
Natchaieving Méndez
Es difícil encontrar una cifra exacta de barrios en la Gran Caracas. Sin embargo, de acuerdo a un estudio denominado Cartografía de los Barrios Caraqueños para 2014 habían más de mil asentamientos espontáneos y sectores populares consolidados en los municipios: Libertador, Sucre, Chacao, Baruta y El Hatillo.
Cada uno de estos sectores populares tiene sus marcas distintivas, sus formas de percibir la realidad, aunque los conecte el origen de su nacimiento: migración, imposibilidad de acceder a los planes inmobiliarios, tradición familiar de permanencia. Tal como las características antes mencionadas, uno de los rasgos que enlaza a estas zonas populares es su organización interna, más en los últimos años cuando se ha reforzado y fortalecido las estructuras para la resolución de problemas comunes.
Justamente este último aspecto fue el que llamó la atención del arquitecto japonés Riken Yamamoto, quien recientemente presentó al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, una propuesta de intervención arquitectónica en dos parroquias populares caraqueñas: Petare y San Agustín, en Caracas. Ambas barriadas no solo son conocidas por la extensión territorial; además destacan por la organización de sus comunidades para la resolución de sus problemas.
Especialmente en Petare, una de las barriadas Latinoamericanas más grandes, las distorsiones sociales como la delincuencia, la mafia, la improvisación, la vulnerabilidad social, por décadas fueron la tarjeta de presentación que posicionó una mediática parcializada y alineada con un pensamiento excluyente, el mismo que provocó que estos espacios surgieran. Esta narrativa instalada en el país y lamentablemente fuera de él, han ocultado o minimizado el potencial organizativo y social existente en estos centros autoconstruidos.
Es así como los nombres de estos barrios caraqueños han sido parte de los titulares de los medios o videos virales en redes cuando solo se hace referencia a los derrumbes; protestas por falta de servicios o tiroteos generados en las estrechos parajes o fiestas con consumo de alcohol y sustancias ilícitas.
Pero lo que está detrás de esto, lo realmente importante, pareciera ser invisible para estos dueños de la mediática tradicional. Así, las asambleas comunales, la organización comunitaria para conseguir gas, agua, solventar problemas de electricidad, las jornadas deportivas, recreativas culturales, parecieran ser no tan atractivas.
La propuesta de Yamamoto, según se ha difundido en los medios venezolanos, no busca imponer formas, sino dialogar con el entorno humano, reconociendo que la belleza arquitectónica nace de lo cotidiano cuando se dignifica. Es así como en sus visitas al país, el arquitecto ha expresado su interés por los circuitos comunales y las dinámicas barriales, lo cual le impulsó a diseñar un proyecto que priorizan la cohesión social, la participación comunitaria y la recuperación del orgullo urbano.
Este enfoque encuentra ecos en el trabajo de arquitectos venezolanos que, tal como hemos mencionado en reportajes anteriores, han apostado en otras épocas por una arquitectura con vocación pública y transformadora, por ejemplo, Carlos Raúl Villanueva en el urbanismo de El Silencio.

En esta ocasión, el proyecto de Yamamoto en Venezuela apuesta a una visión similar a la del padre de la Ciudad Universitaria, pero a la vez la actualiza. La diferencia de la visión del arquitecto japonés no parte de la monumentalidad, sino de la escucha. En su libro El espacio del poder, el poder del espacio, presentado en la Feria Internacional del Libro de Venezuela 2025, Yamamoto ofrece una reflexión sobre cómo la arquitectura puede combatir la discriminación y generar pertenencia. Su trabajo en barrios de Manila, Guatemala y ahora Caracas, demostró que los espacios bien diseñados pueden cambiar la forma en que las personas se relacionan consigo mismas y con su entorno.
¿Qué quiere decir esto? Que, si bien se resalta el trabajo y los proyectos de Villanueva y el de otros arquitectos venezolanos en los barrios del país, la visión generalmente ha sido desde lo externo, lo que se quiere de estos centros autoconstruidos y no desde lo que sus habitantes requieren, conciben y los define. Esta postura es compartida por el director del Museo de Arquitectura, Alejandro López Arocha, quien no solamente como especialista tiene amplios conocimientos en la materia, sino que ha participado en proyectos de trabajos de intervención en los barrios.
Para López Arocha, la arquitectura venezolana no es un fenómeno homogéneo, sino un conjunto diverso que responde a distintas épocas y visiones. De allí que afirma que el enfoque actual de reorganización de los barrios no se limita a intervenciones físicas superficiales, sino que busca impulsar nuevas formas de pensamiento ancladas en la participación activa de las comunidades.
“Se está haciendo un esfuerzo enorme en crear espacios físicos para el gobierno comunal, en impulsar espacios públicos y fomentar la interrelación entre comunidades”, precisa el arquitecto venezolano, quien enfatiza la importancia de articular tanto las relaciones verticales como horizontales entre los diferentes barrios, principalmente en zonas complejas como San Agustín y Petare, en Caracas.
Subraya que la integración urbana debe ir más allá de la coexistencia, debe favorecer la creación de redes de apoyo, movilidad y productividad entre los habitantes. Es por ello que considera que la ciudad debe renovarse no sólo verticalmente, es decir, en altura u organización espacial, sino también horizontalmente para evitar que los barrios funcionen como feudos aislados. Esta integración construiría no sólo mejor infraestructura, sino también generaría vínculos sociales que fortalecen el tejido comunitario, destacó.
En referencia a la propuesta planteada por del arquitecto Yamamoto y su equipo, López Arocha resalta que la filosofía detrás del proyecto no es la construcción al estilo convencional, sino la interpretación profunda de la esencia de los barrios. Con Petare como escenario, destacó, el planteamiento de su colega japonés busca reconocer la heterogeneidad y complejidad urbana, valorando a la comunidad como actor clave en la construcción de su propio espacio. Además, subrayó, contempla desde la mejora de la movilidad interna y accesibilidad hasta la prevención de riesgos geológicos y la dotación de servicios básicos integrados, según lo que ha conocido sobre el tema.
La comunidad partícipe de su transformación
Desde la perspectiva del arquitecto López Arocha el trabajo conjunto entre el Estado y las comunidades es fundamental para lograr resultados sostenibles. Mientras el Estado se encargada de las grandes infraestructuras y acondicionamiento del territorio —como vías, puentes, hospitales y prevención de riesgos—, explica, las comunidades participarían de modo activo en el diseño y construcción de viviendas y espacios públicos, promoviendo la visión productiva y cultural de sus habitantes.

Un ejemplo de este trabajo conjunto comunidad-gobierno, refirió el especialista, se evidencia en el Parque Hugo Chávez, Caracas, donde arquitectos locales se aliaron con la comunidad de viveristas para fortalecer un ecosistema urbano que va más allá de la estética. La comunidad no sólo aporta mano de obra, sino que también se convierte en responsable de mantener y alimentar el espacio, propiciando un sentido real de apropiación y pertenencia.
En tal sentido, López Arocha hace un recorrido histórico por las experiencias de organización y mejora de barrios desde la década de 1980, cuando trabajó como director de política habitacional y secretario adjunto del CONAVI. Destaca planeamientos como el llamado Cameba, un experimento en Petare que buscaba hacer una intervención integral basada en la participación y el respeto a la realidad local, en contraste con las soluciones destructivas de épocas anteriores.
Este enfoque, avalado parcialmente por financiamiento internacional, sentó las bases para la habilitación progresiva de barrios y la promoción del trabajo comunitario. No obstante, esta iniciativa no continuó por desacuerdos y algunos intereses detrás de ese subsidio extranjero.
Asimismo, al buscar en la historia venezolana otras iniciativas de intervención de estos centros populares autoconstruidos, se encuentra el Plan Sectorial de Incorporación a la Estructura Urbana de las Zonas de los Barrios del Área Metropolitana de Caracas y de la Región Capital, galardonado con el Premio Nacional de Investigación en Vivienda 1995.
Este proyecto propuso integrar los barrios informales al tejido urbano formal mediante un enfoque urbanístico integral. Identificó grandes agrupaciones como Unidades de Planificación Física (UPF), con diagnósticos detallados sobre conectividad, riesgos y potencial de integración. Incorporó propuestas participativas, oficinas técnicas locales y concursos de diseño, promoviendo la articulación entre Estado, expertos, organizaciones sociales y comunidades.
Al superar enfoques de desalojo, este plan marcó un giro hacia estrategias de mejoramiento y consolidación, influyendo en futuras políticas de rehabilitación urbana en Venezuela y América Latina.
Sin embargo, nuevamente la falta de incorporación de las comunidades generó la desconfianza y la baja participación real. Pese a contemplar mecanismos participativos, en la práctica muchas comunidades se mantuvieron al margen o fueron convocadas de forma limitada, lo que debilitó el arraigo local del plan y lo condenó al fracaso.

Experiencia y técnica al servicio del conocimiento local
Retomando la propuesta de Yamamoto, López Arocha reconoce la importancia de la colaboración internacional, ejemplificada en la presencia del especialista japonés. Ante los posibles cuestionamientos sobre la pertinencia de que un experto extranjero trabaje para intervenir sectores populares del país, el arquitecto venezolano argumenta que esta alianza resulta muy positiva por cuento se que combina la experiencia gerencial y técnica internacional con el conocimiento local, formando así un equipo capaz de atender la complejidad de los barrios caraqueños desde diversas perspectivas.
La clave reside, enfatiza el director del Museo de Arquitectura, en la gobernanza respetuosa y en el diálogo constante con las comunidades. Gobernar obedeciendo supone entender y valorar el sentir y expectativas de la gente, convenciendo con interés genuino y esfuerzo compartido, expresó. Por lo tanto, destaca que la reorganización arquitectónica de los barrios caraqueños no es sólo un asunto físico, sino una construcción social y cultural que aspira a arraigar nuevos modos de vida urbana basados en la cooperación, la cultura productiva y la resolución integral de problemáticas.
En general, el impulso de esta nueva forma de pensamiento en la arquitectura de barrios es un desafío que propone trascender los enfoques tradicionales para construir ciudades más humanas y resilientes, cuya esencia sea la vitalidad y autogestión de sus comunidades.

