Desde la pandemia, lo que concebimos como realidad definitivamente, cambió. El Covid 19 no solo vino a dejar una huella dolorosa por la partida de muchas personas queridas, también significó un punto de inflexión en el que todo cambió de forma permanente.

Parte de ese “todo” es la educación. La pizarra, la tiza o el marcador y los ambientes escolares se trasformaron en presentaciones digitales, computadoras o dispositivos móviles. El internet se convirtió en el puente para que este proceso no terminara con el aislamiento, pues si bien ya venía permeándose en las formas de aprendizaje, en este período se volvió indispensable.

El cerebro cambió, la percepción de cómo aprendemos igualmente dio un giro 180 grados y hoy, Día del Aprendizaje Digital, la sociedad se confronta con una interrogante incómoda: ¿quién está realmente aprendiendo en un mundo que confunde conexión con conocimiento?

Mientras algunas instituciones celebran con hashtags, webinars y maratones de “innovación educativa”, miles de estudiantes entran a clase con el mismo gesto con el que abren una red social: deslizar, consumir, pasar a lo siguiente. ¿Realmente se está incentivando a un aprendizaje digital o simplemente se pasó lo tradicional a una pantalla?

Entre el dicho y el hecho

Desde 2012, distintas organizaciones educativas han impulsado días dedicados a mostrar buenas prácticas con tecnologías en el aula y en espacios no formales, hasta desembocar en una conmemoración que tiene alcance global.

Organismos multilaterales hablan explícitamente del “Día Internacional del Aprendizaje Digital” para reflexionar sobre el futuro de la educación pública en entornos digitales. Esta institucionalización responde tanto al avance de la conectividad como a la urgencia de garantizar que nadie quede atrás en la transición hacia modelos educativos mediados por tecnologías.

El aprendizaje digital ofrece una amplia posibilidad de estrategias que se ajustan a la nueva forma de funcionamiento del cerebro humano. Lamentablemente, en esta época en el que las pantallas se han convertido en la ventana que acapara más del 60% de la atención, las clases largas y tediosas representan en la actualidad la muerte segura del aprendizaje significativo que, como postuló el psicólogo y pedagogo estadounidense, es aquel que queda en la memoria y no se olvida.

No obstante, pareciera que muchos de los docentes se resisten a revisar y transformar sus estrategias, y resaltar la capacidad que posee el aprendizaje digital para personalizar la enseñanza, ofrecer recursos abiertos y expandir oportunidades de formación a lo largo de la vida. Obvian entonces, la posibilidad que ofrece los proyectos que integran aulas inteligentes, microcertificaciones y cursos en línea masivos que muestran cómo es posible apoyar a docentes y estudiantes con herramientas que amplían el acceso y la flexibilidad.

Así, reflexionar sobre el aprendizaje digital expone una fractura más profunda: la brecha entre quienes usan la tecnología para ampliar su mundo y quienes apenas pueden usarla para seguir cumpliendo tareas asignadas por un sistema que todavía piensa en términos de aula del siglo XIX.

Ahora bien, hay que ser francas y francos en que mucha de la resistencia a cambiar las estrategias para facilitar el aprendizaje no solamente tiene su raíz en la imposibilidad del educador de cambiar sus paradigmas de enseñanza, también tiene que ver con la desigualdad existente en el acceso a la conectividad, dispositivos y competencias digitales que limita de manera directa quién puede beneficiarse realmente de la enseñanza en línea. Esta realidad, en muchos países, reproduce las desigualdades educativas existentes.

Un estudiante que comparte un dispositivo con tres hermanos, un docente que se forma a medianoche porque el horario laboral no contempla la curva de aprendizaje tecnológica, la de la escuela pública que intenta ser “inteligente” porque no tiene garantizado ni siquiera el servicio eléctrico, son parte de los factores que sostienen esta brecha entre el salto a la una enseñanza digital de calidad.

¿Cuál es el reto?

Sabemos las dificultades que limitan el auge de una verdadera educación digital, especialmente, en los espacios en los que se imparte enseñanza pública. No obstante, cada día la digitalización de trámites, el celular en casa, el uso en general de la tecnología lleva a repensar en una educación en un mundo atravesado por plataformas, algoritmos e inteligencia artificial.

No se trata solo de incorporar dispositivos en las aulas, sino de repensar currículos, prácticas docentes y modelos de evaluación para que la tecnología fortalezca, y no sustituya, la misión social de la educación.

Organismos como Unesco insisten en que las políticas de digitalización deben ir acompañadas de formación docente, marcos éticos y estrategias de inclusión que consideren contextos locales. Esto supone invertir no solo en infraestructura, sino en capacidades humanas: saber seleccionar recursos, diseñar experiencias significativas y acompañar procesos de aprendizaje en entornos híbridos.

Por supuesto, todo esto no significa digitalizar todo el proceso de enseñanza-aprendizaje: la dimensión humana sigue siendo insustituible. Si existe algo que la postpandemia dejó como principio es que las experiencias compartidas por educadores y entre estudiantes son vitales para la formación. La inspiración, el acompañamiento emocional y la construcción de sentido colectivo no pueden delegarse en algoritmos.

Lo que se plantea es entender las tecnologías como mediaciones que pueden ampliar la capacidad de docentes y estudiantes para explorar, crear y colaborar. Allí donde se integra la tecnología con un proyecto pedagógico claro, se observa mayor participación, más retroalimentación y aprendizajes más profundos.

En resumidas, el verdadero salto hacia el aprendizaje digital no se mide en gigabytes de velocidad ni en la cantidad de dispositivos repartidos, sino en la capacidad de transformar la conexión en comprensión.

La tecnología debe ser el puente, pero el propósito sigue siendo profundamente humano: formar mentes críticas capaces de navegar el algoritmo sin naufragar en él. Al final del día, una pantalla encendida solo tiene sentido si logra encender, también, la chispa de un aprendizaje que trascienda el simple clic.

T|Natchaieving Méndez