
Natchaieving Méndez
Comala y Ayotzinapa, dos poblaciones de México que quedan a más de mil kilómetros de distancia. Sin embargo, en esta conversa escrita no voy a referirme a la población que se ubica al oeste del territorio mexicano; de la que le hablaré es de la descrita por Juan Rulfo en su obra Pedro Páramo (1955), la misma que al mencionarla se invoca la nostalgia, la desolación, la tristeza y la presencia de los ecos de dolor y memoria.
El pasado 26 de septiembre se cumplió una década de la desaparición de 43 muchachos. Luces que posteriormente serían la antorcha necesaria para librar a centenares de niños y niñas de las penumbras creadas por las miserias humanas, las mismas que ocasionaron su desaparición y que tal como el relato de Rulfo, provocaron que decenas de familias humildes ahora deambulen como fantasmas, con el grito de justicia a cuesta, por las calles del gigante centroamericano.
Historia cíclica
No es difícil imaginarles aquel 26 de septiembre de 2014. No todo ser humano decide ser maestro y más en poblaciones tan humildes como en las que crecieron estos estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos. La algarabía propia de los jóvenes que apenas comienzan los veintitantos años: risas, chistes, valentía y el arrojo que obvia cualquier tipo de peligro.
La motivación de seguir la lucha de sus antecesores en la plaza de Tlatelolc de 1968, los impulsó a “tomar”, como ya era costumbre, tres autobuses que los llevaría a la capital mexicana. Querían unir y alzar sus voces para recordar a las cerca de 300 personas, en su mayoría estudiantes, que 46 años antes protestaban por los abusos de poder y la violencia que reinaba en su país. Deseaban que no se olvidará a sus pares que más de cuatro décadas atrás fueron masacrados, torturados y desaparecidos por fuerzas militares del Estado.
Los normalistas no lograron llegar a la plaza de Tlatelolco, les faltó recorrer 190 kilómetros de carretera desde Iguala, municipio Guerrero, hasta el epicentro donde recordarían a esta centena de compañeros de lucha caídos. No llegaron al destino previsto pues fuerzas que, supuestamente resguardarían su seguridad, les adelantaron el destino de vida y los sumaron a la lista del vacío histórico que magistralmente Rulfo describe en su obra literaria.
Voces que no callan
En diez años mucha agua ha corrido. ¿Qué dirían los 43 normalistas de Ayotzinapa si pudiesen hablar desde Comala? Han pasado 10 años desde la desaparición forzada y la consigna “vivos se los llevaron, vivos los queremos” aun sigue rebotando fuerte en las paredes no solo de México, sino del mundo. Dos mandatos presidenciales culminados, investigaciones contrariadas, personas privadas de libertad y otros tantos impunemente libres son parte del relato de esta historia que pareciera ser escrita por el propio Pedro Páramo.
Rulfo, expuso en 132 páginas la realidad de muchos pueblos rurales mexicanos, y tal vez me atrevería a incluir a algunos latinoamericanos. Corrupción, violencia, injusticia, desolación, abandono, muerte, son parte de esta lucha interna de habitantes de Comala, quienes se debaten en confrontar con sus fantasmas sus propios pecados.
Recordar entonces a Ayotzinapa y lo ocurrido en Iguala es cargar una mochila de impotencia ante un caso que no ha sido resuelto, por el que decenas de almas que habitan en los cuerpos desgastados de los familiares de los estudiantes, penan en vida ante la ausencia de justicia y explicaciones.
Juan Preciado convertido en miles
En la novela de Rulfo, impulsado por su madre el personaje principal, Juan Preciado, emprende una aventura llena de obstáculos en búsqueda de una verdad que lo llevará a conocer lo más turbio y obscuro de un mundo en el que los fantasmas son quienes saben los secretos. Desde el 27 de septiembre de 2014, madres, padres, tíos, hermanos, familiares en general de los 43 normalistas se han convertido en este personaje de ficción.
Fiscales, investigadores argentinos, amenazas, retrasos procesales, un sinfín de obstáculos y encubrimientos han tenido que surfear estas humildes personas, a quienes incluso han acusado de valerse del dolor para obtener ganancias monetarias. Basta con solo verles, aunque sea a través de los relatos de los periodistas, para constatar semejante falsedad.
En diez años solo tres trozos de huesos es lo que se ha conseguido de los normalistas de Ayotzinapa. Las investigaciones comenzaron con Tomás Zerón, director de la Agencia de Investigación Criminal bajo la administración de Enrique Peña Nieto. En este primer parte, la versión oficial determinó que los policías de Iguala y Cocula entregaron a los estudiantes al grupo criminal Guerreros Unidos, quienes supuestamente los asesinaron e incineraron en un basurero.
Esta versión conocida como “la verdad histórica”, fue cuestionada por los padres y forenses por su falta de fundamentos científicos. El hallazgo de un fragmento óseo de Christian Rodríguez en “la barranca de la Carnicería” evidenció la manipulación de los hechos por parte de la Fiscalía.
La incertidumbre ante la no claridad de ocurrido en Iguala continuó, y desde su llegada, el gobierno de López Obrador reactivó las investigaciones que, si bien tuvo algunos avances y detenciones, tampoco lograron dar con la verdad. La posible vinculación con integrantes del Ejército y el respaldo del ahora expresidente mexicano, fracturó la relación con los familiares quienes ahora piden a la presidenta Claudia Sheinbaum, cumplir con el compromiso de hacer justicia.
Tanto en Pedro Páramo como en el caso de los normalistas de Ayotzinapa la incertidumbre y la impotencia que solo la violencia puede generar, dejaron una herida profunda en una sociedad que aun se resiste a la conformidad de la muerte y ve la esperanza en 43 pupitres vacíos.
Las preguntas levitan como las almas en pena. ¿Realmente fue una confusión entre organizaciones criminales del lugar? ¿La incomodidad de la presencia de quienes a futuro liberarían las consciencias de las poblaciones sometidas por la ignorancia fue el motivo de estas desapariciones? ¿Ocultar la corrupción evidente pero que convenientemente se calla y que con estos 43 muchachos ahora sería inocultables? ¿Murieron o están vivos?En la penumbra de Comala, donde las almas vagan entre susurros y recuerdos, las voces de los 43 normalistas de Ayotzinapa se alzan con un eco de justicia y verdad. Desde este lugar de sombras, sus palabras resuenan con fuerza y gritan ¡sigan adelante!

