
Natchaieving Méndez
Hace algún tiempo, cuando ejercía mi carrera como docente de aula, debía motivar a las niñas y niños de sexto grado a leer. En los primeros años los libros me eran sugeridos y en esa oportunidad uno de los títulos era el resumen de un clásico de la literatura. Confieso que no había leído la obra completa, así que, como mis estudiantes, decidí leer el extracto que me habían asignado. El resultado, creo que fue el mismo que el de mis discípulos: me aburrí horriblemente.
Pasado el tiempo, decidí leer la obra completa, más por rebeldía y curiosidad y lo que encontré fue completamente diferente. El manejo del suspenso hilado en más de 300 páginas se había fragmentado en solo 60 del resumen, así que muchas partes que eran necesarias para alcanzar el clímax de la historia se había suprimido, por eso nunca llegue a la emoción que el autor magistralmente inducía con las palabras. Dicho de otra manera, leer el resumen del libro fue como ver una película solo con los avances (tráiler), sin disfrutar las escenas que llevaron a los momentos emocionantes.
Tal como en las entregas anteriores mencioné, la aparición de la televisión y posteriormente los videojuegos, las redes y la inteligencia artificial desplazó considerablemente el acto de leer. Así, lo que fue el carácter íntimo y simbólico de la lectura como refugio, ritual y hasta cierto punto resistencia, se convirtió en trámite, requisito para aprobar una materia y hasta castigo.
Lamentablemente, en muchos casos la escolarización de la lectura lejos de abrir mundos, exige cerrar párrafos. En vez de sembrar preguntas, pide cosechar respuestas rápidas. El resumen, herramienta que debería ser síntesis reflexiva, se convirtió para algunos docentes en el sustituto del texto, lo que sesgó el sentido y cortó el proceso, el vínculo con la historia que expresa el autor.
Marisel Cuotto, docente de Castellano con más de 15 años de trabajo en instituciones educativas, no recomienda promover la lectura con el uso de resúmenes y, en cambio, destaca la necesidad de buscar títulos que se acerquen a la realidad e intereses de los educandos, además de tener un lenguaje sencillo, no por eso vacuo, adaptado a sus edades.
“Los resúmenes rompen la ilación y la estructura discursiva del autor. Además, leer segmentado impide la intertextualidad necesaria para la compresión lectora y la cosmovisión de la misma. Leer resúmenes, lejos de activar el proceso de lector escritura, reduce el análisis del pensamiento crítico y sujeta al lector a la mirada del editor y no se cierra el proceso de aprendizaje”, resalta.
La práctica de leer se le ha etiquetado entonces como una fórmula escolar sin alma. Tal vez, esta sea una de las razones del resultado de un estudio realizado en 2024 por la Universidad Católica Andrés Bello de Venezuela, que mostró que “más de 70 % de los estudiantes de 6º grado de primaria a 5º año de bachillerato fueron reprobados en matemáticas y habilidad verbal y su calificación promedio apenas superó los 7 puntos sobre 20”. Para el desarrollo del pensamiento razonamiento lógico matemático, la lectura es fundamental,
En las pruebas aplicadas por esta casa de estudio, 70.64 % de los estudiantes (68.86 % en el caso de colegios públicos y 80.55 % en el caso de los privados) reprobó las pruebas de comprensión lectora.
Muchos son los factores causantes de esta realidad que no es exclusiva de Venezuela, en otros países se vive de manera similar y hasta de manera más dramática. La crisis no es nueva y se profundizó con la pandemia y la cultura de la inmediatez. La lectura dejó de ser proceso acumulativo para convertirse en consumo rápido, el libro fue desplazado por el resumen y este por el post.
A todo esto, se le suma una dinámica y programación de la sociedad que lleva décadas, que ha sacado al libro del núcleo familiar. Una familia que no lee difícilmente puede formar a futuros lectores.
El acceso al libro en Venezuela no es una limitante, existen diversas editoriales del Estado que ofrecen diversidad de títulos, géneros literarios, autores a precios accesibles, sin contar las Ferias del libro que recorren el país durante todo el año. No obstante, los avances tecnológicos siguen ocupando la atención y acoplándose a la dinámica acelerada de la sociedad actual, lo cual hace más dura la batalla para quienes impulsan el rescate del pensamiento crítico a través de la actividad lectora.
De la televisión al algoritmo: la lectura como resistencia
A mediados del siglo XX, el relato audiovisual se posicionó para reemplazar el texto, no para dialogar con él. Luego llegó la era digital con los videojuegos, las redes sociales y, con estas, la era del scroll infinito, del pensamiento fragmentado, de la recompensa inmediata.
Un artículo publicado en el portal Aproximadamente sostiene que las plataformas digitales fomentan los sesgos cognitivos. Desde que una persona se levanta de su cama hasta que decide dormir se zambulle en una burbuja de filtro, es decir, se sumerge en un océano de conocimientos que coinciden o confirman sus ideas, no las refuta, por lo tanto, se debilita la capacidad de análisis, reflexión y cuestionamiento. Tanto es así que las relaciones físicas cada día son más reducidas al encontrar en las redes la aceptación completa que en el plano real, naturalmente, encontrará situaciones adversas, muy necesarias para el ser humano.
Por ello es que las noticias falsas (fake news) se propagan seis veces más rápido que las noticias verdaderas y el pensamiento crítico se diluye en el mar de lo instantáneo.
Y la cuenta aumenta, pues la inteligencia artificial, lejos de ser empleada solo herramienta, se ha convertido en mediadora de sentido.
El escritor brasileño Alexandre Le Voci Sayad, en su libro Inteligencia artificial y pensamiento crítico, advierte que “la IA forma parte de nuestro argot social, pero su uso indiscriminado puede afectar la autonomía en la educación y la capacidad de pensamiento profundo”. De esta forma, la delegación del análisis a algoritmos, la sustitución del criterio por la recomendación automática, puede volvernos más vulnerables a la manipulación simbólica.
Lo grave es que esta vulnerabilidad no es solo individual, también es colectiva. Una sociedad que lee menos, piensa menos y una sociedad que piensa menos, se vuelve más manejable, más dominable. La alienación propagandística encuentra terreno fértil en mentes acostumbradas a respuestas rápidas y poco profundas.
La lectura, en cambio, exige pausa, duda, vínculo. Por ello, es necesario desmontar las estrategias fallidas, resignificar el acto lector y devolverle su dignidad simbólica. Vincular al niño desde los primeros años con el libro, cuidando su textura, sus colores y hasta olores. Que este sea parte de un acto lúdico y familiar de acercamiento.
Más allá de copiar el cliché de las películas y series animadas de la persona adulta significativa sentada junto a la cama de la niña o el niño leyendo un cuento antes de dormir, este no debe ser utilizado como método adormecedor, su uso, en cambio, debe ser empleado para acercar, compartir, validar la presencia del uno y del otro empleando el libro y la imaginación como puente. Quitar la etiqueta que se le ha puesto al libro que leer solo se emplea para dormir.
Con todo esto, se puede afirmar lo inservible que resulta fomentar el hábito lector desde la escuela si ese hábito se reduce a la tarea, es necesario crear espacios de lectura como fuente de disfrute, encuentro, diálogo y memoria. El adulto que promueve la lectura debe entender que no se trata de enseñar el tema o la historia que le gusta, sino aquella adaptada a las preferencias de quienes quiere atraer al acto lector, siempre desde la diversión y el escape de lo cotidiano.
La lectura no puede seguir siendo castigo, no puede seguir siendo resumen, debe volver a ser ritual, resistencia, refugio. Leer menos no es solo pensar menos, es sentir menos, imaginar menos, resistir menos, y en tiempos de algoritmos y propaganda, leer es el acto más radical que podemos recuperar.

