Natchaieving Méndez

El cuarto jueves de noviembre, en Estados Unidos y aquellas poblaciones del mundo influenciadas por la industria cultural difundida por el “Gigante del norte”, se celebra el Thanksgiving o Día de Acción de Gracias. Una celebración caracterizada por los desfiles de carrozas, partidos de Fútbol Americano, ofertas en las tiendas por departamento y una gran cena en la que el plato principal es un gran pavo horneado, relleno con pan y acompañado con puré de papas, frijoles y torta de auyama (calabaza).

Establecida en 1863 por el entonces presidente Abraham Lincoln durante la Guerra Civil de la nación norteamericana, esta fecha representa un acto de gratitud por los alimentos, la prosperidad y la unión familiar. Lo anterior, desde el aspecto humanista, son deseos compartidos por todos los habitantes de este planeta, menos por los que promueven, apoyan e impulsan guerras, genocidios, sanciones que limitan el desarrollo económico de los países independientes y otras distorsiones que no son materia de este artículo.

Ahora bien, como toda conmemoración que proviene de un hecho histórico surge la duda: ¿se mantiene o no la esencia por la que surgió esta celebración? La respuesta, depende de la cara de la moneda por la que se mire.

Gratitud por aprendizaje
Las ceremonias en agradecimiento por las cosechas se encuentran en casi todas las culturas del mundo. Los pueblos originarios del planeta tienen en su historia ancestral un ritual, una celebración, un acto en el que agradecen a “aquello sobrehumano” la abundancia, la prosperidad y los alimentos. Los peregrinos que en 1620 desembarcaron en las costas actualmente conocidas como Massachussets no escapaban de esta tradición.

Huyendo de la persecución a la que eran sometidos en Inglaterra por ser un grupo separatista, cerca de 102 personas entre hombres, mujeres y niños, antes de llegar al Abya Yala permanecieron en Países Bajos. Esta experiencia los confundió geográficamente en cuanto a las condiciones y características del nuevo lugar en donde establecerían la colonia de Plymount, la cual estaba prácticamente abandonada pese a que siglos antes había iniciado el proceso de invasión europea en el “Nuevo Mundo”.

Es así como, sorprendidos por el intenso invierno de la zona, muchos murieron pues desconocían cómo trabajar la tierra. De allí que algunos de los pobladores nativos, los sobrevivientes de la etnia Wampanoag, les enseñaron a los exploradores ingleses a cultivar el nuevo espacio que invadían. Es así que, tal como la establecía la tradición de los colonizadores, con la primera cosecha los peregrinos organizaron una celebración en agradecimiento e invitaron a los indígenas a festejar con ellos.

Según algunos estudios históricos, esta cena no fue tan “grande” como se pinta, de hecho, los pocos registros encontrados sobre la fecha la describen como “una rutinaria celebración inglesa de la cosecha”. Más significativo que este momento, fue el tratado de paz que se realizó entre los indígenas y los colonos meses antes y que, aunque es menos recordado, duró por varias décadas hasta que llegaron más invasores europeos. Pero de eso les explicaré más adelante.

Lo cierto es de acuerdo a las investigaciones sobre la celebración inicial, muchos alimentos que actualmente son parte de la “tradicional cena” no estuvieron presentes. Por ejemplo, la papa, que es originaria de los territorios de América del Sur, no había llegado a esta zona para la época. Igualmente, los frijoles fueron posteriormente incorporados y se dice que el pavo no era tal, sino que se cocinaron aves de menor tamaño como gansos o patos. Lo que si es cierto es que los nativos llevaron venado que era parte de la caza.

«En ese momento, entre otras actividades recreativas, ejercitamos nuestras armas; muchos de los indios vinieron entre nosotros, y entre los demás, su rey más grande, Massasoit, con unos 90 hombres, a quienes entretuvimos y festejamos durante tres días, y ellos salieron y mataron cinco ciervos, que trajeron a la plantación y regalaron a nuestro gobernador, al capitán y a otros», escribió líder político Edward Winslow, quien se refería al gobernador William Bradford, cuyos escritos también dan pistas de lo que ocurrió en esa celebración de 1621.

La otra versión que no se cuenta
Hasta los momentos, lo reseñado ciertamente es una historia en la que el espíritu de hermandad y paz predomina en la génesis del Thanksgiving o Día de Acción de Gracias. Sin embargo, como toda historia contada por los vencedores hay episodios y hechos que poco son difundidos, pero que son significativos y explican por qué la población originaria de los países de América del Norte está casi exterminada.

Cuando se cumplieron 350 años de la llegada de los peregrinos británicos a Plymouth, Massachusetts, un discurso censurado, pero finalmente difundido, quedó resonando en las generaciones resistentes de los pueblos originarios de Estados Unidos. Transcurría 1970 y “el Departamento de Comercio estatal solicitó a la comunidad nativa wampanoag que seleccionara a un orador para la ceremonia” refiere el medio Telemundo47.com.

El primer indígena graduado en el Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra, Wamsutta Frank James, sería el encargado de hablar en nombre de su gente y sus antepasados. Su discurso debía estar orientado al agradecimiento de los “inmaculados” colonos británicos que “trajeron la civilización”, una línea por cierto, repetida este año en el discurso de un país suramericano el pasado 12 de octubre, cuyo color de instancia central es una combinación entre el blanco y rojo. Pero las palabras de James estuvieron cargadas de historia y esto, no gustó.

“Nosotros, los Wampanoag, recibimos a los hombres blancos con los brazos abiertos, sin saber que era el principio del fin”, reza una de las frases del discurso censurado de James. Desde allí, los pueblos originarios de tierras estadounidenses asumieron esta fecha como el Día Nacional de Luto, pues es una manera de recordar el doloroso proceso de sangre, fuego y exterminio que inició con este día. ¿Pero no todo era fraternidad? ¿Por qué los Wampanoag los ayudaron y luego qué ocurrió?

Décadas antes de la llegada del barco Mayflower que llevó a los exiliados puritanos a las tierras ahora estadounidenses, otra expedición inglesa había arribado a esta zona y contagió de viruela a la población nativa, debilitándola y reduciéndola casi en su totalidad. Los nuevos colonos no sabían que estaban fundando su nuevo hogar, prácticamente, sobre un cementerio de personas que habían muerto a causa de la enfermedad y que eran más débiles que sus adversarios, los Narragansett.

Desesperados por el frío de la época y por no conseguir alimentos, los peregrinos robaron maíz de las tumbas y almacenes de la comunidad reducida de los Wampanoag, entre quienes encontraron a Tisquantum o como posteriormente se le llamó, Squanto, un indígena que había sido esclavizado previamente por ingleses y españoles en Europa y que hablaba el idioma de los colonos. Este no solo les ayudó a comunicarse con los sobrevivientes del pueblo originario y a trabajar la tierra que invadían, además fue clave para el tratado de paz que duró casi 50 años.

El acuerdo entre colonos y los Wampanoag era claro: los primeros protegían de los Narragansett al debilitado pueblo originario y los segundos compartían todas sus riquezas abundantes en el lugar. Así se llevó la convivencia en paz hasta que la prosperidad, estabilidad y permanencia de los peregrinos alentó a que otros exploradores llegaran a estas tierras y bajo la soberbia de tener la “Santa palabra” a su favor, invadieron un territorio y erradicaron a sus habitantes ancestrales.

Barcos repletos de colonos llegaron los años siguientes al norte de Plymouth, Boston y Salem. Un gobernador inglés, John Winthrop de Massachusetts, escudándose en el “derecho tácito de Inglaterra” declaró como propiedad del rey las tierras no cultivadas. “Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra», era el verso del salmo 2:8 que empleaban para justificar su invasión.

La cantidad de conquistadores ingleses fue en aumento y tras aniquilar a la etnia pequot fueron por quienes le abrieron los brazos y salvaron de morir de hambre a los colonos de 1620, los Wampanoag. Desde esa época hasta nuestros días solo muy reducidas poblaciones de pueblos originarios se mantienen en Estados Unidos y en la historia difundida de este país, el pasado indígena está casi extinto.

De allí que, a partir de 1970, para estas comunidades de descendencia indígena, el cuarto jueves de noviembre no es un día para celebrar; por el contrario, significa un momento de reflexión y protesta frente al proceso de genocidio, opresión y expropiación de tierras que sufrieron los primeros habitantes de las tierras norteamericanas.

No se puede enmendar los errores del pasado, pero ciertamente se pueden reconocer y resaltar las verdaderas consecuencias de la colonización. Las dos caras de la moneda son visiones de un evento y ninguna de las dos puede ser excluidas, para que la reflexión sobre el pasado permita la construcción de un futuro más justo y equitativo.