Identidad, una palabra que define quiénes somos y que nos une con el territorio y las personas que lo habitan desde el arraigo. Si, desde el arraigo, porque hay quienes viven en una tierra, pero son unos desarraigados, unos completos extraños y extranjeros en su propio suelo y esto es producto de una programación bien diseñada, tal como ocurrió en Venezuela por mucho tiempo… harina de otro costal.

Volviendo al punto inicial ¿a qué viene esta reflexión? Hace semanas, mi hija de 22 años llegó a casa con sus amigos y tal como la mayoría de los jóvenes en estos tiempos, la atención se centró en sus celulares. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones, los tres extrañamente compartían entre ellos y, más sorprendente aun: ¡con el entorno!, especialmente con los adultos que estábamos en el lugar.

Así, comenzaron a surgir preguntas acerca de palabras que para mi generación del cuarto piso son cotidianas, pero para ellos era un descubrimiento. Fue entonces como “macundales”, “totuma”, “guachimán”, que son parte de mi memoria lingüística, para los tres muchachos fue un hallazgo, causa de risas en algunos casos y hasta el inicio de una explicación histórica sobre la epistemología de la palabra. ¿A qué se debió esto?

Venezolario, una aplicación gratuita que funciona como una especie de crucigrama en el que la persona que juega debe descubrir cómo los venezolanos designan ciertos objetos y situaciones.

El juego se puede descargar en cualquier celular. Fue creado por los hermanos Katty y Ronald Kanzler, dos jóvenes de la Colonia Tovar, una población del estado Aragua surgida de migrantes alemanes. Y fíjense que resulta bien curioso que, precisamente, dos muchachos de una comunidad que nació a principios del siglo XX con el propósito de “limpiar” el gentilicio venezolano aprovechando la migración de la Primera Guerra Mundial, sean precisamente quienes coloquen sobre la mesa la esencia lingüística venezolana. ¡Bravo!

Palabras que para unas generaciones son cotidianas, para los más jóvenes son extranjerismos

Lo cierto es que la aplicación Venezolario irrumpió en el panorama digital como un juego de palabras venezolanas, pero su impacto ha sido mucho más profundo que el entretenimiento. Es la razón por la que en este espacio decido explorar más sobre este fenómeno.

Necesidad colectiva de afirmación identitaria

Con más de un millón de descargas, esta aplicación lúdica se ha convertido en un fenómeno cultural que, según Yhoiner Parra, licenciado en Letras, profesor y corrector editorial de estilo, revela una necesidad colectiva de afirmación identitaria.

“Usamos el juego como forma de afirmar o de hallar una identidad”, sostiene Parra. No se trata solo de entretenimiento: el lenguaje, como archivo de afectos, conecta a los usuarios con su historia personal y colectiva.

El término “reconexión” aparece como eje del debate. Parra advierte que el lenguaje lleva consigo una carga cultural evidente, pero también una densidad que puede verse trastocada por fenómenos como la migración o el sesgo generacional. “Muchos jóvenes asumen que aquello que desconocen no pertenece a su identidad”, precisa. Sin embargo, las polémicas demostraron que ese sesgo no es exclusivo de quienes tienen edades tempranas.

El juego ha puesto en evidencia las tensiones que atraviesan la cultura venezolana. “La identidad venezolana se resiste a dejarse entender de forma singular”, afirma especialista en el estudio de la Lengua. La diversidad generacional, social y cultural se manifiesta en la forma en que cada grupo interpreta las palabras, las reconoce o las desconoce. Lo que para unos es memoria, para otros es ruido; lo que para unos es herencia, para otros es extranjería.

En ese sentido, Venezolario ha sido una herramienta que, sin proponérselo, reveló las múltiples formas de entendernos como sociedad. “Aunque nos entendamos como venezolanos, nuestra historia es más grande que nosotros”, reflexiona el corrector editorial.

Esta aaplicación gratuita deja de manifiesto la búsqueda del venezolano de su identidad

De allí que, para este especialista, el conflicto que se generó en torno al juego puede ser visto como una oportunidad. “Ese conflicto puede ser una toma de consciencia de nuestra propia circunstancia”, afirma. Y es verdad, pues si algo ha demostrado esta aplicación lúdica es que el lenguaje no es solo comunicación: es memoria, sensibilidad y vínculo.

El paredón cultural detrás del juego

La aplicación, desarrollada por los hermanos Kanzler, no fue creada por lingüistas. “Quisieron, con toda la ingenuidad que suele acompañar a las buenas intenciones, crear un juego que fuese un punto de encuentro”, comenta Parra. No obstante, lamentablemente, no todos los encuentros son felices. El juego demostró que los contrarios, los opuestos, los diferentes, no siempre están llamados a encontrarse, a veces, lo más ético es aprender a mirar con respeto aquello que nos incomoda.

Si existe algo curioso en Venezolario es que también se juega fuera de la aplicación. Al revisar algunas redes sociales, se encuentra hasta “audios virales” en las que se afirma que, luego de jugar “comprobaron que no son venezolanos”, aunque nacieron en esta tierra de Simón Bolívar. Llegó al punto de convertirse en una suerte de paredón simbólico.

“Las redes sociales son también un paredón con un enorme pelotón de fusilamiento”, afirma el joven profesor al referirse a la presión que recibió la creadora del juego por parte de jóvenes que cuestionaban la autenticidad de las palabras incluidas.

Y es que Kanzler, a pesar de reunir gran cantidad de términos venezolanos, tuvo que justificar su propia identidad frente a una audiencia que exigía validación cultural constante. “Ella misma fue víctima de la necesidad de validación cultural”, subraya Parra. Aunque no se trata de un corpus lingüístico formal, el especialista reconoce el valor de su trabajo: “No tiene ni la intención ni el método, pero tiene un gran valor”.

Este conflicto reveló una tensión profunda entre generaciones. La jerga juvenil, como explica el especialista, es dinámica, agresiva y veloz. “He tenido que pedirles a mis alumnos que me aclaren términos que ellos emplean y que desconozco. Otras veces he tenido que explicarles palabras que yo usaba en mi adolescencia”, comenta. De allí que la brecha entre jóvenes y adultos hace que el desconocimiento sea natural, sin embargo, lo que escandaliza es el rechazo de lo desconocido como ajeno a lo venezolano. ¿Por qué ocurre esta reacción?

“No pueden haber perdido algo que nunca tuvieron o que desconocen”, reflexiona el docente. En tal sentido, desde la perspectiva del especialista, las transformaciones lingüísticas pueden asemejarse a quien se sube a un autobús en movimiento, por eso es difícil hablar de una transición directa entre generaciones. La resistencia, muchas veces, es producto del desconocimiento y del sesgo inmediatista, destaca, pero también puede ser vista como una apología: una forma de defender lo que se cree propio.

El lenguaje como forma de resistencia

En este contexto, Parra enfatiza que el lenguaje se convierte en territorio de disputa. Como ejemplo de esta afirmación, cita al escritor Briceño Guerrero, quien en su libro América Latina en el mundo relata su experiencia cuando estudió en la Universidad de Viena. Sus estudiantes debían ir a la biblioteca hacían una pequeña cola antes que abrieran las puertas.

“A la actividad la llamaban einen Platz belegen, esto es, preservar un asiento. Sin embargo, los estudiantes latinoamericanos creaban nuevos nombres, como einen Platz erobern (conquistar un asiento); den Nest verteidigen (defender el nido) y otros más jocosos como das Fohlen ins Gehege führen (llevar el potro al potrero). Cuenta que los estudiantes alemanes siguieron utilizando la primera expresión sin ningún tipo de problema”, relata.

Lo anterior, comenta Parra, es una muestra cómo “el dinamismo de la jerga juvenil entre los latinoamericanos hace que las transformaciones suelan ser agresivas y rápidas”. Esa capacidad de resignificar, de crear nuevos sentidos, es también una forma de resistencia cultural, recalca.

Pero el lenguaje no es solo juego, es archivo, memoria, historia. “El lenguaje tiene la virtud de ser un archivo de los afectos, de la sensibilidad, de la forma en la que los seres humanos se las han tenido que ver con el mundo”, afirma el especialista. En ese sentido, Venezolario logró, quizá sin proponérselo, hacernos ver que nuestra lengua es un vínculo directo con nuestra historia personal y colectiva.

En este punto, el docente rememora una dura frase de la escritora venezolana Elisa Lerner: “Yo amo a Columbo o la pasión dispersa que Venezuela es un país que no tiene memoria”. Parra aclara que, aunque esta afirmación “es drástica, dramática, desesperante”, en ella se encierra algo de razón. Explica que si algo ha caracterizado a la población venezolana es “un descuido por nuestro pasado y esa actitud se transmite hacia las nuevas generaciones. Si realizáramos un estudio para ver cuánto de nuestra historia está encapsulada en nuestra lengua quedaríamos pasmados”.

Lo anterior se puede comprobar al encontrar, incluso, la influencia de otras lenguas en la nuestra, cómo fue asumida por las personas que no manejaban esos idiomas y las incorporaron al habla cotidiana. Si no me cree indague sobre la palabra “macundales”.

En este punto vale la pena reflexionar cómo el habla se convierte entonces también en una forma de dominación ante el descuido de preservar las formas auténticas y, de allí, quizás entre en “el paredón con un pelotón de fusilamiento”, tal como lo dijo el docente, cuando critico la tendencia de nombrar eventos con habla anglosajona “live”, “fest”. ¿Una forma política de llegar a las poblaciones más jóvenes o la histórica tendencia inconsciente de realzar lo extranjero sobre lo propio?

En sintonía, Parra menciona que “el lenguaje es como un bolso que llevamos a cuestas pero que no hemos querido abrir. La memoria personal está en nuestro idiolecto, es decir, en nuestra forma particular de hablar, pero la memoria de nuestro país está, de entre muchísimos sitios, sedimentada en nuestra lengua. Debemos aprender a mirar y a saborear el lenguaje con más detenimiento”.

Por ello, Venezolario se convirtió en una invitación a abrir “ese bolso lleno de recuerdos colectivos”. A través de este juego, cercano a las maneras y formas que maneja la juventud actual, se invitó a la población juvenil venezolana a mirar con detenimiento, a saborear las palabras, a reconocerse en ellas. No como una certeza, sino como una posibilidad. Entonces, si puede existir un acercamiento a estos sectores sin emplear el lenguaje anglosajón de las redes.

Sobre este tema hay mucha tela que cortar, no obstante, si algo quedó claro con Venezolario, es que no es solo una invitación a invita a jugar: nos obliga a pensar como sociedad con historias y memorias afectivas en nuestra lengua.

Se trata de mirar el lenguaje como un espejo que nos devuelve una imagen fragmentada, conflictiva, pero profundamente reveladora de lo que somos. Porque el lenguaje, como afirma Yhoiner Parra, es una muestra de que “el mundo no comienza cuando nacemos ni termina cuando morimos; el mundo es más grande de lo que conocemos».

T/Natchaieving Méndez