Ilustración Daniela Mariño

Tal como vimos en la primera entrega, la propuesta del Congreso Anfictiónico de Panamá era, en esencia, la permanencia de un legado mirandino y el diseño intelectual de un hombre que adelantado para su época, planteaba convertir al istmo de Panamá en el epicentro de un nuevo orden mundial. Un frente continental concebido desde la coincidencia de sus pasados, lo suficientemente blindado para contrarrestar las pretensiones de las viejas y las nacientes potencias extranjeras.

No obstante, el destino guardaba para América un vertiginoso y complejo escenario donde el sueño de la unidad bolivariana cruzaría su línea de fuego. Para entender este escenario es necesario revisar los hechos previos que impidieron que en aquel momento se cristalizara el meta de la unidad nuestroamericana.

Entre 1819 y 1824 se desarrolla lo que el historiador Alexander Torres Iriarte define como el “quinquenio victorioso bolivariano”: cinco años vertiginosos en los que el proyecto republicano pasa de estar «en la mula y en los bergantines», refugiado en las costas y en los ríos, a consolidar una musculatura institucional y militar sin precedentes. Se proclama la Gran Colombia en Angostura, se libera la Nueva Granada en Boyacá, se sella la independencia de Venezuela en Carabobo y se desciende hacia el sur para liberar Quito y el Perú, culminando en la llanura de Ayacucho.

Con el continente libre del yugo español el problema de América Latina dejó de ser la independencia para convertirse en la unidad, refiere el docente, quien recalca además que las condiciones geopolíticas globales habían cambiado drásticamente. En Europa, la Santa Alianza buscaba restaurar el absolutismo en cada rincón del planeta; en Londres, los mercaderes británicos afilaban los dientes para acaparar los nuevos mercados, y en Washington, la Doctrina Monroe de 1823 lanzaba un aviso temprano de las ambiciones hegemónicas del norte.

Torres Iriarte destaca que en este escenario Simón Bolívar vio venir la tormenta con total claridad; por ello, la convocatoria enviada a los gobiernos americanos el 7 de diciembre de 1824 buscaba cerrar filas antes de que los nuevos imperios movieran sus piezas. Era necesario establecer una asamblea de plenipotenciarios reunida bajo los auspicios de las recientes victorias militares para crear un cuerpo político común. Sin embargo, el camino hacia el istmo estaría sembrado de intrigas, sabotajes y viejos vicios coloniales que terminaron por mellar el ímpetu integracionista, comenta.

Los intrusos en la mesa de deliberación
El Congreso Anfictiónico de Panamá finalmente se instaló en junio de 1826 con una mesa que ya estaba minada. El historiador explica que, pese a los deseos de Bolívar de mantener el cónclave como un espacio estrictamente hispanoamericano, las presiones internas y externas abrieron la puerta a observadores que no compartían el espíritu de la alianza. La presencia del lobby británico y de los delegados estadounidenses funcionó como un bálsamo de agua fría sobre los ardores unionistas.

Los intrusos en la mesa de deliberación

Las intrigas coloniales jugaron entonces un papel devastador, especialmente en uno de los puntos más sensibles de la agenda del congreso: la independencia de Cuba y Puerto Rico, que aún permanecían bajo bandera española. Mientras los movimientos clandestinos alentados por los patriotas apostaban por la emancipación de las islas caribeñas, los enviados de Estados Unidos llegaron con instrucciones precisas de torpedear cualquier iniciativa de liberación.

“(…) La teoría de Thomas Jefferson, con las claras instrucciones que les dio a los representantes estadounidense en el Congreso, a Richard Anderson y a John Sergeant, que aprovecharan, sabotearan cualquier idea de la liberación de Cuba y de Puerto Rico, apelando a aquella idea de que, debido a su posición geográfica, a su población, etc, era parte natural de los Estados Unidos y que no había que apoyar la liberación de Cuba, sino bajo aquella idea de la ´fruta madura´, que ya en abril de 1823, antes de la Doctrina Monroe, ya las autoridades de Estados Unidos habían esgrimido esa famosa tesis (…) Que en pocas palabras aseguraba que tanto Cuba como Puerto Rico eran ´apéndices naturales del continente norteamericano´ y que, por ende, más temprano que tarde, por leyes de gravitación políticas, así decían ellos, debían caer en manos de los Estados Unidos”, explicó el historiador.

Es así como el complot diplomático frenó una de las misiones más nobles del congreso y demostró que los observadores internacionales no iban al istmo a construir un mundo de iguales, sino a resguardar sus propias agendas imperiales.

Las grietas domésticas y las fronteras de papel
Pero los enemigos no solo venían de fuera, los peores habitaban dentro de las fronteras de las nuevas repúblicas. El choque de visiones entre Simón Bolívar y su vicepresidente en Colombia, Francisco de Paula Santander, era notable y generaba la tensión de todo un continente.

Torres Iriarte explica que mientras el Libertador gastaba la vida en los campos de batalla del sur con una mirada de largo aliento universal, Santander, el nombrado «hombre de las leyes», administraba la cotidianidad del poder apostando por un enfoque fragmentario, localista y celoso de las autonomías nacionales.

A este divorcio ideológico se sumaron las mezquindades limítrofes de las nuevas naciones. Las disputas entre Perú y Colombia por la provincia de Guayaquil, o las tensiones entre México y Centroamérica por la región del Soconusco, hicieron fracasar el pacto de respetar las viejas fronteras coloniales, un mecanismo pensado precisamente para evitar guerras entre las nuevas naciones. Es por ello que, refiere el ensayista, los egoísmos comerciales y la incapacidad de establecer aranceles preferenciales comunes terminaron por fragmentar el bloque americano antes de que naciera.

Sumado a la incapacidad de los hombres, Torres Iriarte menciona que la propia naturaleza de Panamá tampoco contribuyó al éxito del encuentro. Explica que el Istmo, con su selva densa y sus lluvias implacables, carecía de las condiciones ambientales básicas para albergar un congreso de esa magnitud en el siglo XIX.

El paludismo y la fiebre amarilla diezmaron a las delegaciones; varios representantes enfermaron y el encuentro se vio obligado a clausurar sus sesiones en este punto céntrico, con la vaga promesa de continuarlas en la localidad mexicana de Tacubaya, un traslado que selló el acta de defunción práctica del cónclave.

Confesión amarga y legado vivo
Torres Iriarte destaca la honestidad desgarradora con la cual Bolívar confiesa en sus cartas que este encuentro había sido una audacia estéril. El Libertador empleó calificativos demoledores como “fanfarronada” o “espectáculo teatral” y lo comparó con el peso real del Congreso de Viena europeo, donde las oligarquías locales, mezquinas y temerosas de perder sus pequeños feudos de poder, habían ganado la primera ronda de la historia.

Confesión amarga y legado vivo

Sin embargo, refiere el profesor, reducir el Congreso de Panamá a un fracaso logístico es cometer una profunda injusticia histórica. Refiere que la verdadera importancia del encuentro trasciende la frustración de Bolívar del momento y se instala en la dimensión del hecho movilizador y del derecho internacional. El solo reunir a naciones recién creadas tras tres siglos de oscuridad colonial para hablar de paz, arbitraje y defensa común representó el acta de nacimiento de la diplomacia continental moderna, enfatiza.
“(…) Independientemente de la no concreción del objetivo del Congreso Anfictiónico de Panamá a primera vista, malogrado este este impulso tan importante, se queda en evidencia la mirada geopolítica del Libertador, fundamento de su legado y de su indiscutible vigencia.

Yo creo que la sola aceptación del esfuerzo unionista, luego de tres centurias de colonialismo español, es máxima expresión de la voluntad soberana y es el origen, en gran medida, del derecho internacional y de nuestra diplomacia de paz”, recalca.

Para el historiador este fracaso aparente se transformó en semilla. Panamá dejó de ser solo una sesión de discursos frustrados para convertirse en el acumulado histórico, el sustrato ético y político de cada intento posterior de convivencia solidaria que ha ensayado nuestra región en los dos siglos venideros.

Antídoto histórico para el siglo XIX
Hoy, a las puertas del bicentenario de aquellas jornadas de Panamá, la advertencia de Torres Iriarte resuena en medio de un orden global fragmentado y amenazante. Para el historiador es vital rescatar la raíz profundamente hispanoamericana de la propuesta bolivariana para diferenciarla radicalmente del panamericanismo distorsionado que Washington impuso décadas más tarde para consolidar su hegemonía en la región. “Lo de Bolívar era un proyecto para romper cadenas, no para cambiarlas por unas más sofisticadas”, subraya.

Rescata que cuando vemos los esfuerzos modernos de integración como la Celac, la ALBA o Unasur, no hacemos otra cosa que buscar agua en la misma vieja fuente que excavó el Libertador. La utopía de construir el “equilibrio del universo” a través de un bloque de naciones soberanas no es un ejercicio de nostalgia poética, refiere, sino una necesidad imperiosa de supervivencia.

Tal como lo menciona Torres Iriarte, juzgar este episodio solo por su desenlace logístico sería ignorar la inmensa carga filosófica, política e histórica de un modelo que no nació de un capricho, sino de una profunda analogía con la Grecia clásica y la necesidad de fundar un derecho internacional propio.

Pero ante este panorama que traía más beneficios que desmanes, ¿por qué el fin de la guerra cegó a los nuevos líderes ante el peligro invisible que aún acechaba sus fronteras? Las respuestas a estas preguntas configuran las raíces de una tarea continental que, dos siglos después, sigue siendo un proyecto pendiente, tal como analizaremos detalladamente en nuestra tercera entrega.

T|Natchaieving Méndez