Natchaieving Méndez

Si existe una verdad es que las características individuales de los seres humanos, son una fuente potencial de riqueza para percibir la vida desde múltiples lentes. Sin embargo, todo no es color pastel, pues también esta realidad trae consigo grandes desafíos como el consenso y la convivencia entre ideas y pensamientos divergentes. Esto se evidencia especialmente en el ámbito educativo, en el que la lucha por espacios de inclusión no solo se trata de abrir puertas, sino de construir caminos en los que cada educando, sin importar su origen o capacidades, encuentre un lugar en el cual aprender, crecer y prosperar.

Cuando se habla de inclusión no solamente se hace referencia a los estudiantes que tienen alguna discapacidad o diversidad funcional o cognitiva, también tiene que ver con la aceptación de las diferencias de raza, conocimientos, poder económico adquisitivo, en fin, de las características que diferencian a un niño o joven de otros. Muchas veces, la exclusión se da de forma consciente o inconsciente no solo entre los mismos compañeros, principalmente, por aquellos que tienen papel de liderazgo, también los docentes entran en esta dinámica, con o sin intención.

Desde un niño que no percibe los colores, los sabores, los sonidos como el resto, pasando por otro que habla con un tono o de forma diferente por las características culturales de su familia, hasta un educando que ve el entorno desde la imaginación o las artes, pueden ser víctimas de exclusión escolar.

Es por ello que psicóloga escolar Adriana Vera, destaca que el alcance de la educación inclusiva es mucho más amplio. Explica que esta línea trata de desarrollar un enfoque que contemple las características individuales de cada niño, promoviendo un proceso educativo alineado con lo que se espera para su edad. Por esta razón, enfatiza, lo importante de considerar las necesidades de todos los estudiantes, no solo aquellas que involucran condiciones especiales.

La responsabilidad es de todos

Vera enfatiza que cambios conductuales en los niños como irritabilidad o desánimo, pueden ser indicadores de la existencia de un problema en su ambiente escolar. La exclusión, resalta, no solo afecta a aquellos que presentan dificultades de aprendizaje, incluso estudiantes con mejores rendimientos académicos pueden contribuir a la exclusión cuando rehúyen de realizar actividades con compañeros que no están en su mismo nivel.

Además, refiere la especialista, las diferencias culturales o religiosas también pueden interferir en la convivencia, perpetuando la exclusión, especialmente en contextos en los que la diversidad no es valorada.

Asimismo, existen docentes que incurren e influyen en este proceso de inclusión o exclusión de sus alumnos. Un simple comentario, un gesto de desagrado, fastidio o molestia puede detonar que el grupo de estudiantes reaccionen de la misma manera. Ignorar la participación de algunos educandos, recalcar constantemente sus errores o mostrar preferencia por aquellos con un mejor rendimiento o disciplina son conductas que pueden fomentar un ambiente de exclusión.

Pero esto no es todo. Esta problemática se extiende al ámbito familiar, pues la manera en que los padres educan a sus hijos también puede motivar actitudes excluyentes. Cuando se inculca una intolerancia hacia la diversidad, se impide que los niños reconozcan y respeten las diferencias individuales. Pensamientos y juicios de valor que se hacen frente a los hijos sobre una situación, puede condicionar la convivencia dentro del aula y desencadenar una situación que puede llevar al bullying.

Solución para la formación de una persona sana

Las consecuencias de la exclusión escolar son graves. Vera resalta que esta situación en lo individual, puede afectar profundamente la salud mental de los niños rechazados, llevándolos a experimentar síntomas de ansiedad y depresión. En lo grupal, se crea un ambiente inseguro que restringe la libertad de los estudiantes para comportarse de manera natural, favoreciendo el temor a no cumplir con las expectativas establecidas por sus pares.

De allí que para la psicóloga Adriana Vera, es crucial que los docentes supervisen cómo se desarrolla la socialización durante las actividades grupales y contribuya a que se genere un ambiente de confianza.  A menudo, los niños se sienten inseguros al hablar sobre situaciones de exclusión, por lo que es fundamental que los educadores indaguen sobre lo que sucede, resalta.

Es por ello que para mitigar estas situaciones y lograr una verdadera inclusión educativa, la especialista en conducta propone una serie de medidas. Un aspecto principal que subraya es la sensibilización del personal educativo a través de talleres y charlas que promuevan una mejor comprensión del tema. Además, es esencial conocer el perfil de cada estudiante, trabajando en colaboración con especialistas externos para realizar las adaptaciones necesarias en el aula. Crear encuentros permanentes de reflexión con los padres también es fundamental para lograr una educación inclusiva.

Para la formación de un ciudadano mentalmente sano y útil para su país, el concepto de inclusión debe ir más allá de la educación especial. Desmontar mitos y comprender su naturaleza ayudará a crear un entorno social más saludable, preparando de manera adecuada a niños y adolescentes para reconocer y desarrollar sus habilidades individuales dentro del respeto y diversidad.