Si existe algo incuestionable es que la sociedad mundial es completamente distinta a la de hace 88 años, con algunas excepciones de pueblos originarios, pero esto también es debatible. Sin embargo, hay miedos que la humanidad mantiene y uno de ellos es a lo desconocido.

En 1938, Orson Welles demostró que la frase “invasión extraterrestre” posee un poder único para quebrar la psique colectiva. Durante la transmisión de su programa radial La guerra de los mundos, este cineasta y locutor estadounidense generó tal consternación masiva por el realismo de los boletines informativos simulados, que provocó que la audiencia colapsara las líneas telefónicas y muchas personas huyeran de sus hogares, creyendo que las naves marcianas realmente estaban aterrizando en Nueva Jersey.

Más de ocho décadas después, esa vulnerabilidad humana ante lo desconocido pareciera ser reavivada progresivamente. Desde la llegada del actual gobierno de Estados Unidos (EEUU) se ha puesto sobre la mesa la presunta presencia en el planeta de avistamientos de ovnis y vida alienígena ha despertado la duda de una amenaza externa.

Ante los últimos sucesos que han involucrado a la actual administración del país americano (guerra en Irán caracterizada por el uso de misiles y drones, sometimiento de países pequeños, intensificación interna de medidas antimigratorias que han generado desconfianza en la población, ambicioso proyecto de sistema de defensa antimisiles espacial multicapa, inspirado en la iniciativa israelí, Cúpula de Hierro), surgen interrogantes: ¿estamos en presencia de un mecanismo que promueva la cohesión social por ansiedad y que genere la aprobación de un proyecto que, además de multimillonario, pondría en jaque tratados internacionales sobre el control de armas?
Analicemos por partes…

El libro Guerra de los mundos desató euforia por el tema

¿Cortina de fenómenos anómalos?
Dos palabras: Cúpula Dorada y la imagen nos lleva al cine, a las series de televisión, a los cómic en los que una media esfera de cristal cerca una población; la realidad no escapa de esta visualización. A pocas semanas de haber asumido su segundo mandato, específicamente, el 27 de enero de 2025, Donald Trump habló sobre este ambicioso proyecto que definió como un sistema de escudo tecnológico integral diseñado para interceptar cualquier amenaza balística o hipersónica antes de que toque suelo estadounidense.

Para esta fecha era poco probable un conflicto con Irán, tampoco se avizoraba la incursión a otros países a través de sistemas sofisticados; no obstante, se emitió un decreto ejecutivo que instruía al secretario de Defensa presentar un plan para un escudo antimisiles de próxima generación, el cual es presentado cuatro meses después bajo la denominación de Golden Dome, proyecto en que sofisticó el sistema israelí con la meta de que fuera totalmente operativo antes del final del mandato del magnate, es decir, en enero de 2029.

Esta iniciativa ha sido duramente criticada no solo por sectores contrarios al actual presidente estadounidense, sino también de la misma población que sufre, económicamente, el impacto de la inflación y el desvío de recursos públicos masivos hacia la industria militar.

Para muchos ciudadanos, mientras se aprueban presupuestos de miles de millones de dólares destinados al blindaje aeroespacial, las necesidades básicas en salud, educación e infraestructura quedan relegadas, profundizando una brecha social que la «Cúpula Dorada» no puede proteger.

De allí que analistas geopolíticos han dejado entrever que si esta narrativa de los fenómenos anómalos no identificados, sugiere una vulnerabilidad del espacio aéreo no solo ante la publicitada tecnología sofisticada de países como Rusia, China, Irán o Corea del Norte, sino además a «inteligencias no humanas». ¿Una estrategia para la aceptación pública de un escudo multimillonario?

Trump muestra su costosa Cúpula Dorada
para defensa de ataques extraterrestres

¿Quién se beneficia?
En un artículo publicado por Time Game se menciona que “según una nueva estimación de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), el sistema de defensa antimisiles Golden Dome propuesto por el presidente Trump podría costar hasta 1,2 billones de dólares en dos décadas, superando con creces el precio de 175 000 millones de dólares que ofreció inicialmente”.

En verano de 2025, el Congreso estadounidense aprobó aproximadamente 24, 4 mil millones de dólares a través de la ley One Big Beautiful Bill Act. Luego, en febrero de este año, se asignaron otros 13.4 mil millones de dólares adicionales en el presupuesto de defensa para el año fiscal 2026, específicamente para los sistemas espaciales de la Cúpula. Estos incrementos de financiamiento sustentan entonces las estimaciones que la CBO proyecta como costo real de esta Cúpula los próximos 20 años.

Ante esta cantidad exorbitante surge la pregunta ¿quién se beneficia? Tres nombres surgen entonces a la vista Lockheed Martin, Northrop Grumman y Raytheon, empresas destinadas al desarrollo de tecnología armamentista que, casualmente, financiaron con millones de dólares la campaña electoral para que Trump llegara a la presidencia de EEUU por segunda vez.

Estas corporaciones han dejado de ser simples contratistas para convertirse en socios principales de este proyecto. Lockheed Martin lidera la integración de interceptores de última generación, mientras que Raytheon y Northrop Grumman desarrollan los sensores espaciales y armas láser necesarios para este escudo, todo ello bajo el amparo de adjudicaciones directas defendidas en el Congreso bajo la premisa de soberanía tecnológica y seguridad nacional.

No se requiere ser un sesudo de la economía para identificar que esta retórica del “rearme total” ante los últimos acontecimientos bélicos, así como una posible incursión que va más allá de lo terrestre, garantiza a las empresas un mercado interno masivo y seguro.

Es así como desde la narrativa de vulnerabilidad, el discurso político ha girado en presionar sobre la necesidad de priorizar presupuestos que entronizan el combate espacial sobre las vías diplomáticas tradicionales, con lo que además consolidan la defensa como el motor económico del país y del mundo, basta con recordar las presiones estadounidenses sobre otros países para que aumenten su inversión de armas.

Asimismo, la integración a puestos clave en el Gobierno de EEUU de antiguos consultores industriales en el núcleo de la toma de decisiones asegura que la visión de una nación impenetrable se alinee perfectamente con las capacidades y objetivos de lucro de los gigantes del sector.

Un ejemplo es Erich Hernandez-Baquero, quien cumplió las funciones de vicepresidente en Raytheon y ahora se desempeña como subsecretario de la Fuerza Aérea. Desde este cargo, supervisa la compra de las mismas tecnologías de sensores y satélites que antes gestionaba en el sector privado, lo que garantiza que el diseño de la Cúpula Dorada se ajuste a las capacidades de sus antiguos empleadores.

Otro ejemplo es Stephen Feinberg, cofundador de la firma de inversiones Cerberus Capital Management, quien ocupa la Subsecretaría de Defensa. Desde este cargo, actúa como el puente logístico para acelerar la producción de interceptores en gigantes como Lockheed Martin. Esta posición permite al empresario, ahora asesor, eliminar las trabas burocráticas y autorizar presupuestos masivos para transformar la visión política de una nación impenetrable en contratos multimillonarios tangibles.

No puede dejar de mencionarse a Roger Mason, quien luego de dirigir el crecimiento en la empresa de defensa V2X, ahora lidera ahora la Oficina Nacional de Reconocimiento (NRO), donde gestiona la red de satélites espía fundamental para la Cúpula Dorada.

A todo lo anterior se suma el apoyo presidencial a la mayor empresa armamentista, Lockheed Martin, lo cual le ha generado gran éxito económico. El mandatario ha visitado plantas de ensamblaje de esta empresa bajo el discurso de reactivación de la industria nacional y la generación de empleos de alta tecnología.

El Área 51 en Nevada, EEUU,
es visitada por fanáticos de los aliens

¿La ruptura del equilibrio?
En 1967 se firmó el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre, un acuerdo que establece que el cosmos debe ser un entorno pacífico y prohíbe explícitamente el despliegue de armas de destrucción masiva en órbita.

Desde la visión de la Cúpula Dorada, una posible militarización de las capas bajas de la atmósfera por parte de EEUU ignora el principio fundamental de que el espacio no puede ser objeto de apropiación nacional, lo que podría no solamente alentar a otras potencias a tecnificar sus armas, sino además convierte un patrimonio común en un nuevo campo de batalla.

En artículos de análisis encontrados en la web se habla de riesgos como el temido Síndrome de Kessler. Una sola colisión en órbita podría desencadenar una reacción en cadena de escombros espaciales que destruiría satélites vitales, dejando al mundo sin GPS ni internet de forma permanente. Además, un escudo impenetrable rompe el equilibrio de la «Destrucción Mutua Asegurada», lo que podría incentivar a otras potencias nucleares a lanzar ataques preventivos antes de que el sistema esté totalmente operativo, desestabilizando la paz global.

Pareciera que el uso de la narrativa sobre fenómenos extraterrestres actúa como una distracción estratégica frente a estos peligros reales. Mientras la opinión pública se mantiene atenta a supuestas amenazas alienígenas, se avanza para asegurar el control absoluto del planeta desde el espacio. En este escenario, el miedo a lo desconocido sirve como la cortina de humo perfecta para justificar una hegemonía militar que pone en riesgo el futuro tecnológico y diplomático de la humanidad.

T|Natchaieving Méndez