Natchaieving Méndez

Allá en la puerta del cielo

Todos están celebrando

Porque mi San Juan Bautista

Del sueño va despertando

Desde la noche del 23 de junio a la madrugada del 24, en los pueblos de Venezuela la tierra suena y se estremece como si tuviera pulso. No es un movimiento sísmico, es la vibración de los tambores que repican en honor a San Juan Bautista. Va más allá del ritmo y una celebración, es la alegría de la promesa cumplida, el sentimiento ancestral de libertad en este día, la danza al santo que “si tó lo tiene, tó te lo da”.

Esta manifestación cultural-religiosa ingresó a la lista representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, el 16 de diciembre de 2021. Su celebración que comienza el 1º de junio con el despertar de San Juan y tiene como fecha de mayor exaltación la noche de 23 para la madrugada del 24. Culmina el 15 de julio con el día de la Virgen del Carmen.

Esta fiesta tradicional, religiosa y cultural tiene su mayor expresión en la región costera central y aquellas zonas en las que, durante la época colonial, se concentró la mano de obra africana esclavizada en plantaciones de café, cacao y caña de azúcar. Ese legado histórico explica la profunda raíz de esta devoción en estados como Aragua, Carabobo, Miranda, La Guaira, así como en parte de Yaracuy y San Rafael de Orituco.

Durante la colonia, los hacendados europeos impusieron la práctica de rituales católicos entre los esclavizados (tanto indígenas como africanos) para someterlos y controlarlos desde la religiosidad. Bajo la premisa de obediencia a los postulados católicos, les permitían ciertas concesiones o libertades por el tiempo que duraba la celebración religiosa, condicionando la expresión espiritual de estos pueblos según los códigos religiosos promovidos por los colonizadores.

Fue así como los esclavizados, impedidos de expresar su deseo de libertad, su rabia por el maltrato; tras contener su necesidad de mantener la cultura de sus ancestros, hallaron en estas celebraciones una vía para compartir su identidad a través de la música, la danza y el ritual. A partir de allí, lo que otrora fue imposición religiosa se convirtió en una devoción profundamente arraigada, transmitida de una generación a otra como en el caso de Corpus Christi, San Pedro y San Antonio.

¿Niño o adulto?

Llama la atención que en las fiestas en honor al Bautista la imagen no es igual. Algunas veneran al San Juan niño y en otras al adulto. Aunque ambas son aceptadas para la población venezolana, en su proceso de ideologización colonial, la Iglesia Católica importó a los poblados nuestroamericanos mayor número de figuras de “Sanjuancito”.

Tal vez, también se debe a que San Juan y Jesús son los únicos personajes de la Biblia a quienes se le conmemora el nacimiento, así lo refirió en una entrevista el presidente de la Casa de la Diversidad Cultural, Benito Irady. Además, según las santas escrituras, son cercanos en edad y línea consanguínea, por no mencionar que fue el Bautista quien libró del pecado original al Mesías en el río Jordán.

En la actualidad, en Venezuela existen algo más de 150 confradías o hermandades dedicadas al culto de San Juan Bautista. Lo cierto es que, según Irady, “es indiferente que se celebre a San Juan niño o adulto”.

Un dato importante es que en la mayoría de las cofradías devotas a San Juan Bautista, la imagen del santo es resguardada por una familia que por generaciones heredaron el rol de ser custodios de la esfinge. Conocidos como “los dueños de santo”, son ellos quienes se encargan de vestirlo antes, durante y después del 24 de junio.

Las vestimentas de la imagen se San Juan suelen ser brillantes y llenas de color, y son donadas como muestra de gratitud por promesas cumplidas. Cada prenda, cuidadosamente elaborada con telas llamativas y detalles ornamentales, tiene como propósito realzar la figura del santo y honrar su presencia en la festividad.

Limpiar y fertilidad

Aunque la devoción a San Juan Bautista se manifiesta de formas diversas según la localidad, hay elementos que se repiten y tejen un hilo común. Uno de ellos es la creencia que, entre la medianoche del 23 y el 24 de junio, el agua y las plantas adquieren poderes especiales, una idea que dialoga con la cosmovisión de los pueblos originarios y africanos sobre la fuerza vital de la naturaleza.

Es así como la unión de las referencias bíblicas sobre la relación de San Juan con el agua y los atributos vivo y mágico que los indígenas y los esclavizados africanos daban a este elemento natural, confluyeron en la costumbre de muchos creyentes de bañarse desde una intención espiritual en ríos, pozos o playas. Esto es tanto para purificar al santo como para limpiarse “todo lo malo”. Además, el uso de hierbas para fines curativos no puede faltar.

También persiste la creencia de que este día es propicio para la fertilidad y los rituales amorosos. En muchas localidades es común que a la medianoche del 23 se realicen prácticas simbólicas como colocar dentro de un recipiente con agua dos agujas, cada una con el nombre de los enamorados. Si al amanecer las agujas se acercan, se interpreta como buen augurio para la relación; si permanecen separadas, podría ser señal de distanciamiento.

Otro ritual frecuente consiste en colocar una yema de huevo en un vaso de cristal con agua, cubrirlo y dejarlo oculto hasta el mediodía del 24, momento en el que se interpreta la figura formada como presagio del destino personal.

Asimismo, hay quienes cortan su cabello antes de las 12 del mediodía del 24 de junio, idealmente por manos de una mujer embarazada y primeriza. Se cree que, al igual que sucede con la poda de plantas, este acto favorece un crecimiento más abundante y lleno de belleza.

¿Herencia ritual?

Como en todas las manifestaciones culturales religiosas, en las que el sincretismo define sus características principales, la celebración a San Juan Bautista en Venezuela es el resultado de una sucesión de creencias que parten desde la honra a la naturaleza hasta uno de los personajes más importantes de la fe católica.

Esta celebración es cercana al solsticio de junio que ocurre entre el 20 y el 21. Entre estos días en el hemisferio norte comienza el verano astronómico, con el día más largo del año; mientras que en el sur, se vive la noche más extensa, el solsticio de invierno. Aunque el 24 no coincide exactamente con ese fenómeno astronómico, muchas culturas lo celebran como una extensión simbólica: una fecha en la que el sol, el fuego y la esperanza parecen alcanzar su punto más alto.

Es así como en estos días cercanos, en Europa las antiguas celebraciones exaltaban la luz y la fertilidad. Los celtas conmemoraban Litha encendiendo hogueras; en Escandinavia, el Midsommar florecía entre coronas y danzas. En Roma, el festival de Vesta pedía bendiciones para el hogar, y las culturas mayas y egipcias alineaban templos y estrellas para honrar el ciclo solar. En el sur del mundo, el Inti Raymi, el We Tripantu y el Willka Kuti saludaban el regreso del sol con rituales de renovación espiritual y agrícola.

De allí que cuando se observan las características de San Juan Bautista, estas raíces de alguna forma saltan a la vista. Aunque este patrimonio es de origen cristiano, su carga simbólica está profundamente conectada con el legado pagano africano e indígena. El fuego que antes se elevaba en antorchas, ahora retumba en los tambores; el agua ritual regresa en baños sagrados; la ofrenda del cuerpo danzante evoca memorias de resistencia y alegría ancestral.

De lo ritual a lo pagano

Otro rasgo distintivo de esta celebración son los cantos de sirena: coplas melancólicas que, como lamentos, se interpretan e improvisan frente a la imagen del santo. En muchas ocasiones se encadenan en forma de contrapunteo, en el que cada cantador toma la última frase entonada por su antecesor para construir una nueva composición.

Las letras pueden ser plegarias dirigidas a San Juan o desafíos creativos lanzados a otros cantadores, en un juego oral que requiere ingenio y sensibilidad. Lo que otorga fuerza a estas sirenas no es solo la palabra, sino el sentimiento con que se cantan: es la emoción, profunda y sincera, la que da cuerpo a la voz y conmueve a quienes la escuchan.

El ritmo del tambor, que es distinto en cada región, es el alma sonora de estas fiestas. A su compás, los cuerpos se expresan en danzas intensas, marcadas por el vaivén de caderas y la cercanía entre parejas, otorgándole a la celebración un matiz profundamente sensual.

El sangueo es infaltable. Este ritmo profundo y ceremonial acompaña cada traslado de la imagen de San Juan Bautista, ya sea desde su casa de resguardo hasta la iglesia, o durante su recorrido en procesión por las calles del pueblo.

El baile lo lideran las “mariposas”: mujeres que ondean banderas de colores y abren el paso con gracia y firmeza. Detrás de ellas avanza el “burro”, nombre que recibe quien carga la imagen del santo, un rol que, de acuerdo a la norma de la tradición en algunas poblaciones costeras debe ser asumido solo por un hombre. La explicación de muchos de los creyentes o sanjuaneros es que, según las Santas Escrituras, San Juan fue decapitado por pedido de una mujer, Salomé, y por eso no puede ser llevado en hombros por una fémina.

Como muchas festividades religiosas, la celebración a San Juan Bautista combina el rito y la alegría popular. Incluye una misa solemne, rezos y rosarios en honor al santo. Luego se realiza lo que los mismos promeseros llaman “parte pagana” de la manifestación en la que el pueblo se entrega al jolgorio compartido: comidas, bebidas, cantos y bailes que encienden la noche y la madrugada.

El Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad “Ciclo festivo alrededor de la devoción y culto a San Juan Bautista” no es solo el retumbar del tambor, el baile sensual o el canto, significa memoria viva, herencia que resiste y se transforma.

En cada canto, baño ritual o danza entregada, San Juan renace como símbolo de libertad, identidad y conexión con lo sagrado. Mientras la tierra late al ritmo del pueblo, el 24 de junio se consagra como un día en que historia, fe y alegría se funden en una misma promesa: la de no olvidar de dónde venimos ni a qué corazón le bailamos.