
Natchaieving Méndez
Han pasado más de dos semanas de aquel 3 de enero y aún la historia se repite en la memoria colectiva venezolana. Abundan los relatos, algunos más angustiantes que otros, sin embargo, todos coinciden en el miedo y estado de alerta que persiste en el ambiente.
Más allá del dolor de las pérdidas de seres humanos, los daños estructurales, el sismo geopolítico, existe una crisis silenciosa: una población en estado de alerta permanente, donde el sonido de un camión o el golpe fuerte de una puerta genera una descarga inmediata de cortisol.
La psicóloga Ovilia Suárez explicó que el 80% de la población que vivió de cerca el ataque desarrolla manifestaciones psicológicas, cognitivas y corporales intensas. “Podemos sentir nerviosismo, intranquilidad y angustia de una manera generalizada. Ninguna de las manifestaciones que voy a nombrar son trastornos o enfermedades psicológicas; son parte de la respuesta normal de nuestro sistema nervioso, de nuestro psiquismo, en defensa de nuestra integridad”, destacó.
Esto coincide con lo que la ciencia de la conducta denomina “secuestro de la amígdala cerebral”. Sobre esto, Marian Rojas Escapé refiere que, ante una amenaza (real o imaginaria) o un recuerdo recurrente (como el bombardeo del 3 de enero) el cuerpo genera cortisol, lo que algunos llaman la hormona del estrés. El exceso de esta sustancia inhibe la corteza prefrontal (el área encargada del juicio y la lógica) dejando al individuo en un modo de supervivencia.
Por su parte, el psicólogo de Cecodap, Abel Saraiba, destaca que el cerebro no diferencia con facilidad las amenazas reales de las imaginarias. Esto explica por qué quienes no estuvieron cerca de la zona del bombardeo también permanecen en estado de alerta constante, presenten alteraciones en el sueño, falta de concentración y problemas de convivencia.
Los más afectados
Los más vulnerables, sin duda, son las niñas y los niños. Aunque inicialmente la adrenalina pudo causarles excitación, muchas de las y los pequeños que estuvieron cercanos a la zona han sufrido regresiones conductuales en hábitos superados: vuelven a mojar la cama (enuresis secundaria), temen dormir solos o reaccionan con ansiedad ante ruidos cotidianos.
Desde la Terapia Cognitiva de Aaron Beck, se infiere que estos menores desarrollan un «esquema de peligro», lo que significa que perciben que el mundo ha dejado de ser un lugar seguro para ellas y ellos.
Por su proceso de desarrollo, especialmente en los más pequeños, el trauma se manifiesta en el cuerpo porque el lenguaje aún no alcanza a procesar la magnitud del evento. El deseo de dormir con los padres no es capricho, sino la búsqueda instintiva de una «base segura» frente a un entorno que les movió el suelo.
En este sentido, el psicólogo social Fernando Giuliani destaca que el acompañamiento emocional es fundamental. “Las madres, padres, representantes y educadores son clave para escuchar, orientar y brindar seguridad, fortaleciendo la confianza, la calma y la esperanza”, refirió.
Herida abierta en el psiquismo venezolano
Asimismo, el psicólogo social Roger Garcés aseveró que los bombardeos de hace dos semanas “dañaron el psiquismo venezolano”, lo que vinculó con el concepto de Trauma psicosocial del salvadoreño jesuita Ignacio Martín Baró.
Garcés resaltó que esa herida se va a comportar como un estrés postraumático que no se sabe cuánto durará. Mencionó que los pueblos que han atravesado estos eventos tienden al silencio, lo que complica la superación. “En la primera generación es indecible, en la segunda generación es innombrable y en la tercera generación e impensable”, explicó.
De allí que el especialista recomiende generar espacios para compartir lo vivido, evitando que las emociones no queden represadas y generen daños a largo plazo.
“Cada vez que lo hablamos lo elaboramos mentalmente”, explicó el investigador, quien agregó que drenar a través del llanto junto a otra persona es efectivo para evitar que el recuerdo se recicle y alimente el miedo.
Estrategias prácticas para sanar
Los especialistas conductuales recomiendan a los adultos que presentan problemas de ansiedad, saturación, falta de concentración y nerviosismo limitar las noticias a horarios fijos. También sugieren caminatas diarias para liberar endorfinas y contrarrestar el cortisol elevado.
Sugieren practicar técnicas de respiración como la 4-7-8 (inhalar en 4 segundos, retener en 7 y exhalar en 8), para regular el sistema nervioso ante sonidos fuertes. La meditación o los ejercicios de relajación que se consiguen en la web también pueden contribuir a mitigar los efectos postraumáticos.
En el caso de las niñas y los niños, recomiendan actividades que les relaje antes de dormir, como lectura y el uso de lámparas de noche. En la escuela, los docentes deben fomentar espacios en los que los estudiantes expresen sus miedos e inquietudes sin presión. Para los más pequeños se sugieren juegos terapéuticos dirigidos.
En general, retomar las actividades de forma progresiva ayudará a mitigar los efectos de este suceso del pasado 3 de enero que, aunque parecía lejano, impactó directamente a la población
En estos momentos la empatía, solidaridad y la escucha activa son herramientas para sanar y ayudar al vecino, amigo o familiar. Validar los sentimientos y percepciones del otro también es vital: cada persona tiene una manera distinta de procesar la realidad, interpretarla y asimilarla. Si el malestar persiste es necesario buscar ayuda profesional.
Todos los estudiosos que han opinado sobre el tema coinciden que estas reacciones no son patológicas, sino respuestas normales a eventos de máxima intensidad. La historia de Venezuela contiene innumerables capítulos de resiliencia y las crisis pasadas superadas son el recordatorio de una esperanza cierta.

