Durante años se asumió que el cerebro llegaba a su forma adulta en torno a los 20 y tantos. Sin embargo, una investigación reciente publicada en Nature Communications demuestra que esa idea se queda corta. El seguimiento de miles de cerebros, desde recién nacidos hasta personas de 90 años, muestra que la estructura profunda de nuestras conexiones cambia siguiendo un patrón irregular, con cuatro grandes giros que reorganizan la forma en que el cerebro está conectado.

En los primeros años de vida, el cerebro crece con una intensidad que no volverá a repetirse. Millones de conexiones nuevas aparecen y desaparecen mientras las redes van ganando forma. En esta etapa, el estudio detecta que la organización global del cerebro se vuelve menos eficiente, pero lo que define esta fase es cómo las conexiones cercanas se fortalecen entre sí. Esto facilita que regiones vecinas actúen de manera coordinada mientras se consolidan las habilidades básicas.

El primer gran giro aparece precisamente alrededor de los 9 años. A partir de ese momento, la dirección del desarrollo cambia y muchas métricas que venían disminuyendo comienzan a aumentar.

De los 9 a los 32 años, el cerebro entra en un periodo de refinamiento progresivo. Las redes se vuelven más eficientes, los caminos internos para transmitir información se acortan y distintas zonas trabajan con mayor coordinación. En esta etapa, el estudio señala que la comunicación global y local del cerebro mejora año tras año, lo que coincide con avances en funciones cognitivas cada vez más complejas.

El segundo gran giro ocurre a los 32 años. A partir de aquí, tendencias que venían en aumento cambian de signo: la eficiencia global empieza a descender y la especialización de ciertas regiones comienza a aumentar.

Entre los 32 y los 66 años predomina la estabilidad. El cerebro ya no avanza a la velocidad de etapas previas, pero sí mantiene cambios graduales que afectan su funcionamiento. La investigación muestra que, aunque la eficiencia global disminuye lentamente, las conexiones entre regiones vecinas se vuelven cada vez más consistentes, lo que sugiere una reorganización silenciosa pero constante.

El tercer punto de giro llega a los 66 años. No implica un cambio tan abrupto en la dirección de las curvas, pero sí una modificación clara en la combinación de factores que explican la edad cerebral. Desde esta etapa, la tendencia general se orienta hacia una organización más fragmentada, lo que prepara el terreno para los cambios asociados al envejecimiento.

Después de los 83 años, el estudio encuentra una fase final caracterizada por una dependencia creciente de circuitos locales. Muchas métricas que antes tenían una relación clara con la edad dejan de mostrar cambios significativos, salvo una: la centralidad local. En esta etapa, regiones concretas empiezan a sostener una mayor parte del esfuerzo cognitivo, mientras la conectividad global sigue reduciéndose.

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