Cada Miércoles Santo, el centro de la capital de Venezuela se tiñe de morado. La razón tiene un nombre: Nazareno de San Pablo. Por más de tres siglos, cientos de creyentes, desde mucho antes que el sol apenas asome sus rayos, asisten a la Basílica de Santa Teresa, templo que desde 1881 resguarda esta advocación de los últimos momentos de Jesús de Nazareth cuando carga la cruz hacia el Calvario en su Pasión y Muerte, conmemorada en Semana Santa.

Ataviados de morado, algunos descalzos, de rodillas, con cruces hechas de palma y espigas, rosarios en mano; algunas personas con movilidad reducida en silla de ruedas, con bastones o cargadas; niños, jóvenes, adultos, ancianos… todos con un “algo” que los une en sus miradas: la fe.

Esta misma devoción es la que hace que cientos de orquídeas de la especie Cattleya mossiae, lleguen días antes al templo caraqueño. Enviadas por sus fieles como pago de promesa, la imagen del Jesús moreno, afligido por las últimas horas de la vida terrenal, es cargada al ritmo de la marcha, especialmente con la melodía del compositor José Ángel Lamas, la cual que crea el ambiente solemne de quien carga todos los pecados del mundo a cuestas.

Precisamente, aunque algunos custodios y religiosos vinculados con la imagen aclaren el asunto, la leyenda popular que se difunde como el viento por la ciudad es que cada año, por lo tantos pecados de los mortales, el Nazareno se inclina más. Tal vez, como lo han explicado algunos conocedores de la materia, es que esta figura fue tallada en madera de pino de Flandes, un material que con el paso del tiempo puede sucumbir y por lo cual ha tenido que ser objeto de restauraciones y cuidados especiales. No obstante, para el alma las explicaciones científicas sobran y la creencia popular es la máxima de todas.

Llegó de Sevilla y se quedó en el corazón caraqueño

Aunque no existe un registro exacto que muestre la fecha del embarque, se sabe que la imagen llegó a Caracas de España en el siglo XVII y que fue creada en Sevilla, aproximadamente hacia el año 1674.

Sobre su creador también existen algunas dudas. De acuerdo con las investigaciones, se atribuye la talla a Felipe de Ribas, uno de los escultores más destacados de la época barroca sevillana. No obstante, el artista murió en 1648, por lo que algunos sugieren que la obra pudo ser de su taller o de algún discípulo que siguió su estilo.

Lo cierto es que una de las tantas leyendas que envuelve a esta figura santa es que cuando el artista que la culminó, se quedó contemplándola para ver qué detalle faltaba. Entonces, la talla cobró vida por un instante, lo miró fijamente y le preguntó: «¿Dónde me has visto, que tan perfecto me has hecho?». Tal fue la impresión que el autor murió al momento.

La palidez de Guzmán Blanco

Para nadie es un secreto que Antonio Guzmán Blanco, presidente de Venezuela en tres oportunidades, tenía fuertes confrontaciones con la Iglesia Católica que, para la época, gozaba de una significativa influencia, no solamente en la población, sino en los asuntos políticos y económicos del país.

Muchas de las acciones del llamado “Ilustre Americano” estuvieron marcadas por su formación masónica y su deseo de convertir a Caracas en un modelo de ciudad parisina, de cuyas costumbres era admirador. De allí que, en su afán de secularizar el Estado, expulsó órdenes religiosas, confiscó bienes eclesiásticos y clausuró seminarios.

Precisamente en esta acción, en su segundo mandato llamado el Quinquenio (1879-1884), ordenó la demolición de la antigua Iglesia de San Pablo, templo que resguardó la imagen del Nazareno por casi dos siglos. Fue justamente en este recinto desde donde partió la procesión, en plena pandemia que azotaba la ciudad por la peste llamada vómito negro en 1696 y que en su recorrido tropezó en la esquina de Miracielos con el limonero al que se le atribuyó la sanación de los enfermos. Este hecho, más tarde, fue inmortalizado en la literatura venezolana por el gran poeta Andrés Eloy Blanco quien bautizó la imagen como El Limonero del Señor.

Lo cierto es que a Guzmán Blanco poco le importó la leyenda y decidió derrumbar el templo para construir el Teatro Municipal, el cual se encuentra a pocos metros de la ahora Basílica. No obstante, la acción desafiante del caudillo no solo generó malestar en la jerarquía eclesiástica, también creo el disgusto de la población y, especialmente, en su esposa, Ana Teresa Ibarra, de quien se dice tenía una ferviente creencia católica.

Es así como decide compensar a la feligresía y calmar las aguas, incluso con su conyugue, el dignatario decidió construir una basílica, con dimensiones más monumentales, sobre los terrenos del antiguo oratorio de San Felipe Neri, establecido a finales de 1700 por el padre Vicente Emilio Sojo, “cuna de la escuela de música caraqueña”, reseña el cronista patrimonial, Octavio Cisco.

El arquitecto Juan Hurtado Manrique fue el encargado de erigir este templo bajo el estilo neoclásico, con dos fachadas y dos advocaciones distintas, unidas por un cuerpo central para dar cabida a la inmensa devoción que generaba la imagen del Nazareno. El nombre de este recinto fue un reflejo de la vida personal del mandatario y una forma simbólica para la reconciliación con su enfurecida esposa católica, quien era su enlace con la Iglesia.

Culminados los trabajos, el 27 de enero de 1881, el Nazareno de San Pablo fue trasladado solemnemente a su nuevo hogar, consolidándose como el centro de la fe caraqueña.

Cuenta otra leyenda que cuando fue inaugurado el Teatro Municipal el 4 de enero de 1881, se presentó la ópera El Trovador, de Giuseppe Verdi. Se dice, que Guzmán Blanco, sentado cómodamente en su palco presidencial y deleitándose con la obra, de pronto se levantó con una palidez notable en su rostro y salió del teatro.

La versión popular cuenta que una visión del Nazareno de San Pablo se le apareció y le increpó: “¿Qué has hecho con mi templo?”. Otros, dicen que la razón del retiro repentino del mandatario fueron las consecuencias digestivas de un “jolgorio” en el que había estado el dignatario el día anterior.

Fe perpetua

Leyendas, milagros, la imagen del Nazareno de San Pablo tiene una esencia mística que envuelve a quien lo visita. Tal vez es la precisión de los detalles de su rostro, sus manos con marcadas venas que muestran el peso de una cruz que, por siglos, se nos enseñó, aumentaba con los pecados de los mortales.

Estar en su procesión y no conmoverse es casi imposible. El fervor de un pueblo no solo valida todas las leyendas que, aunque inverosímiles, describen la identidad, el pensamiento, la creencia de una población que ve en esta advocación la esperanza para la solución de sus tribulaciones individuales y colectivas.

Hoy, el Nazareno de San Pablo, entre orquídeas, aroma de incienso y el himno emocional del Popule Meus, recorre las calles de Caracas para tropezarse con limoneros invisibles que sanan las almas de sus creyentes, con el zumo de la fe, la redención y la esperanza inquebrantable de un pueblo que se reconoce en su cruz.

“ (…) ¡Malhaya el sino de esa mano

que desgajó la tradición…!

Quizá en su tumba un limonero

floreció un día de Pasión

y una nueva nevada de azahares

sobre la cruz desmigajó,

como lo hiciera aquella tarde

sobre la Cruz en procesión,

en la esquina de Miracielos,

¡el limonero del Señor…!”

Andrés Eloy Blanco

Natchaieving Méndez