
Existe una leyenda que cuenta que un líder político, para dar una lección a sus colaboradores, tomó un gallo, lo desplumó vivo frente a sus ojos y luego de dejar al animal sufriendo en el suelo, sacó de su bolsillo un puñado de maíz para ofrecérselo. Al acercarle la mano con los granos en su palma, el ave, ignorando su dolor y maltrato, lo siguió por toda la habitación. Entonces, aquel hombre les dijo a sus súbditos: “esta es la forma en que se gobierna a las masas”.
La historia anterior, erróneamente atribuida a Iósif Stalin (no existen pruebas de que haya sido de su autoría), se vincula con una frase que, supuestamente, emitió el veterano diplomático estadounidense Henry Kissinger: “Controla el petróleo y controlarás las naciones. Controla los alimentos y controlarás a la gente”.
Ciertas o no, ambas posturas coinciden en una misma intención: el control de alimentos (el petróleo es otra historia) para el dominio de la población. Aunque parezca una postura hasta cierto punto maquiavélica pues es jugar con un aspecto esencial de la vida, pareciera que este pensamiento se ha convertido en una premisa de grandes corporaciones de alimentos.
Cada vez es más frecuente encontrar en los pasillos de los supermercados, frutas como uvas, mandarinas o patillas con algo en común: una etiqueta que anuncia que no posee semillas. Aunque esta particularidad puede ofrecer comodidad al consumidor, detrás de ella hay un aspecto alarmante: si no posee semillas ¿cómo se reproduce? La respuesta es simple: en los laboratorios.
Entonces es cuando la parábola con la que se inició este artículo y la frase atribuida al diplomático estadounidense se evidencia en la práctica. El diseño de esta estrategia pareciera responder a una fórmula que, más allá de ofrecer bienestar, está orientada a crear necesidad de consumo rápido y luego ofrecer una solución que solo pocas transnacionales pueden comercializar.
Estudios globales como Food Barons de ETC Group y reportajes en la web sobre monopolios agrícolas demuestran que tan solo cuatro o cinco megacorporaciones (como Bayer-Monsanto, Corteva, Syngenta/ChemChina y BASF) controlan más del 60% del mercado mundial de semillas comerciales y más del 70% del mercado global de plaguicidas e insumos agrícolas.
Es así como el mercado de las frutas sin semillas está profundamente atado a este oligopolio de las grandes multinacionales de la biotecnología agrícola, debido a que estas controlan el desarrollo, la patente y la distribución comercial de estas variedades híbridas y estériles.

Al diseñar frutos cuya capacidad reproductiva ha sido biológicamente anulada o protegida por derechos de propiedad intelectual, las corporaciones de alimentos aseguran un modelo de dependencia absoluta del agricultor quien se ve obligado a comprar nuevas semillas e insumos certificados en cada ciclo de siembra. De esta forma consolidan el control corporativo sobre la cadena alimentaria global.
La lógica de esto es simple: al eliminar la semilla del fruto por la mayor demanda de este producto, se rompe el ciclo natural mediante el cual un agricultor o cualquier ciudadano en su patio podía guardar la semilla de su cosecha para volver a sembrar en la siguiente temporada. La fruta deja de ser un bien natural autoregenerativo para convertirse en un producto con fecha de caducidad que obliga a regresar, una y otra vez, a los hilos de la gran industria.
El negocio detrás de la comodidad
Este fenómeno de modificar los alimentos para crear otros que se generen en laboratorios no es de data reciente. Por ejemplo, los inicios del desarrollo de las patillas sin semillas se remontan a más de medio siglo atrás en Japón, cuando el profesor H. Kihara documentó este avance biológico en un estudio académico enfocado en las variedades triploides.

No obstante, la masificación de este fruto dependió de la colaboración estratégica entre Kihara y el investigador estadounidense O. J. Eigsti, quien impulsó la transferencia de esta tecnología hacia el mercado norteamericano y cofundó la firma American Seedless Watermelon Corporation, responsable de lanzar al mercado la variedad «Tri-X 313» y otros cultivares estériles, reseña el portal web watermelon.org.
Ahora bien, fue en la década de 1990 cuando existió la verdadera explosión comercial, impulsada por corporaciones agrícolas europeas y norteamericanas que vieron en este tipo de fruta sin semillas, un nicho rentable.
De acuerdo con investigaciones como la de la firma Coherent Market Insights, el mercado mundial de semillas de sandía sin pepas supera los 584 millones de dólares en 2026. Este resultado es impulsado, principalmente, por el consumo masivo en Estados Unidos y Europa, donde las variedades sin semilla representan más del 85 % de las ventas al por menor. En el caso de las uvas de mesa, las variedades apirenas (sin semilla) dominan casi por completo los anaqueles del comercio internacional.
Todo lo anterior evidencia que lo que mueve a este mercado no es la salud humana, sino la rentabilidad del agronegocio y las exigencias de la gran distribución minorista.
Salud, diversidad y soberanía perdida
Las ventajas con las que se ofertan estas frutas sin semillas son variadas. Sus promotores aseguran que estas permiten un empaque más homogéneo, reducen las pérdidas por fermentación interna alrededor del hueso o pepita y extienden la vida útil del producto en los refrigeradores. Para los gigantes de la biotecnología agrícola, definitivamente, es un negocio redondo. Informes del Corporate Europe Observatory revelan que tan solo Corteva acumula más de 1400 patentes sobre tecnologías de semillas y rasgos genéticos, lo que prohíbe legalmente a los agricultores resembrar o intercambiar el material genético.

Para el productor rural competir con estas grandes transnacionales tiene un costo cuya diferencia es abismal, pues para producir o comprar semillas híbridas triploides (requeridas para cosechar frutos sin semillas) se requiere entre tres y cinco veces más recursos que si se adquieren semillas convencionales fértiles.
Hay que aclarar que las frutas sin semillas no son organismos transgénicos, es decir, no recibieron genes de otra especie. Se trata de híbridos esterilizados; por ejemplo, la explicación científica es que para crear una patilla sin pepas se cruza una planta diploide (con 22 cromosomas) con una tetraploide (con 44 cromosomas), utilizando agentes químicos como la colchicina para interrumpir la división celular. En otros casos, como ciertas uvas o cítricos, se aprovecha la partenocarpia o la abortividad del embrión antes de la maduración.
Aunque no existen estudios o denuncias de que la ingesta de estas frutas represente un peligro tóxico directo para el organismo, la repercusión sobre la alimentación natural es profunda. La semilla de un fruto no es un desperdicio, es el centro biológico donde la planta concentra importantes fitonutrientes, aceites esenciales, antioxidantes y minerales que a menudo se pierden o alteran en los procesos de hibridación masiva orientados únicamente al dulzor y la apariencia externa. Al desacostumbrar al consumidor a la presencia de la semilla, se promueve una dieta estandarizada y desvinculada de la naturaleza real del alimento.

Asimismo, estudios refieren que el costo ambiental y agronómico de estas frutas es sumamente elevado. La producción intensiva de híbridos comerciales exige el uso continuo de fertilizantes sintéticos, pesticidas y un manejo hídrico exigente para garantizar cosechas uniformes. La pérdida de variabilidad genética deja a los cultivos expuestos a plagas masivas y a las inclemencias del cambio climático, al tiempo que desplaza a las variedades locales y criollas que han alimentado a los pueblos durante generaciones.
El verdadero peligro de la fruta sin semilla no está en el supermercado, sino en la psiquis colectiva que acepta la esterilidad como un signo de progreso. Cuando las grandes cadenas de distribución y las multinacionales del marketing posicionan los ultraprocesados y los alimentos intervenidos como sinónimo de estatus y comodidad, los alimentos frescos, locales y con capacidad reproductiva van quedando arrinconados.
Cuestionar estas prácticas industriales y valorar el trabajo de la agricultura campesina, local y biodiversa no es un capricho ni una postura melancólica, es una necesidad urgente de preservación. La solución final descansa en la conciencia de los pueblos para demandar políticas públicas que protejan las semillas criollas y promuevan sistemas de producción sostenibles. Cabe preguntarse. ¿continuaremos atrapados en el anzuelo de la comodidad o si asumiremos la tarea de emancipar nuestro plato para preservar la vida misma?
T/Natchaieving Méndez

