
Natchaieving Méndez
La Tierra no es estática y aunque pareciera una frase obvia, la humanidad lo ha comprobado especialmente en estos últimos meses. La autodenominada “especie superior” ha comprobado su vulnerabilidad en un espacio que contamina, transforma y destruye como si fuese un objeto. El planeta le ha dado un mensaje claro: no solo late, sino que además evoluciona y se autorregenera.
En este 2026, hasta mediados de agosto se han registrado diez sismos, seis de ellos de magnitud superior a 7 con devastadoras consecuencias en muchas naciones. Y aunque la percepción colectiva señale que el planeta atraviesa una hiperactividad inusual, los datos del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) ofrecen una respuesta objetiva: anualmente se registran en el planeta aproximadamente 20.000 sismos (unos 55 al día), de los cuales un promedio de 15 eventos alcanza magnitudes entre 7,0 y 7,9. Lo que si es cierto es que, en esta oportunidad, la actividad desinformativa sísmica aumentó en redes sociales.
La piel terrestre se regenera
En diversas entrevistas, especialistas refieren que la reorganización tectónica es parte de esta autorregeneración terrestre. Uno de ellos es el presidente de la Sociedad Venezolana de Geólogos, Feliciano De Santis, quien explicó que la corteza terrestre, divida en placas tectónicas, en algunas partes del planeta se destruye y en otras se renueva. Ejemplifica que en la capa sólida de la Tierra pasa algo similar a lo que ocurre en la piel cuando se regenera, mientras existen células que mueren, otras nacen.
De allí que cúmulos de tierra están en constante movimiento, como si fuesen grandes tablas flotando sobre una vasija de agua, algunas se alejan, otras coinciden y cuando esto último ocurre algunas rozan sus límites, como la placa suramericana cuyo movimiento produjeron los terremotos en Venezuela; mientras otras se meten por debajo de otra (subducción), como el movimiento que ocasionó el gran sismo en Colombia.
Estos movimientos no tienen horario ni fecha en el calendario, se producen y ya, y aunque la percepción colectiva lleve a concluir que esta secuencia sísmica, de magnitud superior a 7, es consecuencia una del otra, realmente no existen evidencias de que así sea.
“No conocemos el detalle de esa relación, es decir, que porque ocurrió (el terremoto) aquí, va a acudir allá, no. Que es una casuística sí, hay relación porque es un solo mecanismo de todas las placas tectónicas que están interactuando entre sí. Es evidente que aquí hay una relación, lo que no conocemos es el detalle de cómo funcionan esas relaciones”, resaltó De Santis.
Dos mapas, dos mecanismos
Algo ha quedado evidenciado en los terremotos ocurridos en Venezuela y Colombia es que la ubicación en el mapa no tiene incidencia sobre la tragedia que pueda ocurrir, tiene que ver con las características de sus cimientos. La distancia geográfica de 1.186 kilómetros y los 47 días de separación de ambos eventos naturales confirmaron dos dinámicas independientes.
Aunque redes y medios digitales han pretendido establecer relaciones forzadas entre ambos eventos sísmicos, lo ocurrido en tierra colombiana el pasado 10 de agosto y en la zona norte-centro de Venezuela tiene grandes diferencias, aunque en ambos haya ocasionado consecuencias devastadoras.
El terremoto de Colombia de magnitud 7.4 se originó a una profundidad de entre 103 y 110 kilómetros dentro de la corteza. Los especialistas explican que se produjo en la interfase de subducción donde la vasta loza oceánica de Nazca se hunde por debajo del continente sudamericano. En el caso venezolano del 24 de junio, se trató de una ruptura doble (Magnitud 7,2 y 7,5), estimada a tan solo 20 y 10 kilómetros de profundidad cerca del límite entre las placas del Caribe y Sudamérica.

Al respecto, el ingeniero geólogo Fran Audemard ratifica lo mencionado por De Santi en cuanto a la vinculación de los dos eventos y la teoría difundida en redes de que uno fue disparador de otro. “Básicamente, el sistema se está reajustando alrededor de todo el cinturón circunpacífico y coincidentalmente ocurre que en Venezuela le tocaba romperse y a Colombia, a los pocos días, le pasaría lo mismo».
Audemard aclaró que, si bien la Falla de Boconó (la que provocó el primer terremoto de 7,2 en Venezuela) se prolonga hacia el suroeste conectándose con fallas colombianas como Sibundoy, Algeciras, Huaycar, Amo, Bramón y Chinácota, no fue este sistema cortical el que cedió en el Chocó.
«Este sismo fue distinto. El hecho de que el sismo colombiano ocurre a un centenar de kilómetros de profundidad hace que, cuando llega a la superficie, llega cansado tras recorrer 100 kilómetros. Sin embargo, modifica el área sentida haciéndola más grande, porque el cono de proyección de la energía es mayor. Además, los sismos de profundidad intermedia (entre 60 y 300 km) contienen ondas de largo período (baja frecuencia), a diferencia de los sismos corticales que son de alta frecuencia», detalló.
Según el especialista, el terremoto en Colombia se produjo de una manera muy rara e inesperada en comparación con los temblores habituales de la zona. «Es un sismo peculiar, probablemente intralosa de subducción que coincide con un proceso de desgarre. Esa losa de subducción colombiana no es un elemento continuo, sino que está compuesta por varios elementos que se desgarran. Es un sismo que se produce donde dos fragmentos de la losa juegan como si fueran tijeras, lo que da un mecanismo de tipo transcurrente con componente inversa. No fue el sismo típico de subducción pura con brinco hacia el mar como el de Tumaco en 1906 o 1979», dijo.
El suelo aumenta la vulnerabilidad
Los últimos eventos telúricos ocurridos en tierras venezolanas y colombianas han demostrado además que el alcance destructivo de un terremoto no se mide únicamente por la energía liberada en el foco (magnitud), sino por la aceleración del terreno y el comportamiento de los suelos locales.
El Servicio Geológico de Colombia explicó que el hecho de que el epicentro haya ocurrido en San José de El Palmar, en el departamento de Chocó, un sector cuyo terreno es predominantemente rocoso fue determinante para la forma cómo se propagó la energía liberada por el terremoto. Los especialistas destacaron las rocas rígidas, consolidadas, actuaron como un conductor altamente eficiente que, si bien aminoraron la amplificación de las ondas en el punto de origen, les permitió viajar trayectos mucho más largos hacia regiones distantes. Por eso el terremoto colombiano se sintió incluso en países vecinos como Ecuador y Venezuela.
La energía atravesó los bloques rocosos de las cordilleras Occidental y Central y a pesar de tratarse de rocas de mayor resistencia, desencadenó deslizamientos de laderas saturadas de agua en zonas boscosas y montañosas. Por ello, ciudades como Cali, Manizales y Pereira experimentaron un fenómeno de amplificación sedimentaria muy similar al que históricamente padece el valle de Caracas.
El caso venezolano fue diferente, pues los epicentros (falla de Boconó y San Sebastián) ocurrieron en suelos sedimentarios (La Guaira), lo que permitió que la energía sacudiese con mayor violencia local, aunque fuese menor el tiempo.

Fuera del anillo, no fuera del peligro
Uno de los rumores más difundidos especialmente en redes sociales es el que afirma que el Cinturón de Fuego se había “activado” de forma repentina, una afirmación sin sustento científico que asusta a la población. Ante los últimos eventos telúricos en el planeta, los especialistas en la materia reiteran que este sistema tectónico permanece en actividad constante y permanente. No existe ningún botón de encendido o apagado sísmico en el planeta.
En esta oportunidad, la geología ha desmentido los mitos digitales con datos científicos no verificables. Uno de ellos es que solo aquellos territorios que se ubican en las zonas dentro del Cinturón de Fuego del Pacífico sufren riesgos catastróficos. Ciertamente, Colombia se localiza dentro del margen circunpacífico por la subducción de Nazca, no obstante, Venezuela y el arco del Caribe operan bajo un sistema tectónico distinto, pero igualmente peligroso.
Por ello, es absurdo sostener la narrativa que algunos “comunicadores” e influencer con tendencias claramente políticas han querido minimizan la intensidad y magnitud del terremoto venezolano sobre el colombiano, argumentando además que la mayor cantidad de fallecidos en Venezuela se debió principalmente a la acción gubernamental. Esta tendencia solo refleja la ignorancia y manipulación de sus discursos.

Si bien Venezuela no se encuentra en margen circunpacífico, la amenaza proviene de la interacción sísmica de las placas del Caribe y Sudamérica, canalizada por los tres grandes sistemas de fallas: Boconó, San Sebastián y El Pilar. En esta zona se encuentran ciudades densamente pobladas como Mérida, San Cristóbal, Barquisimeto, Valencia, Caracas, La Guaira, Puerto La Cruz y Cumaná se sitúan directamente sobre este corredor tectónico.
La poca profundidad del epicentro y las características del suelo donde ocurrieron los terremotos en territorio venezolano, permitieron que la liberación de energía, aunque no se sintiera a distancias mayores como en el caso de Colombia, fuese más inmediata y devastadora. Un suelo arenoso no difunde o dispersa la onda, la amplifica de forma local, por eso, para muchos, los 30 segundos de separación entre un sismo y otro no se sintieron, sino que fue una continuidad de un movimiento que fue de menor a mayor.
Estas características de la cuenca caribeña se encuentran en al menos cinco zonas críticas como Haití, República Dominicana, Puerto Rico, Jamaica y las Antillas Menores, pues albergan fallas capaces de generar terremotos severos, tsunamis y deslizamientos masivos.
En definitiva, la Tierra no se ha vuelto más violenta ni impredecible, simplemente sigue su curso geológico inevitable. Comprender que vivimos sobre una corteza en permanente reajuste es el primer paso para desmantelar mitos infundados en redes sociales y priorizar lo verdaderamente crucial: la construcción sismorresistente, la planificación urbana responsable y la educación ante el riesgo. La amenaza no radica en el movimiento natural del planeta, sino en la vulnerabilidad con la que decidimos habitarlo.

