Por: Douglas Mujica

En la reciente Cumbre Mundial sobre Docentes de la Unesco, realizada en Santiago de Chile entre el 10 y el 12 de agosto de 2025, se presentaron los hallazgos más recientes sobre la crisis global que enfrenta la profesión docente y la magnitud de sus desafíos. Uno de los datos más alarmantes es la necesidad de al menos 44 millones de nuevos maestros y maestras de aquí al año 2030, si el mundo aspira a garantizar la universalización de la educación primaria y secundaria, tal como lo establecen los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Esta cifra, lejos de ser un número abstracto, representa un llamado urgente a los Estados y a las sociedades a situar en el centro de la agenda la dignificación y la ampliación del magisterio. La cumbre dejó en evidencia que en América Latina y el Caribe, en particular, hacen falta 3,2 millones de docentes adicionales, en su mayoría para reemplazar a quienes abandonan la profesión por la sobrecarga laboral, los bajos salarios y la falta de reconocimiento. Esta realidad desnuda la fragilidad de nuestros sistemas educativos, pero también plantea con claridad el camino a seguir, garantizar mejores condiciones laborales, reforzar la formación y la actualización, incorporar tecnologías de manera pedagógica y, sobre todo, asegurar que la docencia vuelva a ser vista como una profesión de prestigio social.
Ahora bien, los desafíos y compromisos que hoy marcan el rumbo de la educación venezolana se encuentran en lo acontecido durante el Primer Congreso Pedagógico de Maestras y Maestros Bolivarianos, celebrado en Caracas entre el 12 y el 14 de agosto de 2025 en el Teatro Teresa Carreño, con la participación de más de 40 mil voceros electos en las instituciones educativas del país y la sistematización de unas 250 mil propuestas. Este congreso no se limitó a ser un espacio de diagnóstico o deliberación, sino que fue el punto de partida de un proceso transformador que derivó en la definición de dieciséis desafíos clave para la educación venezolana y en siete compromisos para la transformación educativa, concebidos como ruta de acción inmediata para la próxima década. A diferencia de la cumbre de la Unesco, cuyo énfasis fue global, el congreso venezolano tuvo un carácter constituyente, con un fuerte anclaje territorial y comunitario, que reflejó la voz de docentes, estudiantes y familias como protagonistas de la política educativa.
Los 16 desafíos planteados abarcan dimensiones como la universalización del acceso y la permanencia escolar, la protección de los horarios, el fortalecimiento de la innovación pedagógica, la formación y estabilidad de la plantilla docente, la inclusión de la neurodiversidad y la educación especial, la participación activa de las familias y las comunidades, la incorporación crítica de la inteligencia artificial y las redes sociales en la enseñanza, el liderazgo directivo, la educación ambiental, la productividad con sentido soberano, la convivencia pacífica en las escuelas, el internacionalismo solidario y el bienestar integral del magisterio. Estos desafíos no son una lista decorativa, sino un mapa de ruta que articula lo académico, lo social y lo político, y que busca situar la educación en el centro del proyecto nacional.
A su vez, los 7 compromisos definidos establecen prioridades inmediatas, aumentar la matrícula escolar con campañas de búsqueda activa, mejorar las condiciones materiales y sociales del magisterio, garantizar el tiempo efectivo de clases, reordenar los programas educativos con énfasis en matemáticas, ciencias, lenguaje e identidad nacional, atender de manera integral a la educación especial y a la neurodiversidad, desarrollar una dirección escolar colectiva con liderazgo participativo y garantizar la mejora sostenida de la infraestructura y de los recursos pedagógicos. Estos compromisos constituyen, en mi criterio, un puente directo con las preocupaciones globales expresadas en Santiago de Chile, pero con una apropiación local que refleja nuestras necesidades y prioridades. Mientras la Unesco expone el tamaño de la crisis y la urgencia de actuar, el Congreso Pedagógico de Maestras y Maestros Bolivarianos ofreció respuestas concretas por parte del magisterio venezolano.
El hecho más trascendente de este congreso fue la decisión de consolidar el Movimiento de Maestras y Maestros Bolivarianos como sujeto estratégico para garantizar que los desafíos y compromisos se traduzcan en políticas sostenidas. Este movimiento no es una asociación gremial más, sino una organización de base con vocación constituyente que transforma al magisterio en protagonista de la educación y de la vida nacional. Desde una perspectiva analítica, este movimiento fortalece la gobernanza educativa participativa, genera orgullo e identidad en el ser docente, impulsa la innovación pedagógica desde abajo y amplía el diálogo social con familias y comunidades. La educación se entiende, así como un bien público en construcción colectiva, no como un servicio subordinado a la lógica mercantil.
La crisis global demanda acciones inmediatas, y Venezuela ha respondido con un proceso pedagógico y político que coloca al magisterio en el centro de la transformación. La apuesta por aumentar la matrícula escolar busca superar la meta de seis millones de estudiantes en el sistema público, lo cual implica no solo inclusión, sino también permanencia y éxito escolar. La atención a la neurodiversidad y a la educación especial hace posible que la calidad educativa se mida en términos de equidad, asegurando que ningún niño o niña quede fuera del proceso formativo. Y la incorporación crítica de la inteligencia artificial se alinea con la necesidad global de modernizar la educación sin perder de vista el carácter humano e irremplazable de la relación pedagógica.
Lo que está en juego, en última instancia, es la calidad educativa en su sentido más amplio. No basta con cifras de cobertura; se trata de formar ciudadanos capaces de pensar críticamente, de valorar su identidad cultural y de comprometerse con la justicia social. En este sentido, la convergencia entre los planteamientos de la Unesco y los compromisos del congreso bolivariano nos muestra que es posible avanzar simultáneamente en calidad, inclusión y pertinencia. Además, la creación del Movimiento de Maestras y Maestros Bolivarianos otorga una herramienta estratégica para que las decisiones no se diluyan con el tiempo, sino que encuentren un soporte organizativo capaz de darle continuidad a las políticas públicas y de convertir al magisterio en un interlocutor legítimo en la construcción del futuro.
La Unesco ha puesto sobre la mesa la dimensión global de la crisis, y Venezuela ha respondido con una agenda nacional proactiva, constituyente y emancipadora. El Plan de la Patria 2025–2031 sitúa la educación como eje central de la independencia y del desarrollo humano, y el magisterio organizado se convierte en el garante de que estos principios se traduzcan en realidades tangibles.
Podría afirmarse que la tarea que tenemos por delante es monumental, aumentar la matrícula, mejorar las condiciones docentes, actualizar el currículo, incorporar tecnologías y garantizar equidad en un contexto económico complejo. Sin embargo, lejos de desalentarnos, estas metas nos deben reafirmar en un optimismo crítico. Creo que estamos ante una oportunidad histórica de mostrar al mundo que la crisis global de la docencia no es un callejón sin salida, sino el punto de partida para construir un sistema educativo renovado, inclusivo y soberano. La conjunción entre las alertas de la Unesco y la acción colectiva del magisterio bolivariano demuestra que los educadores, lejos de ser víctimas pasivas de la crisis, somos protagonistas activos de la transformación. Y en ese protagonismo radica la esperanza de un futuro educativo digno, justo y emancipador para Venezuela y para América Latina.
Douglas Mujica es representante de los egresados ante el Consejo de la Escuela de Educación de la UCV

