Natchaieving Méndez

Cierra octubre y con él una vez más queda un debate que lleva algo más de cinco siglos. Cada 12 del décimo mes del año se recuerda, desde diversas perspectivas, uno de los momentos más disruptivos en la historia de la humanidad: la llegada de los europeos a tierras de un continente bautizado por ellos como América y reconocido por sus habitantes originarios como Abya Yala.

En esta tierra desconocida por los exploradores europeos, habitaba gran número de comunidades diferentes en cuanto a culturas, formas de vida, avances tecnológicos. Civilizaciones que tenían un proceso de evolución que fue severamente interrumpido por quienes tenían otras formas de vida y se percibieron superiores a quienes se encontraban.

A partir de 1492, España, Inglaterra, Portugal, Francia y países bajos decidieron expandir sus dominios en el continente desconocido por ellos. No solo despojaron a los nativos recursos minerales de gran valor, además sometieron y exterminaron -en algunos casos a la fuerza y en otros con sus enfermedades- poblaciones originarias y con ello erradicaron culturas y sociedades enteras.

Tristemente, aun existen vestigios de la soberbia de la época que enaltece el proceso de invasión ocurrido en América a finales del siglo XV. Este año, la llamada Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) realizó una campaña a principios de octubre en que “rindieron homenaje” a sus “descubridores”. De acuerdo con lo declarado al medio El País, desde su perspectiva estos “héroes” y “santos”, “a riesgo de perder su vida, se embarcaron en la aventura de llegar al Nuevo Mundo con un objetivo principal: extender el cristianismo”. Sin comentarios.

Ciertamente, no puede desconocerse la intención de muchos misioneros que llegaron al desconocido continente a traer la “Buena Nueva”. Tal como lo refiere el historiador Carlos García, justamente fueron religiosos como Fray Bartolomé de las Casas y Fray Francisco quienes denunciaron muchos de los desmanes originados por sus coterráneos contra los grupos indígenas durante el proceso de colonización. No obstante, refiere, al pretender utilizar la religión como excusa para justificar esta barbarie, tal como el grupo propagandístico ACdP, la perspectiva cambia.

“Tal como en el conflicto Palestina-Israel, no nos engañemos, los objetivos son comerciales, solo que la excusa es la religión y el idioma como imposición cultural; y es tal la imposición que hay ejemplos muy claros como las iglesias católicas que se construyeron justamente encima de templos indígenas como la Pirámide de Cholula en México y el Coricancha en Cuzco, ¿esto no prueba la imposición cultural como forma de dominación?”, destaca.

Ciertamente, tal como menciona el video, los colonizadores instauraron espacios educativos, pero no para formar al indígena, de hecho, la entrada a estos espacios les era negada. Estos centros eran para que los criollos de origen español se formaran en la cultura dominante y la replicaran, refiere García.

Interrupción de un proceso natural

Toda sociedad en el mundo ha pasado por un proceso traumático de conformación. Invasiones, muertes, guerras son parte de los puntos medulares que se originan en el encuentro de civilizaciones distintas. El continente Abya Yala no escapaba de este tránsito de estructuración y reestructuración social antes de la aparición de Colón en su historia.

El historiador, Antonio De Abreu Xavier, comenta que las sociedades precolombinas que habitaba la masa continental entre los océanos Atlántico y Pacífico poseían particularidades culturales, muchas veces antagónicas y conflictivas como las que se fraguaron en la península Ibérica. “Vivían su propia dinámica histórica que incluía desplazamientos humanos en sentidos geográficos y generaba efectos diversos”, refiere.

De acuerdo con el especialista, el proceso civilizatorio del continente explorado por los europeos a partir de 1492, ha sido estudiado a través de los contados “vestigios y a veces inconexos patrimonios geográficamente identificados”. Una historia que fue interpretada por quienes provenían de siglos de procesos sociales conflictivos y que vivieron “imposiciones dramáticas de sucesiones de autoritarismos, de exaltación de diferencias étnicas, de sus rasgos, sus usos y sus costumbres, entre éstas las creencias paganas, institucionalizadas o no”.

“Estos intérpretes de su «Nuevo Mundo», cronistas más de conquista y menos de comunión, disponían de una consciencia histórica «erudita» para comprender su propia dinámica civilizatoria de siglos de vida pagana, musulmana, judío-cristiana; pero fue una consciencia no capacitada lo suficiente para entender la ocurrencia del mismo proceso en sociedades distantes, allende los mares”, subraya De Abreu Xavier.

Es así como los “exploradores” del Abya Yala se encontraron con un panorama que no entendieron y que con su llegada interrumpieron y reiniciaron de forma forzosa una etapa de recomposición social, enfatiza el historiador.

Desde la visión de Abreu Xavier, a estas alturas, negar los procesos traumáticos o benévolos del encuentro civilizatorio continental, es entrar en el revisionismo histórico, en la negación de su propia historia oficial en la que existen muertes por invasiones, guerras intraeuropeas, renacimiento social, recomposición política que definen lo que hoy son los países europeos: “un continente políticamente unido por una creación abstracta pero socialmente diferenciado por el clivaje entre sus mayorías y minorías, y entre ellos y sus inmigrantes”.

Para el historiador Carlos García desde su visión el conflicto de los habitantes de América parte del problema de asumir su identidad mestiza. “Tenemos herencia cultural de todos, no hay comunidad en el mundo que sea autóctona y original, todos tenemos un agregado cultural, el problema es como lo asumimos, sobre todo cuando esta nace de un conflicto como lo fue el proceso de conquista y colonización con una sociedad española controladora, sobre una población indígena y negra que era menospreciada”, recalca.

El debate pendiente y vigente

Incomprensión del “Nuevo Mundo”, erradicación de una cultura a través de la “buena fe”, aprovechamiento de recursos que no estaban siendo utilizados, pónganle todos los calificativos indulgentes, la invasión al bautizado continente americano dejó profundas heridas en las economías y sociedades por parte de las potencias colonizadoras, que trajo además obligaciones financieras impuestas para los países afectados.

De allí que las llamadas reparaciones se han posicionado en la mesa del debate, pues para muchos países colonizados las naciones ricas, que a menudo se benefician de su pasado colonial, deben asumir la responsabilidad de sus actos. Entiéndase por deudas coloniales las obligaciones financieras consecuencia de la expropiación de los recursos naturales, el sometimiento y hasta erradicación de civilizaciones originarias.

Lo insólito es que, en algunos casos, después de su independencia, algunas naciones colonizadas por los europeos heredaron las deudas contraídas por los gobiernos invasores. Un ejemplo destacable es Haití, siendo la primera nación independiente de América Latina, en 1825 fue obligada a “compensar” a su potencia invasora Francia por la pérdida de sus «propiedades», que incluían esclavos. No solo esta deuda resulta impagable para esta nación que es una de las más pobres de América, representa uno de los mayores descaros de la historia universal.

Ocurre así en los países del Reino Unido, que pese ha haberse disuelto el imperio británico hace más de 70 años, aun permanece una monarquía que se niega a pedir disculpas e indemnizar a los grupos étnicos prácticamente reducidos hasta casi su exterminio. Países como México y Venezuela también han expresado la necesidad del reconocimiento y las posibles reparaciones de la explotación y genocidio ocurrido en estas tierras, con la respuesta soberbia del silencio ante tales peticiones.

Es así como finaliza octubre sin el diálogo sincero sobre las reparaciones de lo ocurrido hace 532 años en estas tierras, un encuentro que abriría el camino hacia la reconciliación y la justicia de un proceso severamente interrumpido. ¿Será imposible para las grandes potencias entender que el reconocimiento de los errores del pasado es un paso fundamental hacia un futuro más equitativo?