Natchaieving Méndez

Tengo una soledad tan concurrida

Que puedo organizarla como una procesión

Por colores, tamaños y promesas

Por época, por tacto y por sabor

Mario Benedetti

Soledad, para algunos un santuario de libertad, una oportunidad íntima para escapar de la cacofonía cotidiana, al bullicio que satura la facilidad para pensar. Para otros, es una condena silenciosa, un vacío en el pecho, una pieza que falta en el rompecabezas de los días; justamente es allí cuando surge la pregunta: ¿Qué ocurre si esa soledad deja de ser elegida y se convierte en una herida que no se ve? ¿Qué pasa cuando el silencio no es refugio, sino abandono o excusa para apagarse internamente?

Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), publicado el 30 de junio de 2025, resalta una cifra que estremece: una de cada seis personas en el mundo padece de soledad crónica. Lo más alarmante es que la instancia alerta que este estado puede llegar a afectar la salud y el bienestar a tal punto de ser la causa de las 100 muertes que ocurren cada hora en el mundo (Más de 871 mil muertes al año).

Desde esta ventana, lejos del estado romántico o filosófico con el que algunos le relacionan, pareciera que la soledad se ha convertido en un problema de salud pública comparable al tabaquismo, la obesidad e, incluso, la contaminación del aire.

Mejor solo que con mala compañía

Es una frase muy recurrente entre los fervientes defensores de la soledad. Sin embargo, es importante precisar los términos para no caer en ambigüedades. De acuerdo con una entrevista ofrecida al medio Milenio, el psicólogo mexicano Emiliano Villavicencio distingue claramente que no es lo mismo estar solo que vivir en soledad.

“Sentirse solo es cuando una persona no cuenta con alguien más para ejecutar o acompañarse en sus proyectos de vida. En cambio, estar solo puede ser una elección consciente, una oportunidad para el conocimiento y la autorregulación. El problema surge cuando ese estilo de vida no fue elegido, sino adoptado como respuesta a la incapacidad de vincularse”, destaca el especialista.

Villavicencio advierte en su declaración que el problema surge cuando muchas personas aparentan haber elegido la soledad en realidad han desarrollado hábitos de aislamiento como un mecanismo de defensa. “La soledad como vacío interno sólo se resuelve aprendiendo a vincularme conmigo mismo”, destaca el psicólogo y es una verdad tan cierta como incómoda.

Rodearse de personas o llenarse de distracciones no siempre basta para disipar la sensación de vacío que da la soledad. Como advierte la OMS, se trata de “un sentimiento angustioso” que surge cuando hay una brecha entre las relaciones sociales que se desean y las que realmente se tienen.

Esta distancia emocional se manifiesta como un vacío interior, una desconexión que puede alejar al individuo de sus propios deseos, emociones y valores. Es una forma sutil de autoabandono que hace que, en medio del ruido o acompañados de otros, las personas se sientan irremediablemente solas y desprotegidas.

La OMS alerta que este estado puede ser letal. De acuerdo con el organismo internacional, la soledad puede ser ocasionar desde enfermedades cardiovasculares hasta el deterioro cognitivo. Entonces, el aislamiento emocional que produce estar en soledad se ha convertido en uno de los factores de riesgo más subestimados para la salud global.

Epidemia que ataca a los jóvenes

Históricamente la soledad se le ha relacionado con la llamada tercera edad; no obstante, el mencionado informe de la OMS resalta que los adolescentes y los jóvenes adultos son la población más vulnerable de padecer soledad.

El organismo recalca que, si bien los datos sobre el aislamiento social por soledad son más escasos, “se estima que afecta hasta uno de cada tres adultos mayores y uno de cada cuatro adolescentes”. En esto puede contribuir que la persona tenga alguna condición o discapacidad conductual, sea refugiado o migrante, parte de LGBTQ+, minoría étnica o se encuentre en alguna situación que limite su conexión social.

“Conexión social”, parece una contradicción en una época “hiperconectada” en la que las redes sociales prometen mayor cercanía. Sin embargo, la paradoja es brutal: mientras más conectados se está digitalmente, pareciera desconectarse más de lo que se siente. Es así como la tecnología puede servir para crear un espacio de encuentro, pero también puede propiciar relaciones superficiales y una falsa sensación de compañía.

Al consultar al psicólogo venezolano Julio Moreno respecto a este tema, el especialista menciona que es “innegable el avance de las tecnologías de la información y la comunicación en el normal funcionamiento de la cotidianidad humana”.

Destaca que inicialmente la aparición de las diversas redes ha logrado mantener viejas amistades y nutrir relaciones en el tiempo, así como conocer a nuevas personas. Todo esto, refiere el psicólogo “sin dejar de considerar los riesgos, engaños y estafas de todo tipo que han tenido lugar a través de las mismas”.

“Las redes sociales, innegablemente, han transformado la forma de relacionarnos. Depende de cada quien, si las usa para ampliar sus redes de apoyo y crear y mantener vínculos significativos o no”, recalca.

Sin embargo, pese a estas estas bondades, con la aparición y auge de la Inteligencia Artificial, “existe la posibilidad de que muchas personas desarrollen la tendencia de conversar cada vez con más frecuencia” con esta herramienta. La razón, destaca Moreno, es que a través que esta opción tecnológica puede dar respuestas lógicas, coherentes y deseadas. “Aun así, la interacción con una máquina o un algoritmo dista en mucho de sustituir las conexiones genuinas con seres humanos”, recalca.

Esto concuerda con la preocupación que la OMS que alerta sobre el exceso del tiempo frente a las pantallas y las relaciones perjudiciales a través de las redes, lo cual puede generar efectos negativos sobre la salud mental.

La desigualdad también se siente sola

Otro aspecto que se subraya en este estudio del organismo de salud internacional es que “ 24 % de las personas de países de ingreso bajo declararon sentirse solas, el doble que en los países de ingreso alto (alrededor del 11 %)”.

Al respecto, el psicólogo Julio Moreno enfatiza que para “iniciar, mantener, cultivar y disfrutar de las relaciones interpersonales que marcan límite a la soledad, requiere de espacios para la comunicación, la distracción y la diversión”.

Estos factores, menciona el especialista, pueden limitarse si se vive en una precaria situación económica. “Además, vivir en una sociedad que está más enfocada en resolver las necesidades básicas podría tener individuos más estresados y con menos recursos para iniciar y mantener vínculos significativos”, destaca.

De allí que, desde la falta de infraestructura comunitaria, la imposibilidad de acceder a servicios de salud mental, la migración forzada, la violencia, la pobreza, pueden ser factores que contribuyen a que en países de bajos recursos la soledad crezca como una pandemia silenciosa. En estos entornos, la soledad no es solo emocional: es estructural.

¿Hay remedio?

Tal vez no como una medicina química, pero sí social. Para Moreno, “definitivamente, es urgente fomentar la conexión y la vinculación interpersonal para el mejoramiento de la salud física, mental y emocional de la población mundial”.

En concordancia, la OMS alerta sobre una mayor atención en este tema, muchas veces desestimado por las políticas públicas. Así, las recomendaciones del organismo van desde una campaña de concienciación para eliminar el estigma asociado a la soledad; la inversión en infraestructura social como parques, bibliotecas, cafés, centros comunitarios; programas para el acceso gratuito a servicios psicológicos** y programas de prescripción social; hasta pequeños gestos que parecieran insignificantes como saludar a un vecino, escuchar con atención, participar en actividades comunitarias.

Más allá de las políticas, la intención no es satanizar la soledad, todo lo contrario, se trata reconocer y reivindicar su valor como una estrategia de reconectar con lo que somos internamente. Sin embargo, debe reconocerse hasta qué punto esta “relación de cordialidad” que se sienta en la mesa y acompaña en el café tal como Gilberto Santa Rosa expone en su canción “Soledad”, impide que otras personas reales lo hagan; es allí cuando la alarma debe encenderse pues, al final, es una invitación que duele, enferma y puede matar.

Entonces, si alguna vez dijiste que te gusta la soledad, pregúntate: ¿la elegiste tú o te eligió ella? ¿Te da paz o te pesa? ¿Te conecta contigo o te desconecta del mundo? Es inevitable, el ser humano es social por lo que, aunque nos guste o no, “necesitamos del otro para vivir, para sanar, para ser”.