¿Qué está pasando en tu país?, acabo de ver que hay un golpe de Estado en Francia” fueron las palabras de un líder africano que escuchó el presidente francés Emmanuel Macron durante una llamada telefónica en diciembre de 2025. La alarma de mandatario del continente madre surgió luego de ver un video en Facebook que tuvo más de 10 millones de visitas y que mostraba a una periodista en el Campo Elíseos informando sobre el derrocamiento del jefe de Estado galo.

La noticia, aunque parecía muy real, era falsa. Fue creada por inteligencia artificial y se volvió viral. Al rastrear el origen de la publicación dieron con el autor, un joven de Burkina Faso, de apenas 17 años, quien hizo una franca confesión tras ser localizado: “no odio a Francia, no busco una revolución geopolítica, simplemente quería ganar dinero”.

Aunque, de acuerdo con informaciones encontradas en la web, el muchacho percibió solo siete euros de la hazaña que molestó al Palacio de Matignon, tuvo una gran ganancia: fama. Lo que comenzó con un curso de creación de vídeos con IA que hizo en YouTube no solo incomodó al presidente Macron, sino que también se convirtió en una posibilidad económica.

Su video del falso golpe de Estado en Francia ahora se muestra en su página de Facebook como una muestra de su trabajo. Esto ocasionó tanto que los medios de información lo contactaran y así se diera a conocer, para que personas le soliciten asesoría por las que cobra 7000 francos CFA (10 euros) por una hora. “Me han contactado varias personas después de este vídeo, al menos cinco desde la semana pasada”, afirmó a un medio digital.

Lo curioso de este caso es que una vez descubierto el fake news, el mandatario francés solicitó a Meta que retirará el video, pero la empresa no lo hizo sino una semana después ¿por qué?.

La respuesta a esta interrogante quita el velo de la “neutralidad tecnológica” de las redes sociales y deja al descubierto su verdadero motor: el sistema está diseñado para proteger todo aquello que genera dividendos, es decir, el tráfico masivo y la permanencia del usuario en la pantalla.

Para los algoritmos de Silicon Valley, un video como el del joven de Burkina Faso no es una amenaza, es una oportunidad. Las más de 10 millones de reproducciones de este fake news fueron una mina de oro para generar ganancias tanto para la plataforma como para los anunciantes que aparecieron de forma automática luego de la publicación. El objetivo no fue cambiar un gobierno, fue generar interacciones, comentarios, clics publicitarios.

Bajo el escudo de la “libertad de expresión” y la “lentitud de los procesos de moderación automatizados”, las grandes corporaciones tecnológicas eluden su responsabilidad sobre contenidos que, aunque difunden mentiras o morbo, capitalizan la atención y con ello generan ganancias.

Cuando la imaginación toca la realidad

El episodio de Francia no es único. En 2016, la campaña electoral de Donald Trump se convirtió en una posibilidad para un grupo de adolescentes que habitaban a kilómetros de distancia de los Estados Unidos, específicamente Veles, en Macedonia del Norte.

Los jóvenes se percataron que crear sitios web de noticias políticas falsas que favorecían o atacaban a los candidatos atraía millones de clics de usuarios estadounidenses, la mayor población de internautas en el mundo para el momento.

Una investigación publicada por The New York Times reveló que algunos de creadores de estos fake news lograron ganar hasta 5000 dólares al mes en ingresos publicitarios de Google, una fortuna en una economía local donde el salario medio apenas rozaba los 400 dólares. No les importaba la política exterior norteamericana; les importaba el tráfico web.

Otro ejemplo de la capitalización de la mentira tuvo como protagonista al presentador y conspiracionista estadounidense Alex Jones, fundador del sitio InfoWars, quien durante años afirmó que la masacre escolar de Sandy Hook en 2012 había sido un montaje de actores organizado por el gobierno para restringir la venta de armas.

Esta afirmación no solo ocasionó que los seguidores y oyentes de Jone acosaran durante años a las familias de los niños de Connecticut que murieron en el tiroteo (en 2025 la Corte falló a favor de los afectados), sino que le generó al creador de contenidos ingresos brutos de más de 50 millones de dólares anuales, pues utilizaba la indignación y el pánico de sus millones de oyentes para vender de forma masiva suplementos vitamínicos, filtros de agua y equipos de emergencia en su tienda virtual. La mentira fue el vehículo publicitario para sostener un lucrativo imperio de comercio electrónico.

Recientemente, medios de comunicación canadienses CBC News y Radio-Canada dejaron al descubierto una red internacional de más de 20 canales de Youtube que “slopaganda» (propaganda de baja calidad), es decir, contenidos creados por IA con desinformación política y discursos incendiarios sobre el separatismo en la provincia de Alberta. Lo curioso es que los creadores de contenido residen en los Países Bajos.

Esta red, que incluso contrataba actores en plataformas de empleo temporal a quienes nunca se les veía el rostro, acumuló más de 40 millones de visualizaciones. El único objetivo de los operadores europeos, según reseñan medios digitales, era explotar las reglas de monetización de YouTube para capturar dólares publicitarios a costa de la estabilidad social de un país extranjero.

¿Cómo se capitaliza el fake?

Los casos anteriores son una pequeña muestra de la vulnerabilidad de la información fidedigna y de cómo una industria global se ha convertido en una fuente altamente rentable que se alimenta los miedos, la morbosidad y la atención que esto genera.

Para entender cómo la mentira genera ingresos, es necesario desarmar el engranaje de la publicidad digital programática. Aunque se ha pretendido vender la imagen de las redes sociales como canales que facilitan la comunicación, la realidad es que los gigantes tecnológicos operan como gigantescas agencias de publicidad.

La estrategia es captar la atención del usuario el mayor tiempo posible para mostrarle anuncios. Allí es cuando entra en el juego la denominada «economía de la atención», un sistema que premia el enganche por encima de la veracidad y para ello emplean el método de los anuncios automáticos.

Plataformas como Google Ads o Meta Ads actúan como intermediarias. Cuando un usuario hace clic en un enlace de una noticia, no se activa ningún mecanismo de verificación de veracidad de esa información, lo que si se carga de forma automática son los anuncios de marcas legítimas (desde universidades hasta bancos reconocidos) que no saben que su dinero financia la mentira. La marca no controla dónde aparece, pero el creador sí cobra por cada mil impresiones.

Pero el negocio no se detiene en los clics. Páginas que difunden teorías conspirativas sobre la salud o alertas apocalípticas suelen redirigir de inmediato a sus audiencias hacia tiendas en línea donde venden suplementos alimenticios, manuales de supervivencia o remedios sin base científica.

Igualmente, los fake news son el anzuelo perfecto para las estafas financieras, pues anuncian “la oportunidad” de invertir en cuentas de criptomonedas o plataformas de comercio que, en casos registrados, han estafado a usuarios incautos. No es casualidad, es estadística y análisis de mercado, los algoritmos están programados para vincular a quienes buscan información sobrenatural, apocalíptica o que genere desconfianza con contenidos que dan respuestas a esas inquietudes, pero que a la vez sean utilizadas para generar dividendos.

La trampa de la mente

¿Por qué consumimos y difundimos masivamente historias que, a menudo, carecen de toda lógica? No se debe a la falta de inteligencia, todo responde a la arquitectura psicológica común de los seres humanos que ha sido aprovechada para el diseño de los algoritmos.

Diversos especialistas y trabajos sobre el tema publicados en el ecosistema digital han definido que los seres humanos sufren un «sesgo de confirmación», que en otras palabras se traduce en aceptar de forma automática cualquier información que respalde creencias previas, miedos o prejuicios políticos, rechazando aquello que los contradice.

Los creadores de noticias falsas conocen este talón de Aquiles, por lo que apelan a emociones primarias como la indignación, el miedo, la sorpresa o la superioridad moral para diseñar sus historias. Una noticia que nos enfurece o nos da la razón se comparte de manera casi inconsciente.

Además, los algoritmos están programados para alimentar a las burbujas informativas, es decir, muestran al usuario lo que le causa interés o genera una reacción fuerte. Por ello, se interactúas con un video que siembra dudas sobre un tema, el sistema te recomendará de inmediato diez opciones más similares para mantener la conexión a la pantalla del dispositivo.

Informes del proyecto de investigación europeo SIMODS (Structural Indicators to Monitor Online Disinformation Scientifically o Indicadores Estructurales para Monitorear Científicamente la Desinformación en Línea) revelan que solo en Youtube una cuenta que publica contenido falso de forma regular llega a recibir hasta 11 veces más interacciones y comentarios que una fuente periodística acreditada con el mismo número de seguidores.

En plataformas como X (antes Twitter) o Facebook, la interacción supera entre nueve y diez veces a la de la información real. Es una pelea asimétrica: producir periodismo verificado, con corresponsales y editores, es costoso y lento; inventar un titular sensacionalista cuesta segundos y genera ganancias inmediatas.

Desconfía y acertarás

Para reducir el impacto de este mercado multimillonario, algunos especialistas han puntualizado dos acciones principales: fomentar la responsabilidad del usuario en su consumo diario y crear reformas gubernamentales que regulen a las grandes corporaciones tecnológicas obligándolas a establecer mecanismos para evitar esta difusión de información falsa.

Es una tarea titánica, pero que se puede iniciar desde la simple pausa crítica antes de un usuario antes de interactuar y responder un contenido de redes o medios digitales. Los fake news están diseñados para la impulsividad que genera reacciones en el estómago y no en el cerebro.

Por ello, el primer consejo práctico de alfabetización digital consiste en verificar la fuente original. Si el titular es escandaloso, es importante verificar qué medio lo firma. ¿Es una página desconocida llena de anuncios invasivos o un medio con trayectoria y firmas responsables? De allí que constatar si las portadas de las principales agencias de noticias también tienen esa información es una manera de desenmascarar la mentira. Si un evento es de gran magnitud y ha ocurrido realmente seguramente estará en los grandes titulares del mundo, por lo que si solo aparece en un video de TikTok o en un mensaje reenviado por grupos de WhatsApp, hay motivos de sobra para dudar de su veracidad.

También, los textos que utilicen adjetivos excesivos, titulares llamativos con letras mayúsculas sostenidas o que apelen directamente a la indignación o miedo, son fuente de desconfianza. Es recomendable rastrear imágenes mediante herramientas de búsqueda inversa en la web para comprobar si una fotografía supuestamente actual corresponde en realidad a un evento de hace cinco años en otro país.

Detener el negocio digital del fake news comienza desde la resolución de acabar con el autoengaño. Diría Platón, es voltear la mirada hacia quienes están detrás de las sombras, aunque esto signifique que nos duela los ojos y que la verdad no sea lo que mueva nuestras emociones más primitivas.

Natchaieving Méndez