbanización planificada, es el espíritu colectivo. Sin que un vecino o vecina pida ayuda, si alguno tiene un problema el otro corre a socorrerlo. Las calles de las barriadas pocas veces están en silencio pues siempre está el que saluda y habla con todos, el que motoriza una actividad colectiva, el que sabe los problemas de los habitantes y reúne la solidaridad para ayudar. Por supuesto, también está el criticón, el mala conducta y aquel que es una piedra en el zapato ante una idea colectiva, pero de esos hay en todos lados.

Por décadas se ha fomentado que lo que sale de las barriadas solo son antisociales que van en contra del progreso y la buena convivencia de la ciudad, cuando en realidad son muchos, infinitos, los talentos en todos los ámbitos, así como los valores de cooperación que florecen en estos espacios en los que el trato es cercano y horizontal, no definido por el piso en el que se habita, la fachada del inmueble o los metros cuadrados que posea tu casa o apartamento. Obviamente existen quienes son infectados con estos últimos virus del pensamiento, pero generalmente son los que terminan desarraigados en otros lados.

Justamente esta dinámica social que surge de manera espontánea y se mantiene pese a la precariedad de los servicios esenciales para vivir, ha llamado la atención de quienes han estudiado estos centros de construcción espontánea no solo en Venezuela, también en América Latina.

Uno de ellos es el sociólogo español Manuel Castells, quien plantea en sus investigaciones que la segregación urbana no es solo una distribución desigual del espacio, sino una forma de organización ideológica del territorio, donde las formas espaciales reproducen relaciones de poder. Es así como resalta que el espacio urbano no es neutro: está cargado de significados que refuerzan la exclusión y dificultan la articulación de intereses comunes. Justamente en este último aspecto, precisa, se desarrollan formas propias de organización, solidaridad y resistencia.

En sus trabajos, Castells considera los barrios autoconstruidos como escenarios privilegiados de los movimientos sociales urbanos, donde la lucha por el consumo colectivo (agua, luz, transporte, vivienda) se convierte en una forma de acción política. Estos movimientos no solo demandan servicios, sino que redefinen el sentido del espacio urbano, generando nuevas formas de ciudadanía desde abajo.

San Agustín es un barrio con una rica historia y cultura.

Esta posición es apoyada por el mexicano Adrián Guillermo Aguilar, quien subraya que de la dinámica por acceder a los servicios básicos y la vulnerabilidad que existente en los barrios, emergen redes vecinales, liderazgos comunitarios y estrategias de supervivencia que constituyen una agencia colectiva capaz de incidir en procesos de habilitación, regularización y mejora urbana. Aunque históricamente segregados, estos territorios no son pasivos: producen ciudad desde la periferia, con lógicas propias que desafían la planificación tradicional.

Aquí yace entonces una de las razones por que muchos planes de intervención de los barrios no han funcionado o perdurado. Al considerar la barriada como un ente pasivo y desconocer su interpretación del concepto de ciudad cualquier iniciativa está condenada al fracaso. Claro está, no debe dejarse de lado la falta de continuidad de muchos proyectos bien por cambios de pensamiento del modelo político o por la “salida a la luz” de intereses externos o internos no muy nobles en la ejecución de los proyectos.

De esta manera, los barrios venezolanos y latinoamericanos son mucho más que sus aparentes carencias: son espacios vivos donde se entretejen historias, luchas, solidaridades y resistencias capaces de transformar el sentido mismo de ciudad y ciudadanía. Frente a las contradicciones que persisten y las heridas del individualismo impuesto, emerge una fuerza colectiva con potencial para reconstruir vínculos y sentidos de pertenencia desde abajo.

En un próximo artículo nos adentraremos en experiencias concretas en los barrios caraqueños, donde propuestas arquitectónicas y comunitarias intentaron impulsar cambios en estos centros urbanos. Una nueva propuesta surge a la luz de articular esa energía popular para dignificar el hábitat y reimaginar el espacio urbano desde la escucha y la participación activa ¿tendrá la receptividad y el éxito que aspira?.