
Natchaieving Méndez
44.300 palestinos muertos en Gaza se contabilizaron el jueves 28 de noviembre de 2024. Da dolor saber que, seguramente, la cifra con la que comienza este artículo haya aumentado cuando se culminen de escribir estas líneas. 44.300 personas, más que la población que habita en Mónaco. 44.300 seres humanos, mayoritariamente mujeres y niños, han dejado de respirar.
Este año, otro más de décadas de encuentros, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) realizará una reunión extraordinaria en el que los representantes de los países miembros pronunciarán sus mejores palabras de solidaridad para el pueblo palestino. Se escucharán discursos emotivos cargados de contundencia sobre la defensa de los derechos humanos, lo que se debe hacer, el compromiso no cumplido y muchas frases que no borra una cifra de fallecidos que será mayor luego los aplausos ante los discursos bien emitidos: 44.300 palestinos muertos.
En todo el mundo habrá concentraciones, conversatorios, seminarios y hasta muestras artísticas para conmemorar el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino, establecido en 1977. De acuerdo a la información en la web sobre esta fecha, el propósito de esta declaratoria fue “busca centrar la atención internacional en los derechos inalienables del pueblo palestino, como el derecho a la libre determinación, la independencia y la soberanía nacional, así como el derecho al retorno a sus hogares y propiedades”. Han pasado casi 50 años de esta declaratoria y aun el contador de pérdidas humanas por el genocidio en Gaza sigue su marcha.
Pereciera que la buena voluntad de los países del mundo y las palabras de solidaridad se diluyeran en el aire cual arena que circula en una canasta. La masacre en los territorios históricamente ocupados por Palestina continúa ante la vista impotente de la humanidad. Las muertes injustas siguen ocurriendo frente a todas las naciones, especialmente de aquellas que contradictoriamente por un lado piden una pronta solución al conflicto y por el otro, desde la diplomacia de la hipocresía, financian armamentos, repuestos y entregan recursos al ejército israelí con lo que incrementan el caos en este territorio de Oriente Medio.
Derechos inalienables
Respeto a la vida, la libertad, la seguridad, la igualdad ante la ley, son parte de los llamados “derechos inalienables” establecidos, reconocidos y “protegidos” en diversas declaraciones internacionales. No obstante, pareciera que, si bien la lucha por resolver la Cuestión de Palestina no descansa y cada día encuentra más adeptos, para Israel y sus aliados esto no es un obstáculo para avanzar en sus propósitos.
Como todas las historias de los pueblos, la del palestino y el territorio que ancestralmente ha ocupado, es compleja y extensa. Invasiones, dominios por parte de un imperio, injusticias han signado el devenir histórico que lleva a la situación actual que vive Palestina.
Sin entrar en detalles importantes que se encuentran en los siglos previos a la finalización de la Primera Guerra Mundial, todo apunta que fue justamente este momento de inflexión que agravó la disputa de este territorio rico en yacimientos gasíferos, petroleros y que además es altamente estratégico para la exportación de hidrocarburos al resto del mundo. Pero no ahondemos sobre este tema, porque, claro, el interés es netamente religioso… Claro, claro.
Lo cierto es que después de la Primera Guerra Mundial, la extinta Sociedad de Naciones, apoyó la creación de un Estado Nacional judío (Israel) en estas tierras, pues estos últimos reclamaba el territorio que, según las escrituras sagradas, se les había sido prometido.
“En la época de la ocupación británica (1917) los judíos constituían menos de la décima parte de la población de Palestina. El 90% eran árabes, tanto musulmanes (80%) como cristianos (10%). Las tradiciones, costumbres e idioma de los árabes palestinos constituían la cultura predominante en Palestina”, refiere un texto publicado por Unispal.
Fue entonces el punto en el que se acrecentó la inmigración sionista, apoyada por potencias extranjera bajo la excusa de la agresión sufrida por este pueblo durante la Segunda Guerra Mundial; aspecto último que no se discute pues la población judía europea sufría la persecución implacable del régimen nazi. Sin embargo, estas circunstancias justificaban los sufrimientos indebidos a la población árabe palestina que por siglos ocupó este territorio y que reaccionó frente a la invasión, generando guerras internas.
En 1947, la ONU, heredera de la Sociedad de Naciones que originó el caos y la misma que enarbola la bandera de la autodeterminación de los pueblos, en contra de la voluntad de los palestinos decidió dividir su territorio en dos Estados independientes. Jerusalén estaría bajo la administración de este organismo internacional. Pero un año después, Israel declaró su independencia y avanzó en la ocupación de zonas que, según el plan de partición, le pertenecían a Palestina.
Más de la mitad de los palestinos fueron expulsados, tuvieron que abandonar sus hogares y terminar en refugios en Gaza, Cisjordania y países limítrofes, dejando su cultura, sus costumbres, la tierra de sus antepasados. Le llamaron la Nakba o catástrofe.
En la Guerra de los Seis Días en 1967, Israel siguió avanzando en la ocupación de tierras y más de un millón de palestinos debieron huir de Cisjordania y Gaza. El Estado sionista ahora anexaba Jerusalén Oriental, una zona que estaba bajo la custodia de la ONU y de la que se había establecido no podía pertenecer a ninguna de las naciones en conflicto. Dos décadas después, los palestinos se rebelan contra la ocupación israelí, lo que se conoce como la primera Intifada o levantamiento. Esta reacción dio pie a una serie de diálogos en la que se firmaron algunos acuerdos, posteriormente desconocidos por el Estado de Israel.
Después de los Acuerdos de Oslo, firmado en 1993, la recién creada Autoridad Nacional Palestina asumió el control administrativo sobre partes Cisjordania y la Franja de Gaza. No obstante, el proceso de paz no paró las violaciones a lo acordado y la violencia, los ataques, enfrentamientos y expansión de Israel en territorio palestino continuó.
La segunda Intifada en 2000 exacerbó el conflicto. Israel construyó un muro de separación de unos 800 kilómetros, de 8 a 10 metros de altura, que rodea a Jerusalén y se extiende por Cisjordania. en algunos puntos es una pared de hormigón y en otros una valla electrificada que avanza en tierras palestinas. Esta barrera declarada ilegal por la ONU y la Corte Internacional de Justicia ha separado familias, pueblos, ciudades y ha aislado a poblaciones palestinas. “Trayectos entre dos ciudades relativamente cercanas, como Belén y Ramallah, se transforman en horas en la carretera”, reseña el medio cadenaser.com.
En 2005, Israel retiró a sus colonos y soldados de la Franja de Gaza y un año después, Hamas gana la mayoría de los escaños en el parlamento palestino, lo que lleva a otro enfrentamiento interno. Esta fue la excusa para que el Gobierno israelí impusiera un bloqueo a este territorio que afectó severamente el movimiento de personas y bienes. Un castigo colectivo que aumentó la crisis humanitaria del pueblo palestino.
¿Qué sigue?
La respuesta a esta pregunta es aclamada por el mundo, pero lamentablemente pareciera quedar en el silencio. La situación actual en Gaza está a límite y ha alcanzado unos niveles de emergencia sin precedentes. Bombardeos constantes por parte del ejército israelí, bloqueo en las fronteras, miles de desplazados por la violencia, han dejado a la población palestina acorralada que diluye sus esperanzas cada día.
Pareciera que las voces de “alto” que resuenan en todos los rincones del mundo, son ecos que se pierden en los oídos sordos de un Estado que, en nombre de una promesa antigua, burla el verdadero mandato divino del derecho a la vida.
Que la solidaridad con Palestina sea más que una repetición de discursos sesudos cargados de palabras bonitas. Que esta fecha vaya más allá de los actos públicos que quedan en territorios lejanos al que cada día mueren niños y mujeres inocentes. La población palestina requiere con urgencia una ayuda humanitaria y soluciones políticas contundentes para solventar los entuertos que la falta de reconocimiento de la autonomía que los pueblos tienen sobre su territorio.

