Natchaieving Méndez

Definitivamente, en las redes se encuentra de todo. Para algunos este espacio virtual es el reflejo de la sociedad y una vía para moldearla. Certera o exagerada, esta afirmación tiene una verdad innegable: en este contexto el lenguaje jamás será neutral e inocente.

Memes, videos, reels, post, en cualquier formato se evidencia cómo es empleada la narrativa discursiva para instalar y fortalecer estructuras de desigualdad, e invisibilizar y normalizar expresiones sexistas bajo la apariencia de la cotidianidad.

Traigo la reflexión a este artículo luego de ver una serie por recomendación de varias personas: Adolescencia. Con solo cuatro episodios, esta producción trata algunas realidades que, si bien pudiesen parecer propias del lugar donde se desarrolla la historia, también tiene resonancia en América Latina y otras latitudes del mundo.

Un adolescente de 13 años es acusado de asesinato, el hecho de por sí resulta abominable. “Un niño cometiendo un acto tan terrible”, se piensa de inmediato. La percepción se intensifica cuando, desde las primeras tomas, el protagonista aparece frágil e inocente; además forma parte de una familia que, en apariencia, no es disfuncional.

Desde el minuto cero todo es desconcertante, pues lo que se expone rompe con el discurso que domina la programación colectiva. Se tiende a asociar estos crímenes con hogares disueltos o sectores de menores recursos y la serie no solo desmonta este estereotipo, sino que expone una realidad más compleja.

Me dejé entonces llevar por la marea y vi la serie con dos grandes asesoras que me ayudaron a comprender lo que ocurría: mis dos hijas, una adolescente y la otra de edad adulta temprana.

Confieso que esta producción me dejó desconcertada —incluso con un cierto temor— al descubrir circunstancias que mis hijas ya sabían. Además, tal el cautivo de la caverna de Platón al enfrentar la luz, me cegó una realidad que se despliega ante nosotros (o más bien, ante nuestras pantallas): viejos monstruos resurgen, ahora vestidos de un lenguaje más agresivo y formas aún más perturbadoras.

Lisiados emocionales con hojilla

No haré spoiler de la miniserie británica, no se preocupe; sin embargo, si trataré un aspecto para el cual tuve que recurrir a mis hijas para entenderlo. Y es que existe una realidad innegable, algo dura y hasta cierto punto peligrosa: el lenguaje de las redes les pertenece a las nuevas generaciones, es un tema muy amplio y de él hay mucha tela que cortar.

En la serie Adolescente uno de los temas más predominantes es cómo el lenguaje sexista de las redes sociales puede llegar a moldear y dirigir las relaciones humanas en el plano real. Ciertamente, esto es una parte de un entramado complejo en el que también influyen las creencias, mitos, pensamientos inculcados en la familia, así como las ausencias o tergiversaciones del rol de los padres y, por qué no, hasta los patrones conductuales que se asumen de los excesos o carencias económicas en el que crezca una persona.

Sin embargo, la exposición constante a mensajes posicionados estratégicamente en redes sociales -como ocurre con los discursos virales- termina construyendo significados colectivos. Estos no solo conducen nuestra forma de vincularnos, sino que dictan consciente o inconscientemente cómo debemos reaccionar ante situaciones cotidianas, transformando el contacto social en un guion previsible.

La serie revela, crudamente, el resurgimiento de una sociedad fracturada por estereotipos sexistas, en la que los patrones de conducta son dictados por el binarismo de género. Lejos de conciliar diferencias biológicas, el discurso -aparentemente inofensivo- de las redes promueve el rechazo, el sometimiento y la exclusión. Este mensaje ya permea las relaciones de las nuevas generaciones e incluso afecta a adultos emocionalmente inmaduros

Términos como “insel”, “manosfera”, “Red pill”, “simp”, “pick me girl” -cotidianos en el vocabulario juvenil- exponen la desfragmentación emocional que ha ocasionado la hiperconexión. Cada uno representa un síntoma de esta pandemia digital: un virus invisible e ideológico que muta en las mentes vulnerables y sin anticuerpos sociales, corroyendo las bases de la convivencia mientras se disfraza de lenguaje cercano y coloquial.

A esto se suma los autoproclamados “gurú digitales” -influencer con ejércitos de seguidores- quienes difunden sus dogmas, sin ninguna limitación, acerca de pensamientos y relaciones tóxicas. Evito nombrarles porque no necesitan más visibilidad, realmente no la merecen, pero los algoritmos los promueven vorazmente: se cuelan en las búsquedas de los adolescentes que exploran su sexualidad y en las pantallas de los adultos emocionalmente rotos, aprovechando la vulnerabilidad para implantar su retórica nociva.

Estas mentes frágiles son sangre fresca para el vampirismo digital: con sus vistas y “likes” monetizan el contenido de estos “gúrus” del desastre y alimentan los algoritmos con sus inseguridades, para crear jaulas de manipulación y dominación de la sociedad. Lo que comienza como un video viral termina como contrato feudal firmado con lágrimas y datos personales.

Le propongo desentrañar juntos el significado de estos conceptos, pero si mi explicación resulta limitada, le sugiero hacer lo que yo hice: consulte directamente a un adolescente. Ellos, inmersos en la cultura digital, manejan este lenguaje con una fluidez que a menudo supera nuestro entendimiento adulto.

Manosfera

Una de las primeras palabras que surge es este término, surgido de una forma similar a las capas de la Tierra. Así, “man” (hombre) sphere (esfera) se trata de una comunidad en línea que promueve los discursos de masculinidad.

En su mayoría, la narrativa tiene un enfoque antifeminista y misógino e incluye diversos subgrupos como llamados “incels”, término que aparece en la serie Adolescente, así como también los activistas y separatistas de los hombres y las mujeres, defensores del derecho de los machos: Men Going Their Own Way. En algunos casos se autodenominan “artistas del ligue”.

Existen casos en que los integrantes de la “manosfera” han sido vinculados con la radicalización, la violencia de género y la extrema derecha, los valores ultraconservadores. Igualmente, se les ha relacionado con acoso en línea y promotores de ideas que justifican la desigualdad entre hombres y mujeres.

Además, esta suerte de comunidad virtual establece unas subdivisiones, entre ellas, los incel, que en inglés resulta del acrónimo involuntary celibate, es decir, célibe voluntario. Los hombres que se ubican en esta subcultura se consideran incapaces de mantener relaciones sexuales o románticas con una mujer, pese a que lo desean, lo cual les hace desarrollar un profundo resentimiento hacia el sexo opuesto a quienes culpan por su falta de éxito en el ámbito afectivo.

Aunque este término surgió en los 90 como una forma de apoyo para hombres a quienes se les dificultaba relaciones interpersonales, en la actualidad puede ser considerado como un insulto a la masculinidad, una etiqueta que puede ocasionar la exclusión, el bullyng y hasta actos de violencia.

Red pill

En la película The Matrix, Morfeo le ofrece a Neo elegir entre la pastilla azul y la pastilla roja (red pill). La primera representa seguir viviendo en la ilusión de una realidad simulada y la segunda el despertar a la cruda y dolorosa verdad del mundo real. En un sentido filosófico: la elección entre la ignorancia cómoda (blue pill) y el conocimiento liberador (red pill). Hasta aquí todo bien e inofensivo.

Dentro de la manosfera, se define Red Pill para el supuesto “despertar” en temas de género y relaciones, para que los hombres recuperen su poder, el cual ha sido (desde su visión) diezmado pues consideran que las dinámicas sociales han sido manipuladas para favorecer a las mujeres. Una mezcla discursiva entre ideas misóginas y antifeministas.

Foros como 4chan y Reddit popularizaron esta reinterpretación hacia 2010. Este adoctrinamiento al odio es ofrecido por “gurú” red pill, quienes posicionan la idea de que la sociedad miente y repiten frases como “abre los ojos”. Emplean estos recursos para vender cursos muy costosos, además de todo el material que cuelgan en sus redes de muchos seguidores. De acuerdo con un estudio de Cyberpsychology de 2023, el 73% de jóvenes que consumen contenido «red pill» desarrollan actitudes sexistas,

Simp

Otro término que tiene que ver con el ámbito de las relaciones interpersonales es “simp”, que deriva de la palabra “simpletón” o “simplón”. En el lenguaje digital se usa para ridiculizar a los hombres (principalmente) que tienen excesiva admiración, se muestran atentos, generosos y manifiestan su afecto hacia las mujeres, incluso, especialmente cuando no hay reciprocidad.

Esta percepción “patologiza la empatía”, es decir, convierte la amabilidad en un signo de debilidad y un motivo de burla, pues se refuerza la idea de que solo vale la pena tratar bien a las mujeres si hay sexo de por medio.

El término “simp” alcanzó su expresión más grotesca cuando un joven estadounidense perdió la vida al intentar rescatar a una amiga de las corrientes en una playa de Cancún. Lo que fue un acto de valor extremo, ciertos sectores de redes sociales se apresuraron a ridiculizar como “comportamiento simp”, revelando no solo la crueldad que anida en estos espacios digitales, sino una alarmante incapacidad para reconocer la humanidad básica: la capacidad de actuar por otros sin egoísmos.

Pick me girl

La influencia del lenguaje sexista en las redes sociales no es un fenómeno pasajero ni aislado; es una fuerza activa que moldea conductas, percepciones y relaciones humanas en el ámbito físico.

«Yo no soy como las demás chicas, no me gusta el drama», esta frase puede ser común encontrarla entre las internautas a quienes se les denomina “pick me girl”, mujeres que buscan validación masculina a través del autodesprecio hacia su propio sexo y género, subvalorando o rechazando los intereses o comportamientos que se asocian a lo femenino. Por el contrario, resaltan estereotipos masculinos.

De alguna forma, este fenómeno que ha sido visible por las redes, expresa una internalización de la misoginia, por lo que muchas de estas mujeres repiten la frase “soy diferente a las demás”, “las feministas exageran”. Así, prosiguen valores del patriarcado y se convierten en cómplices de su propia opresión para convertirse en “la elegible” por los hombres.

Si bien algunas no lo hacen con mala intención, esta actitud sigue alimentando la percepción de que lo femenino es menos válido o menos digno de respeto.

Esto pica y se extiende, la influencia del lenguaje sexista en las redes sociales no es un fenómeno pasajero ni aislado; es una fuerza activa que moldea conductas, percepciones y relaciones humanas en el ámbito físico.

La serie Adolescencia coloca sobre la mesa cómo el lenguaje digital puede ser tan incisivo como el entorno social que lo respalda. Comprender la profundidad de estas dinámicas no es solo una cuestión de análisis teórico, sino una necesidad para construir discursos más equitativos y relaciones más sanas.

Si algo ha demostrado la historia de la humanidad es que el lenguaje no es estático, siempre va en evolución, se transforma y con ello a la sociedad. Es necesario entonces prender las alarmas frente a estas palabras que, si bien parecen inofensivas, ofrecen un panorama desolador de lo que puede ocurrir a futuro si no se toman las medidas pertinentes. Muchas batallas ganadas pueden revertir este resultado por forfeit, hay que mantenerse en el terreno…