
Natchaieving Méndez
Definitivamente, tal como lo refería en la entrega anterior la profesora de Castellano, Marisel Cuotto, estamos en tiempos de inmediatez y la generación que germina también lo es. Nuestro cerebro se ha programado para la recompensa inmediata, para recibir constantemente el golpe de dopamina que le genere satisfacción, placer y se acople con un “bienestar” que mantenga sus pensamientos en una suerte de “estabilidad inalterable”.
¿Cuánto dura un estado de WhatsApp? 30 segundos. ¿Cuánto es el límite de una historia en Facebook o Instagram? aproximadamente lo mismo, aunque puede durar un poco más. ¿Tiktok? pues hasta videos de 10 minutos se pueden ver, aunque generalmente no exceden los 3 minutos. Todo ello está condicionado por un algoritmo que, muy astutamente, clasifica a los usuarios por intereses y contenidos posibles que los enganchen. Reciben lo que consciente o inconscientemente desean.
“¿Entonces, los consejos que me da el Tiktok justamente cuando tengo una situación emocional no es producto de una fuerza divina que lo utiliza como vehículo o canal para hablarme?” Realmente no refuto esta teoría porque en cuestiones místicas no soy la más versada. Sin embargo, puedo decirle que, es muy posible, que se haya detenido más de lo común en algún contenido que resonó con usted, lo que le indicó al algoritmo que esa es la información de interés que desea consumir, así como lo leyó: consumir, porque de lo que al final se trata es de cuánto contenido consumes y el dinero que esto puede generar.
Por lo anterior, no es casualidad que en los ambientes escolares la respuesta de los niños a la histórica pregunta “¿qué quieres ser cuando seas grande?”, sea ahora más frecuente: “influencer”, “youtube”, “tiktoker”, es a lo que están acostumbrados, lo que capitaliza. Y fíjese que tan real es el poder que ahora tienen las redes sobre las masas, que los políticos han decidido utilizar a estas figuras para sus campañas electorales o de gestión. Ya no se busca a un estudioso, especialista, incluso, a los referentes de las artes y los espectáculos (a menos que estén en las redes). Mientras más seguidores, vistas y “like” tengas, eres más valioso. La sociedad de los “like”.
Todo esto ha sido un proceso de alienación progresiva y, si somos más acuciosos, tiene que ver con una forma de moldear el pensamiento para la dominación de muchos por unos pocos: los que manejan las grandes plataformas digitales. Este grupo de eruditos que maneja los hilos virtuales (y miren que no me gusta relacionar el noble arte milenario de los títeres con estas intenciones oscuras, es injusto) les interesa una sociedad que reflexione menos, que consuma contenido con mayor facilidad y cuyos referentes sean personas cuyo mérito sea tener mayor exposición en pantalla. No importan los estudios, los libros, las conferencias, las acciones que haya realizado, si no estás en las redes no existes. ¿Cómo ocurrió esto y qué tiene que ver con el abandono de la lectura? Tratemos de dilucidar este embrollo.
¿Acelerar el pensamiento o perderlo en la inmediatez?
En esta época en la que la velocidad de consumo informativo supera la capacidad de reflexión, la lectura profunda se ha convertido en un acto de resistencia. Una persona que abandona o no adquiere el hábito lector no solo pierde el vocabulario y la comprensión del mundo, también renuncia a la capacidad de análisis y a la autogestión de su crítica, decisiones y emociones. En este panorama, la propaganda emocional encuentra un terreno fértil para moldear subjetividades, dividir comunidades e, incluso, consolidar intereses políticos.
Una psiquiatra que ha estudiado y difundido muchísimo sobre el tema, paradójicamente muy conocida y famosa por las redes sociales, es Marian Rojas Estapé. Uno de los planteamientos sostenidos por esta médico española es que en la actualidad las personas están expuestas, constantemente, a una sobreestimulación mental, en la que los pensamientos automáticos, repetitivos, cargados de juicios se multiplican en cascada.
Destaca que se muestra una realidad distorsionada en la que, aparentemente, existen vidas perfectas, criterios certeros, eruditos apoyados con un mar de “like” que dicen cualquier información y es tomada como cierta por su batallón de seguidores que no digieren, sienten, reflexionan o analizan si su contenido es veraz o certero. “Es verdad porque lo dijo fulano de tal cosa y todo el mundo lo sigue, hasta las fuentes oficiales”, es lo que se escucha.
Ahora bien, ¿a qué se debe tanta certeza?, seguimos con Rojas Estapé. La especialista (y muchos otros estudios apoyan esta teoría) sostiene que la hiperestimulación por las redes sociales genera una sensación de euforia momentánea y a la vez de dependencia emocional, esto es causado por la secreción de dopamina en el cerebro, sustancia del placer.
El cerebro y todo el sistema nervioso, explica, se acostumbra a estímulos breves y potentes, por lo que no logra a mantener la atención por más del tiempo del que está acostumbrado. Surge entonces la pregunta, si acostumbramos a nuestro cerebro a un estímulo cada minuto con el scroll que muchas veces puede consumir horas ¿podrá resistir el tiempo que requieren los procesos de decodificación, análisis, visualización y muchos otros que necesita la lectura de un libro para su comprensión?
La psiquiatra española alerta que esta forma de trabajo cerebral produce una anulación de la corteza prefrontal, zona del cerebro clave para el pensamiento crítico, analítico, pero también para la empatía y la autorregulación emocional. Es lo que hablaba Cuotto en la entrega anterior del desarrollo de las competencias blandas, por eso, destaca la docente “pareciera que hoy cada quien está en una isla, sin importar lo que al otro le ocurra”.
Entonces, con estas premisas se puede explicar por qué muchas informaciones falsas (fake news) que son difundidas por los “eruditos influencer” generan reacciones a veces irracionales que pueden llegar a atentar, moral y hasta físicamente, contra la vida de otras personas.
El tener una hiperestimulación y atención fragmentada, precisa Rojas Escapé, limita la capacidad de mantener la atención en un solo estímulo por más de unos segundos, tal vez pocos minutos, lo que transforma la tolerancia en frustración, la incomodidad en ira y, más aún, afecta el rendimiento intelectual y las relaciones sociales. ¿Pero esto se generó en solo las pocas décadas que tienen las redes sociales? La respuesta es: no.
La emancipación mental anulada
El filósofo brasileño Paulo Freire planteaba que la lectura profunda era una práctica emancipadora, es decir, permitía a las personas interpretar críticamente su realidad y, en consecuencia, transformar sus condiciones de vida. Leer, de acuerdo al pedagogo, fortalece los espacios de diálogo, de reflexión prolongada; el texto es una herramienta de conciencia política y ética, y también una fuente de imaginación.
Sobre esta afirmación la historia tiene muchos ejemplos y por supuesto, el más emblemático, parte de la Ilustración europea, en la que la lectura se convirtió en herramienta de emancipación. Aunque algunos puedan tener diferencias sobre algunos de sus postulados, todos coincidimos en que filósofos como Rousseau, Voltaire y Montesquieu promovieron el uso de la razón para cuestionar el absolutismo y transformar la sociedad.
Así, las ideas en los libros permitieron imaginar nuevas formas de ciudadanía, soberanía popular y justicia social, la semilla que luego germinó también en los países de América, entiéndase que América es el Promontorio de Murchison en Canadá y el Cabo Froward en Chile.
Llegado el siglo XX, con el fin de una primera guerra que golpeó emocionalmente al mundo y el inicio de otras que también sacudirían las estructuras existentes, la televisión apareció y dio un giro hacia la pasividad simbólica, capitalizó con su lógica de consumo emocional y fragmentado.
Tal como mencionaba en el artículo anterior, fue justamente en este siglo cuando cambiaron las formas laborales exigiendo más tiempo de los padres fuera de casa. La televisión sustituyó la presencia adulta y por lo tanto los hábitos familiares y la convivencia cambiaron. Las ausencias y el silencio fueron sustituidas por una caja que suministraba información direccionada y con intereses específicos. El individualismo se posicionó y el huracán interno del abandono comenzó a crecer.
El profesor español Salvador Peiró i Gregori refiere en su artículo Una mirada crítica a las repercusiones de la televisión en la educación que la sustitución de la lectura por la televisión debilitó la concentración, desplazó el diálogo crítico y promovió una ciudadanía más reactiva que reflexiva. La televisión instauró narrativas prefabricadas, donde el espectador dejó de ser lector activo para convertirse en receptor pasivo de imágenes y ritmos impuestos.
Estos niños que crecieron desde la inmediatez de una televisión en la que prevalecía el tubazo televisivo; que vio como normal que la conversación en la mesa se sustituyera por la comida frente al “mago de la máscara de vidrio”; que dejó la responsabilidad casi absoluta a la escuela para la formación integral de sus hijos, son quienes ahora deben lidiar con sus hijos zombis de los dispositivos electrónicos, videojuegos y redes sociales. Sin contar que existen muchos adultos que también pasan horas tratando de ser “gamers” pues es más rentable a menos esfuerzo.
Anular el umbral del pensamiento crítico: la lectura
Diversos estudios han demostrado que la lectura no es solo una práctica cultural, sino una herramienta cognitiva que permite construir ciudadanía crítica. Luis Osorio, en Le Monde Diplomatique, advierte que la comprensión lectora es clave para el pensamiento transformador. Sin ella, los discursos políticos se vuelven ininteligibles y las consignas emocionales ocupan el lugar del argumento.
Esta postura es apoyada por otros estudios que recalcan que la lectura crítica permite enfrentar los desafíos del mundo globalizado, en otras palabras, leer no es solo un derecho cultural, sino una defensa contra la manipulación.
De esto también habló en su artículo la periodista Mary Harrington, en The New York Times, quien además alerta que la alfabetización prolongada se está convirtiendo en dominio de subculturas de élite. Refiere que mientras niños de familias con ingresos bajos pasan más tiempo frente a pantallas que sus pares de familias con mayores recursos, sus habilidades cognitivas se deterioran.
Y hay más, Harrington recalca que las élites (tecnológicas, religiosas y conservadoras) ya están adoptando límites autoimpuestos al uso de dispositivos. Hay más cuidado de la salud cognitiva y tienen los recursos para pagar profesores, talleres, instituciones que se adapten a los intereses de sus hijos.
En tanto, los niños y jóvenes de familias de pocos recursos solventan la soledad que sus padres les deja para solventar la sobrevivencia con el contenido que encuentran en el ecosistema digital, manejado por quienes requieren borregos que consuman para aumentar su capital.
Estas circunstancias, influye en que se consolide una sociedad menos racional, movida por las vibraciones emocionales más que por los argumentos y vulnerable a los escenarios construidos con bloques de virtualidad. De allí que puede verse una realidad sobre un país a través de las redes, pero otra estando dentro de él. Puedo generar un caos inexistente y con esto justificar acciones para contrarrestar algo que no es verdad en el plano real, solo en las plataformas. ¿la matrix en la vida real?
La lectura entonces, más allá de una práctica es una forma de pensar, de resistir, de construir memoria. En una sociedad en la que leer se margina, el pensamiento crítico se debilita y la ciudadanía se vuelve más moldeable. La propaganda emocional ocupa el lugar del argumento, y la política se convierte en espectáculo.
¿Qué hacemos, eliminamos los celulares, las plataformas, los videojuegos? ¿Cómo reprogramar el cerebro de quienes no pueden soportar más de 5 minutos con una actividad fija? ¿Cuáles son las estrategias que la escuela puede emplear para revertir esta anulación del pensamiento que pareciera ganar terreno? En la siguiente entrega, profundizaremos sobre este aspecto.

