Lo más difícil de olvidar de ese momento, de ese 24 de junio a las 6:04 p. m., es el terror de sentir que la vida se acaba en un instante: “¿Así se siente morir?”. 39 segundos dicen los científicos que duraron los terremotos que azotaron ese día a Venezuela, específicamente a la región norte, pero para quienes lo vivimos, fue una eternidad.

Aquel miércoles feriado había mucha calma, incluso para quienes trabajamos en medios de información que poco sabemos de estas pausas. El día comenzó con fiesta por la conmemoración de los 205 años de la Batalla de Carabobo, la que selló nuestra independencia y por la celebración del santo que “si tó lo tiene, tó lo da”, el querido San Juan. El clima se prestó para que muchos viajaran a La Guaira para disfrutar de sus playas, pese a que el asueto cayó a la mitad de semana.

Todo transcurría como lo previsto. Sonidos de tambores en honor al Santo, marchas solemnes y protocolares militares por la gesta independentista, televisores prendidos por el Mundial de Fútbol para ver el partido de uno de los favoritos de los suramericanos: Brasil vs Escocia. ¿Qué más podía ocurrir? Habían pasado 172 días de aquel momento en el que helicópteros extranjeros irrumpieron en los cielos de La Guaira y Caracas; cuando el sonido de misiles nos sacó del letargo del Año Nuevo y secuestraron a quien dirigía los destinos del país. ¿Qué otra cosa podía ocurrir?

Entre toda la algarabía, un sonido agudo y constante irrumpió en algunos celulares, no era igual que el resto. Muchos lo ignoraron y otros, como yo, lo desestimaron. “Mamá, cúbrete viene un terremoto”, me dijo mi hija mayor corriendo hacia el cuarto en donde apenas tenía 10 minutos de haber llegado de la jornada laboral. “Hija, cálmate, los terremotos no se predicen”, fue mi respuesta automática, producto de tantos años de repetir la misma lección en las aulas de clase cuando les enseñaba a las niñas y los niños que Venezuela es un país sísmico, que se sitúa en la zona de contacto entre la placa del Caribe y la Suramericana; que por nuestro territorio corre un cinturón de fallas activo (Boconó, San Sebastián y El Pilar) que se mueve y no avisa en un calendario ni da tregua.

Mientras decía esto, a kilómetros de distancia en la falla de Boconó-San Sebastián, la tierra se hizo sentir. No fue un solo golpe: un primer sismo de magnitud 7.2 se activó a unos 21,9 kilómetros de profundidad e inmediatamente después, como un dominó implacable, desencadenó un segundo sacudón aún más agresivo de magnitud 7.5, esta vez mucho más superficial, a apenas 10 kilómetros de la superficie.  

En cuestión de segundos, la falla liberó la gigantesca energía contenida y acumulada durante años de latencia. Una grieta profunda comenzó a abrirse en las entrañas del suelo, rasgando la roca y moviéndolo todo a su paso.

Mi lección pedagógica quedó suspendida en el aire cuando las ondas expansivas alcanzaron el piso 17 de mi edificio y nuestros cuartos comenzaron a moverse en forma horizontal. Abracé a mi hija adolescente, a la mayor y a su pareja. Nos metimos debajo de un marco, era la enseñanza que por años dije y que ahora sé no es conveniente.

“Padrenuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…” El piso se movía inclemente, las paredes mareaban, un sonido de piedras luchando entre ellas se mezclaban con gritos que cada vez eran mayores. “Venga a nosotros tu reino, hágase su voluntad…” Mis libros caían, las ventanas sonaban. “Danos hoy el pan de cada día, ¿cuándo va a parar? ¿cuándo va a parar?”, el cuarto se convirtió en una ola, la casa entera empezó a crujir violentamente bajo nuestros pies. “¿Así se siente morir? Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofende”.

Los minutos infinitos en los que la gravedad dejó de ser una certeza culminaron, había que salir del lugar, podía venir una réplica. No sabíamos que lo que había ocurrido es lo que los científicos denominaron “doblete sísmico”, poco común, pero que en Venezuela había ocurrido en 1812.

Lo más denso quedó después de que el suelo se moviera. Corríamos por las escaleras y veíamos las grietas cada vez más grandes en las paredes al descender cada piso. A la mitad del recorrido, una pared dejó ver sus bloques originarios, teníamos que abandonar el lugar, no era seguro.

Ya en la calle todo era desconcierto, la angustia se apoderó del ambiente. Un extremo de la fachada del colegio frente al edificio cedió, las cerámicas que cubrían el frente de una clínica estaban en el piso, los muros de las edificaciones cercanas mostraban grietas, las personas corrían. La señal de los móviles era intermitente, la sirena de las ambulancias inmediatamente comenzó a sonar, “algo peor pasó en otro lugar”. San Bernardino, los Palos Grandes, El Paraíso, diversas localidades caraqueñas eran nombradas entre las conversaciones afligidas de quienes se encontraban por primera vez y con el miedo compartido en sus miradas… La Guaira… La Guaira…

El murmullo se convirtió en un eco helado que recorrió la calle. Mientras el polvo aún flotaba en el aire caraqueño y el piso vibraba, las miradas colgadas de las pantallas de los teléfonos confirmaban la sospecha: del otro lado de la montaña, la costa no solo había temblado, se había desplomado.

El refugio dejó de ser seguro

Descalzas, en medias, con batas, mis hijas y yo buscamos como los demás un lugar abierto, seguro. El piso siguió moviéndose. El terror de regresar a los hogares era el sentimiento colectivo, nuestro refugio ya no era seguro. Mientras nos percatábamos en Caracas y diferentes estados del país de este sacudón, en La Guaira la tragedia había comenzado.

En esos 39 segundos, 190 edificios se desplomaron por completo: cinco en Caracas, tres en Chacao, uno en Tucacas y, en La Guaira, el resto.

La población estaba aturdida por el estruendo. Los organismos de seguridad comenzaron a desplegarse en las zonas de desastre, especialmente, hacia el litoral en donde una mayoría de funcionarios locales se encontraban entre los escombros junto a sus familias. “La mitad de los directores de la Gobernación fallecieron, nuestro personal. No había comunicación”, relató el gobernador de la entidad, Alejandro Terán, en una entrevista ofrecida semanas después de la tragedia.

En las próximas horas la solidaridad nacional e internacional pisó suelo venezolano y se focalizó en las zonas de desastre, tanto en la capital como en los sectores Tanaguarenas, Catia La Mar, Los Corales, Playa Verde, Macuto, Naiguatá y otras sectores en los que los grandes edificios de aquella ciudad costera que cada día se mostraba más reluciente, ahora parecía un territorio de guerra, con construcciones apiladas como sándwich o piezas de dominó; con personas de todas las edades vagando con el dolor a cuestas de haber perdido a sus familiares, su casa, su historia.

30.989 efectivos de diferentes cuerpos de seguridad, rescate, bomberos de diferentes estados del país llegaron a las zonas cero para unirse a las labores de rescate de los 31.745 voluntarios que con palas y cualquier instrumento aun, a un mes de lo ocurrido, intentan sacar los cuerpos de quienes quedaron atrapados en las edificaciones colapsadas.

La ayuda internacional de más de 30 países se hizo presente desde las primeras horas. El grito de «¡No están solos!», que en las tribunas del Estadio Azteca antes del juego Ecuador-México se le dedicó a Venezuela, se concretó en toneladas de insumos alimenticios, medicinas y carpas. A esto se sumaron cerca de tres mil rescatistas que, incansablemente, entregaron su experiencia, destreza y tecnología para salvar vidas en los primeros días y, ahora, recuperar los cuerpos de quienes perecieron en los terremotos.

También, como en todos los desastres naturales, lo más bajo de la esencia humana se hizo presente. Desinformadores de redes sociales que fueron a ganar protagonismo difundieron diversas noticias falsas para hacerse virales; algunos aprovecharon (y lo siguen haciendo) la coyuntura para desprestigiar las labores que se hicieron y hacer proselitismo político. Removieron el dolor de quienes padecieron de cerca esta tragedia solo por likes. Ni hablar de las miserias humanas, inescrupulosas, que se aprovecharon para cobrar servicios imprescindibles como el rescate y traslado de un cuerpo. No faltaron los falsos héroes que tras la máscara de valentía se acercaron a los sitios devastados para hurtar objetos de quienes ya no estaban en este plano para reclamarlos.

Ciertamente, no estábamos preparados para este doblete sísmico que liberó una fuerza equivalente a 200 bombas atómicas, ¿quién puede estarlo cuando han pasado 210 años de un hecho similar y casi 30 años del terremoto en el otro extremo del país, en Cariaco?. Algunos geólogos afirman que se trataba de una energía contenida y acumulada desde el terremoto de 1812; otros sostienen que la falla simplemente alcanzó su límite de resistencia natural, liberando en menos de un minuto la tensión tectónica por mucho tiempo en latencia.

Confieso que, a un mes de lo ocurrido, esta es una de las crónicas más dolorosas que me ha tocado escribir. Venezuela está rota y aun recogemos los trozos que aquel estruendo nos dejó. Aun hay personas entre toneladas de paredes, concreto; otros permanecen con mirada perdida buscando el rumbo en una línea del horizonte que se movió y les robó la paz.  

Para el 22 de julio, el parte oficial contabilizaba 5.398 fallecidos, 16.740 heridos, 6462 recatados, 856 edificaciones afectadas, 17.907 personas damnificadas. Estas no son solo cifras, son punzadas en un alma colectiva que hoy, 30 días después, llora a su gente. Venezuela hoy está de duelo, pero con el peso del dolor camina con la esperanza de reconstruirse, aunque las fuerzas mezquinas siguen con el pensamiento en arrebatarnos nuestros recursos.

Venezuela resurgirá como lo ha hecho en sus horas más oscuras. La fuerza indómita de la gesta emancipadora de aquel 24 de junio de 1821 prevalecerá sobre la ruina; la identidad, la mística y el espíritu combativo de la fe en San Juan y su legado afrodescendiente serán el impulso definitivo para reconstruir, desde los escombros, el futuro soberano que nos pertenece.

T/Natchaieving Méndez