El Carnaval llegó y con el la efervescencia histórica y la permisividad que se instauró como preparación al recogimiento cristiano. Quienes lo disfrutan más son los niños y las niñas, para quienes la fiesta supone quebrar la norma y el rigor del uniforme bicolor para encarnar ficciones o lucir las ropas más estrafalarias.

No obstante, ciertas tradiciones perpetuadas durante décadas también son motivo de incomodidad, incluso, de frustración. Una muestra de esto es la elección de la reina de Carnaval.

Puedo dar fe de esto en una de las tantas anécdotas que tengo sobre el tema cuando ejercía como maestra de Primaria. Con un grupo me ocurrió que al anunciar la víspera de la celebración y sus actividades, una niña salió del aula como si mis palabras le hubiesen ofendido. Todos quedamos sorprendidos con su reacción.

La busqué y la hallé refugiada en el baño donde me confesó cuanto odiaba el Carnaval. Con los ojos inundados en llanto, me explicó su verdad: era por la elección de la reina.

Mi estudiante era una niña como cualquier otra, con una simpatía y ternura increíble, una sonrisa de ángel, ojos hermosos, pero nunca era elegida reina porque tenía sobrepeso, toda su familia era así. Me contó que no solo le dolía que no la escogieran, sino lo que más le generaba tristeza era escuchar los comentarios de sus compañeros durante la elección. Aquel dolor temprano quizás fue la causa de un regalo de 15 de quinceañera que, me comentaron, solicitó después: un bypass gástrico.

“¿Ella! no, es muy fea”, ¿es muy gorda?”, “es muy pequeña?”, “es morena”, “tiene los ojos grandes”, “¡Asco, chamo!” y la lista de ofensas que se dicen cuando se hace esta “elección” es infinita y ¡ay del niño que quiera defender a su amiga!, automáticamente el resto le tilda de ser “el novio”, “pretendiente” o cualquier denominación que le genere al defensor vergüenza. Es como si la defensa no fuese un acto de amistad, sino de otras intensiones, una suerte de guion cinematográfico preestablecido. Pero eso es harina de otro costal.

Lo cierto es que, así como mi estudiante, muchas mujeres en su infancia o adolescencia padecieron en silencio el estigma de no ser las elegidas para portar la corona. Y es que, con frecuencia, las descartadas son racializadas, víctimas de una vorágine que impone cánones de belleza por parte de la industria cultural, la cual pretende uniformar e instaurar como ley que es “lo bello” y “lo feo”.

En una oportunidad, cuando me oponía a la elección de la reina en mis grupos, una colega defensora del reinado del Carnaval me dijo: “también hay que enseñar a saber perder”. Sus palabras me generaron varias dudas: ¿hasta qué punto “perder” por no encajar en un canon ajeno fractura una personalidad y autoestima en construcción? ¿Puede esto afectar el autoconcepto y la autoimagen de una niña o muchacha que es despreciada por su físico? ¿La molestia de mi estudiante fue un dolor real o un capricho por no ser elegida?

Norman Rockwell – Chica ante el espejo

El “yo” se construye en el espejo del otro

Partimos de un concepto básico y muy publicitado en redes sociales en los tiempos actuales: autoestima. Existe un universo de estudios, publicaciones y definiciones de este término, pero para efectos de este artículo lo defino como la valoración íntima, profunda que una persona tiene de sí y que la lleva a reconocerse y valorar sus capacidades y su dignidad.

Parece una definición sencilla: “quererse y valorarse a sí mismo”, pero la mala noticia es que los seres humanos no venimos al mundo con el don de tener una autoestima elevada. Esta se construye en el desarrollo del individuo y su interacción con el exterior: en primer lugar, desde su concepción: la madre; el segundo, el núcleo familiar; y el tercero, los amigos, docentes y vecinos.

Por ello, desde un simple chiste irreverente de un padre hacia un hijo, hasta la desaprobación del aspecto físico de un grupo de niños puede influir en la construcción de tres de los cuatro pilares que, según Walter Riso, sostienen la psique: autoconcepto (qué piensas de ti mismo); autoimagen (qué tanto te agradas) y la autoeficacia (qué tanta confianza tienes en ti mismo)

En un estudio de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL), las autoras subrayan el peso de los pares en la infancia. En sus investigaciones comprobaron lo que Eric Erickson en su teoría psicosocial expuso hace más de medio siglo: el sujeto en formación construye su “yo ideal” a partir de los mensajes que recibe de su contexto, es decir, la socialización le permite consumar y comprobar su percepción interna.

De esta forma y tomando como premisa lo planteado por Erickson, al premiar a una niña solo por sus atributos físicos, se corre el riego de que aquellas que no encajen en el molde social interioricen una carencia de afecto y aceptación, aunque lo disimulen.

La realidad, expuesta por muchos estudiosos de la dinámica social como Albert Bandura, es que la aprobación externa fragmenta la seguridad en sí mismo en una edad temprana, por lo que al ver que una “reina” obtiene atención, status, privilegios del resto de sus pares y personas solo por su apariencia, el resto percibe que su propia identidad es “insuficiente” o es “invisible” y esto puede ocasionar una herida interna y baja autoestima por comparación social.

De allí que la autoestima se vuelva entonces dependiente del entorno: “si me eligen es porque realmente valgo” o la cantidad de “likes” (soy visible por lo que digo y no cómo me veo).

A todo esto, se le suma la cosificación en la que se convierte estas elecciones. Las niñas parecen un objeto de exhibición, hipersexualizadas bajo capas de maquillajes y poses de adulta. Se perpetúan estereotipos que minan la confianza e inculcan que la apariencia vale más que el talento o la inteligencia.

Y todo esto sin contar lo que ocurre dentro de las aulas. Tal como dije antes, el proceso de votaciones “secretas” o públicas muchas veces generan chismes, exclusiones y bullying contra aquellas que no son candidatas o pierden. Todo ello desvirtúa la esencia del Carnaval, pues transforma un momento de alegría y disfrute en una verdadera penuria o momento traumático para muchas niñas.

Desfile de Carnaval escolar en La Guaira

¿La transformación de una tradición?

Si una práctica se ha arraigado en Venezuela desde mediados del siglo XX es la elección de la reina de Carnaval, que luego generó el famoso concurso de belleza altamente publicitado y conocido.

Aunque no hay una fecha exacta del inicio de esta costumbre en las instituciones educativas, todo parece indicar que se ha practicado por «décadas». Bajo esta excusa, algunas escuelas y liceos, pese a los efectos negativos que saben que esta elección produce en los estudiantes, cuestionaron la resolución ministerial de 2025 que prohibió estas prácticas en el ámbito educativo. No obstante, hay centros educativos públicos y privados que bajo la bandera de mantener “la tradición” e ir con rebeldía en contra de lo que ellos calificaron como una línea política, este año hicieron su elección.

Ciertamente, las tradiciones son difíciles de cambiar, pero si pueden modificarse para bienestar colectivo. Lo primero que hay que considerar es que las instituciones educativas deben convertirse en un lugar de seguro, para la formación no solo académica, sino también para el crecimiento emocional, social y mental de las y los educandos. No se puede tener a un excelente matemático, escritor o científico con una salud mental deficiente.

Desde esta premisa, los educadores y representantes pueden promover actividades en el contexto del Carnaval en los que el talento se premie y se valore la diversidad, sin reglas rígidas. Así, desde certámenes de máscara artesanales alocadas, bailes tradicionales, propuestas humorísticas sin denigración de alguna condición y la diversidad, pueden crear espacios de acercamiento, socialización y fortalecimiento de la autoestima.

Otra alternativa sería la escogencia de tantas reinas por cantidad de niñas haya en clases, resaltando en cada una un atributo que la distinga del resto. Esto no solamente fortalecería su autopercepción, además contribuiría a consolidar el concepto de que en el mundo todos tenemos un don especial que nos hace valiosos, únicos y excepcionales.

Al final del camino, lo importante es que se rompan los patrones de exclusión que han sido creados para potenciar una cultura en la que unos son mejores que otros por su apariencia. Además, estas acciones provocan en el colectivo heridas que a la larga generan profundas insatisfacciones internas que empujan a la mujer, especialmente en Occidente, a redoblar esfuerzos por encajar en patrones que tributan a la industria de la belleza y la cirugía estética.

Enseñemos de una vez a disfrutar desde la esencia y no desde las apariencias. Que el Carnaval sea un momento para llorar de la risa y no para secar lágrimas por la frustración de sentirse rechazada o minimizada por lo que ve en el espejo.

Las niñas pueden ser sometidas a acoso escolar

T/Natchaieving Méndez