Comenzó la época de Navidad y también el derroche de luces. Las vidrieras de las tiendas, las plazas, las ventanas de las casas y apartamentos, todo se cubre de lucecitas de colores, algunas intermitentes, otras asemejan las caídas de agua de los grandes saltos naturales. De cualquier forma o tamaño la presencia de mucha luz es parte fundamental de la decoración decembrina.

Como la mayoría de las costumbres que poseemos en América Latina, la tradición de usar luces de Navidad no tiene origen nuestro americano. Se dice que el empleo de este adorno proviene de las antiguas celebraciones paganas del solsticio de invierno, en las que se encendían velas y fuegos para simbolizar el triunfo de la luz sobre la oscuridad. Luego, con la cristianización, se resignificó esta práctica con la representación de la luz de la natividad de Cristo, establecida en el siglo IV.

Lo cierto es que se ha practicado por siglos sin tomar en cuenta detrimento de lo que esto representa para el entorno, la energía, la crisis climática. Al caer la noche sobre una ciudad como Caracas, Bogotá o Madrid, millones de microluces se encienden simultáneamente. De hecho, en muchas localidades dan inicio a las fechas navideñas con el tradicional “Encendido Navideño”, un espectáculo de luz que evoca la magia de estas fechas. No obstante, bajo este manto festivo y brilloso, se esconde una realidad energética innegable y que no es tan feliz para el planeta.

Más luz, mayor emisión de CO2

Bajo todo este ritual colectivo mundial, datos encontrados en el océano digital dan cuenta de un aumento del consumo energético en hogares y ciudades durante la temporada decembrina. Este crecimiento se calcula entre 28 a 30 %, con picos que pueden sumar hasta 76 kWh extras por vivienda y sobrecargas en cualquier ciudad del mundo, debido a la mayor iluminación y uso de electrodomésticos.

Muchas veces no se toma en cuenta cuánta energía eléctrica pueden consumir los adornos y el impacto en su consumo. La serie tradicional de 100 luces incandescentes, como pequeños focos que producen calor, pueden usar entre 40 a 70 w, es decir, aunque iluminan bastante, consumen más energía.

Imagínense entonces un hogar en el que existen cinco series de incandescentes que funcionan seis horas un día en diciembre, suman 1,2 kWh diarios (200 W × 6 h), lo que equivale a 36 kWh en un mes. Todo esto se traduce no solo en el recibo de energía, también en emisiones de carbono CO2, cuyo exceso es nocivo para la vida del planeta.
Para bajar este consumo considerable, se han sustituido las luces incandescentes que generan calor por LED que ahorran hasta 90% de energía. Además, pueden durar de 25 a 50 mil horas, reduce reemplazos y residuos. Esto, a simple vista, puede significar un avance en la carrera por el bajo consumo; sin embargo, para la fabricación de este tipo de luces se emiten muchas toneladas de CO2 que se extraen de las llamadas tierras raras, lo cual, produce mucha contaminación y su minería ha sido determinada como uno de los aspectos más destructivos del planeta. ¿Bajo consumo de la energía a costa de la devastación de ecosistemas?

Exceso peligroso

Otro aspecto a considerar en el empleo de luces, sean LED o tradicionales, es la contaminación lumínica que se produce. Desde hace algunos años han circulado fotografías sobre el planeta que no solamente muestran cómo los verdes de selvas, bosques se han disminuido en los continentes, sino también que cada vez se ve más iluminado cada territorio.

Esto aumenta con la intensificación del alumbrado urbano y decorativo durante la temporada decembrina, lo cual crea consecuencias negativas como el riesgo para especies nocturnas. En Caracas, por ejemplo, así como que otras ciudades de Venezuela, era común ver pequeñas lucecitas que volaban y hacían formas que fascinaban, especialmente, a los niños. Provenían de los cocuyos, pequeños escarabajos bioluminiscentes, cuyos dos puntos luminosos verdosos o amarillentos en el tórax brillan en la noche.

Tanto los cocuyos como sus primas las luciérnagas dependen de la oscuridad natural y la emisión de señales de luz específicas (bioluminiscencia) para sus rituales de apareamiento. Es así como el exceso de luz artificial, enmascara e interfiere con estas señales biológicas e impiden que machos y hembras se encuentren, poniéndolos en peligro de extinción por la reducción de su reproducción. Esto también pasa con las mariposas, polillas, pues el llamado “velo de luz” desorienta a estos insectos, los atrae lejos de su hábitat natural, agotando su energía en vuelos sin rumbo.

Asimismo, el abuso lumínico afecta los llamados “ritmos circadianos”, patrones de comportamiento de todo ser vivo que afecta el funcionamiento biológico de algunas especies, en especial de aquellas como las aves migratorias que emplean las estrellas y los patrones de luz natural como brújula. Esta desorientación, a su vez, afecta otros procesos vitales del ecosistema como la polinización, pues muchas plantas dependen de insectos nocturnos, además del control de plaga natural.

“Los animales nocturnos tienen cada vez menos espacio para vivir, lo que afecta sus posibilidades de alimentarse y aparearse. Además, las especies que viven más durante el día se ven afectadas, ya que la noche y la oscuridad son necesarias para el ritmo circadiano y para tener un sistema inmunológico saludable”, alertó el ecólogo sueco, Johan Eklöf en una entrevista publicada en la revista Ethic, citada por el Ministerio del Poder Popular para la Ciencia y Tecnología.

Más luz, menos melatonina

En los seres humanos, promotor de esta contaminación, el exceso de luz también lo pone en jaque. En un trabajo publicado en la web, el astrónomo Enric Marco Soler, de la Universitat de València, enfatiza que la contaminación lumínica afecta la producción de melatonina, hormona clave para regular el ciclo sueño-vigilia y para la regulación del sistema inmunológico. Igualmente produce cronodisrupción vinculada al insomnio, la obesidad, la depresión y la diabetes.


Estudios de la Universidad Autónoma de México sustentan lo anterior al resaltar que la exposición nocturna a luces intensas y, en consecuencia, la supresión de esta sustancia de hasta más del 50-70%, altera el sistema nervioso autónomo y eleva los riesgos de hipertensión, trastornos metabólicos e incluso aumenta las probabilidades de desarrollar células cancerígenas, pues la melatonina actúa como antioxidante natural.​
Igualmente, investigaciones del Instituto Leibniz de Ecología de Agua Dulce y la Universidad de Toulouse revelan que la luz azul de las LED agrava esto al emular el espectro diurno, retrasando su secreción hasta 90 minutos y promoviendo inflamación crónica, según expertos en cronobiología.


Entonces ¿perdemos la magia?

No hay que ser tan extremos. En algunos países han empleado nuevas algunas estrategias para evitar contribuir con la contaminación lumínica y el gasto de energía.

La principal recomendación es actuar con conciencia. La iluminación navideña puede emplearse solo en los días importantes de diciembre o en horas específicas y que no se convierta en una costumbre de mantenerlas encendidas 24 horas, los siete días a las semana, todo el mes.

Algunos recomiendan que es mejor colocar las luces debajo de algún techo si se va a iluminar áreas u objetos de gran tamaño. Evitar los focos potentes que iluminen de abajo hacia arriba y en sustitución emplear guirnaldas de luces que distribuyen la energía de forma uniforme.

Hay ciudades que han adoptado otras medidas, como limitar el horario de encendido de las luces navideñas y el empleo de diseños creativos y direccionales que minimicen el desperdicio de luz.

La idea, querida lectora y querido lector, no es eliminar por completo las luces navideñas que tanto nos gusta y hacen de estas fechas una experiencia diferente. Lo importante es, aunque suene reiterativo, actuar con conciencia de nuestro impacto en el planeta y el daño que el no hacerlo podemos generar.

Mucho se alerta sobre el cambio climático; libros, series, películas muestran una aproximación postapocalíptica de lo que puede ocurrir, no obstante ¿realmente estamos preocupados y ocupados en tareas para evitar estas predicciones? La preocupación es que mientras por un lado se emiten discursos elocuentes y cargados de verdades sobre la necesidad de reducir la emisión de CO2, de cuidar el planeta, las mismas gestiones derrochan presupuesto en disfrazar las ciudades de grandes focos en Navidad ¿Coherencia?

Que nuestras acciones vayan en sintonía con el pensamiento de un futuro sostenible, de cuidado energético y que el disfrute de un ambiente festivo no encandile y ciegue la responsabilidad que cada ser humano tiene para resguardar el único hogar que tiene: el planeta Tierra.

T/Natchaieving Méndez