
Hoy 13 de junio, en diversas comunidades venezolanas es un día de plegaria y anhelos. Herencia directa de las celebraciones católicas traídas por los europeos durante la invasión que comenzó en el territorio en 1498 y muestra de la reinterpretación y el sincretismo de las culturas que confluyeron desde ese momento.
Fiestas en honor a San Antonio de Padua, Sones de Negro o Tamunangue son los nombres que se repiten en esta fecha. Un patrimonio vivo que fusionó el misticismo católico con la fuerza y energía rítmica de la afrovenezolanidad. Una muestra de resistencia cultural que asumieron quienes con grilletes veían en este día la posibilidad de expresarse a través de la danza y volver a sus territorios por medio de la percusión, el canto y la plegaria.
Fue la estrategia de los misioneros colonizadores: imponer la expresión religiosa para la sumisión del esclavizado, sin pensar que lo que realmente hicieron fue abrir una ventana a la reinterpretación de la fe y a un testimonio de quienes usaron su creatividad para que su percepción del mundo no muriera, sino se transformara y resignificado cobrara vida cada 13 de junio.
Las celebraciones en honor al Santo que da salud, recupera los objetos perdidos y es intermediario para conseguir el amor de pareja no son solo un derroche de talento dancístico y musical que tiene su auge, especialmente, en las poblaciones del estado Lara. Son un relicario histórico que al ver más allá nos traslada en el tiempo para entender la cosmovisión de quienes encontraron en esta fiesta de solsticio de verano la posibilidad de honrar la fertilidad en toda su interpretación.
San Antonio no es solo aquel que trajeron los españoles es también el guardián de una memoria colectiva que se niega al olvido. Al final de la jornada, cuando los garrotes de la batalla reposan, el eco del tambor tamunango deja claro que el santo europeo fue adoptado y redefinido bajo la piel de América; un recordatorio anual de que la identidad de un pueblo no se destruye con cadenas, sino que se resguarda en el ritmo, se canta en comunidad y se baila en libertad.
De Italia al Tocuyo
En el siglo XIII, mientras en Europa el fraile franciscano Fernando de Bulhões, nacido en Padua (Italia), era canonizado por la Iglesia Católica; en este lado del planeta, especialmente en el territorio que actualmente es denominado Lara y Yaracuya, habitaban grupos indígenas como los caquetíos (de la familia lingüística de los arawak), los gayones, ayomanes y jirajaras, quienes dominaban la agricultura de maíz, yuca, batata y realizaban rituales de fertilidad de la tierra, vinculadas a los ciclos de la naturaleza y las lluvias
En ese tiempo, en África Occidental y la zona del Congo y Angola, civilizaciones como el naciente imperio Malí y los avanzados reinos de bantúes y del golfo de Guinea vivían bajo una compleja estructura política, con una profunda cosmovisión espiritual donde la polirritmia de los tambores, el canto responsorial y el culto a los ancestros eran el eje comunitario.
Se dice que del llamado Viejo Continente, los misioneros de la Orden de Frailes Menores (franciscanos), asociaron a San Antonio de Padua con el santo para la protección de los cultivos, la fertilidad, la asistencia a los marginados, la recuperación de los objetos perdidos, virtudes que se expandió rápidamente en Europa, especialmente en España y Portugal.
Al cruzar el Atlántico, esta fe de colonizadores y misioneros franciscanos encontró en terreno venezolano un espacio fértil que se fusionó no las antiguas festividades prehispánicas (no como dice cierta política europea, a quien es mejor omitir el nombre, que en este continente no había nada) ligadas con el período crucial para la agricultura.
Al coincidir el día del santo con los ciclos de cosecha y fertilidad de la tierra, las poblaciones esclavizadas e indígenas adoptaron la imagen de San Antonio como un canal legítimo para mantener vivas sus propias deidades y plegarias, disfrazando sus ritos ancestrales bajo el manto de la liturgia católica.
¿Por qué tiene más arraigo en las zonas del Tocuyo, Curarigua, Sanare y Barquisimeto en el estado Lara?, porque en este territorio se convirtió en una zona en la que se ubicaron grandes haciendas de caña de azúcar y café, por lo que se concentraron gran cantidad de mano de obra africana e indígena esclavizada que estuvieron bajo el tutelaje franciscano.
En este cruce de caminos, las generaciones que surgieron luego de la invasión europea llevaban en su ADN la devoción, el temperamento y la percepción de la realidad de aquellas culturas que antes eran extrañas y luego se hibridaron para crear lo que actualmente conocemos.
San Antonio bajo de su inalcanzable lugar de los altares para convertirse en un miembro más de la comunidad, al que se le paga promesa con oración, ofrendas de la misma tierra y el sudor del Tamunangue, una de las dos suite que existe en Venezuela y cuyo expediente fue entregado el 18 de abril de 2024 a la Organización de las Naciones Unidas para la Cultura, las Ciencias y la Educación (Unesco) para que sea reconocido o ingresado a la lista de Patrimonios Culturales Inmateriales de la Humanidad, que en la actualidad contiene a 11 expresiones autóctonas venezolanas.

Custodio de la identidad del pueblo centroccidental
El proceso de conformación de las poblaciones luego de 1498, así como las migraciones internas posteriores que se produjeron por los cambios económicos, políticos y sociales en el país, permitió que la devoción a San Antonio de Padua no solo tenga como epicentro el estado Lara, sino también distintos puntos de la geografía nacional.
En cada región varían los actos en honor a este santo, sin embargo, en general, el pago de promesas y los rituales tradicionales católicos como los velorios, las misas y el rezo de rosarios es una constante.
De acuerdo con la investigación de las antropólogas Daría Hernández y Celia Fuentes, uno de los elementos representativos que se repiten en diversas comunidades en las que tiene presencia esta devoción son los llamados Panes de San Antonio, los cuales son bendecidos y luego repartidos a los fieles al terminar los actos litúrgicos. Este pan es preservado en los hogares creyentes bajo la creencia que con su presencia el alimento no faltará en el hogar.
En algunas poblaciones, refieren las investigadoras en su libro Fiestas tradicionales de Venezuela, se realizan misas en las que los creyentes asisten vestidos con la indumentaria semejante al santo. Cuando sale la procesión, los feligreses llevan ramilletes de flores, velas y ofrendas por los milagros concedidos.
Durante 13 días, previos a la fecha central (13 de junio) se efectúan novenarios y velorios a San Antonio, tanto en las iglesias como en los hogares de los devotos. Estos encuentros religiosos son caracterizados por cantos devocionales y rezos propios de la religión católica y, generalmente. La organización de este acto religioso suele estar vinculada con el pago de promesas, por lo que los gastos para que se realice son responsabilidad de quien agradece al Santo por los favores recibidos o hace una petición. Sin embargo, algunas familias, lo mantienen por tradición generacional.
El Tamunangue o Baile de los Negros
El día de San Antonio, los fuegos artificiales y la algarabía son las señales de que las fiestas oficialmente han comenzado. El repique de las campanas anuncia que San Antonio saldrá del templo cargado en hombros por sus fieles. Recorrerá las calles, se encontrará con representantes de las hermandades en su nombre; autoridades locales, regionales y hasta nacionales; niños, jóvenes, mujeres, ancianos, personas con diversidad funcional, no hay limitaciones para recibir al Santo de los Enamorados, Casamentero o Tamunanguero.
El Santo Negro visita los altares pequeños instalados en las calles por las comunidades, los comerciantes y las personas que tienen algún familiar enfermo. También recorren la vivienda de algún integrante de la cofradía que haya fallecido recientemente. En estos puntos se recitan oraciones, se canta La Salve, la devoción a su máxima potencia. El cuatro y el tambor tamunanguero acompaña la ruta.

La ruta incluye la visita a pequeños altares instalados en las casas de enfermos, y de miembros de la cofradía fallecidos recientemente, allí se recitan oraciones y se canta La Salve con toda solemnidad. Después de ello, se hacen breves pausas en las que las parejas masculinas, con garrote en mano, interpretan la danza La Batalla. En ella, los danzantes hacen figuras y marcan con su arma al contrincante, todo al compás de la música. Según el estudio de Hernández y Fuentes, “algunos autores aprecian en La Batalla una especie de conjuro fálico a la fecundidad”.
Siguen en procesión y al regresar a la puerta del templo, el santo es colocado en un altar. Junto a el se ubicarán músicos que interpretarán las diferentes piezas de la danza que consta de siete partes designadas como sones.
Una mesa resguardada en el altar de San Antonio tiene las varas o veradas que cada danzante llevará cuando le corresponda bailar. Tras la señal de la cruz en su frente, pecho, hombro izquierdo y derecho, cada bailarín entrará a bailar al grito de “¡Va otro negro!”, “¡Otra negra!”.
El primer baile es La Bella, con movimientos elegantes, similares a la danza que hacen las aves durante su cortejo. Luego sigue el Yiyivamos y la Juriminga, que son más alegres y en cuyo canto los solistas hacen expresiones que parecieran aludir al galanteo: “¡Media vuelta!”, “¡Vuelta entera!”, “¡Una morisqueta!”, “¡Llévala pa’llá!”, expresiones que son acompañadas con el movimiento correspondiente.

Continúa La Perrendenga, una evocación de la danza de palos, esta vez más delicado y atendiendo a las indicaciones de los solistas. Sigue el Poco a Poco, donde los bailadores más diestros despliegan sus dotes histriónicos. El hombre finge obedecer a la mujer, simula sufrir un gravísimo ataque y luego revive con ímpetu galante al cambiar el ritmo hacia La Guabina.
La suite continúa con el Galerón, donde los hombres lucen sus habilidades con zapateos en cuclillas, saltos y palmadas, y culmina con el Seis Corrío, una compleja coreografía de tres a seis parejas que realizan vistosas figuras de salón; en estas dos últimas etapas se prescinde de las varas para valsear y girar enlazados.
El Tamunangue, como cada una de nuestras expresiones culturales venezolanas, es un testimonio vivo que cada año recuerda las raíces entrelazadas de creencias, sentimientos, expresión, que formaron una identidad rica en historia, esperanza y diálogo social permanente. Hoy se alzan los garrotes no solo para honrar al Santo Negro, sino también para celebrar la lealtad de una población que se enorgullece de sus orígenes y costumbres.
T/Natchaieving Méndez

