
Un estudio realizado por la Fundación Charles F. Kettering y Gallup reveló una gran paradoja: las personas que pasan más tiempo en las redes sociales consideran la participación democrática como efectiva y tienden a creer que los líderes políticos los escucha. Sin embargo, expresan menor apoyo a la democracia como mejor forma de gobierno (el apoyo cae del 70% al 57% en ese grupo), y son proclives a tolerar, aceptar y expresar opiniones antidemocráticas.
Los datos son interesantes, aunque en algunos aspectos contradictorios. En dicha encuesta realizada a una población de 20 000 ciudadanos en Estados Unidos, 31 % de los frecuentes usuarios de redes cree que el gobierno responde a sus intereses (el doble que los no usuarios) y piensan que la gente común tiene el poder de cambiar el país mediante protestas pacíficas, firmas o donaciones.
Ahora bien, la mayoría de estos “usuarios de redes intensivos” considera que los políticos no deben negociar con la oposición y que «los hechos son solo opiniones». Además, apoyan menos el derecho al voto de todos los ciudadanos, quieren que el gobierno controle más la información y aceptan más la violencia política para lograr objetivos, ¡vaya contradicción!
Los resultados anteriores llevan a pensar que el consumo de redes parece influir directamente sobre la tolerancia política. Estos indicadores muestran una preocupante disposición a adoptar posturas inconsistentes con los principios democráticos liberales. Asimismo, desprenden tres aspectos básicos antagónicamente democráticos presentes en quienes están expuestos de manera constante a las plataformas digitales: legitiman la violencia política como herramienta aceptable, relativizan de la verdad bajo la premisa de que «los hechos son solo opiniones” y se resisten a que sus líderes cedan o negocien con el bando opuesto.
Es La Metamorfosis de Franz Kafka del siglo XXI, cuando el protagonista, Gregorio Samsa, despierta una mañana transformado en un monstruoso insecto, aislado del tejido humano por la incapacidad de comunicarse. Hoy, el internauta experimenta una mutación no física sino cívica, cuando pasa interminables horas deslizando su dedo por la pantalla en scrolling infinito, que le da la percepción de que se comunica abiertamente cuando en realidad lo aparta de forma progresiva de la interacción social y le resta herramientas para comunicarse.
Es el punto de partida de cientos de científicos sociales que se han planteado la interrogante: ¿está el uso intensivo de las redes sociales transformando de manera definitiva nuestra percepción y compromiso con la democracia? ¿Es el tiempo de exposición en las redes el principal factor para la radicalización o la arquitectura de los algoritmos que filtran
Durante años, el debate público se ha centrado en una premisa netamente intuitiva: a mayor tiempo de exposición en las redes, mayor es el riesgo de radicalización. Sin embargo, los datos de este estudio de Gallup, así como otros tantos que se han realizado en relación al tema, demuestran que el problema no radica exclusivamente a la cantidad de horas que dedicamos a mirar la pantalla, sino en la arquitectura digital en la que los usuarios intensivos habitan.
Creer que sus líderes los escuchan y confiar en la resolución de conflictos mediante protestas pacíficas es, sin duda, una posición democrática. Pero que estas mismas personas expresen que no deben existir diálogos con los adversarios y se muestren benevolentes ante las expresiones violentas o intolerantes, dista mucho de ese espíritu cívico.
Descifrando el enigma
En la búsqueda de la resolución de este enigma, existen varios estudios que pueden dar pistas de lo que ocurre. En 2020, durante las elecciones de EE. UU., una investigación independiente coordinada por Andrew Guess (Universidad de Princeton) y Talia Stroud (Universidad de Texas en Austin) evaluó el impacto de la desactivación de cuentas y cambios algorítmicos en la polarización política.
En este estudio, publicado en la revista Science, se intervino de manera directa el algoritmo clásico de Facebook e Instagram: en vez de mostrar contenido político de preferencia o diseñado para enganchar, se cambió a un orden cronológico tradicional (las publicaciones más recientes primero).
¿El resultado? Al cambiar el algoritmo, los usuarios pasaron menos tiempo conectados, vieron contenidos distintos y mantuvieron sus opiniones políticas iniciales. Esto permitió concluir a los científicos que la forma y frecuencia en la que se presenta el contenido no tienen influencia en la polarización de la población, incluso el tiempo de conexión.
No obstante, en otro estudio realizado en 2025, un grupo de investigadores adscritos a la American Political Science Review (APSR) removieron de manera sistemática del hilo de las publicaciones de carácter violento, agresivos, deshumanizantes, degradante o que atacaban directamente al bando ideológico opuesto, sin alterar el tiempo que los sujetos pasaban conectados. El experimento arrojó que aquellos usuarios que formaron parte del grupo de control y que estuvieron expuestos a un entorno digital libre de la toxicidad empezaron a mirar con mejores ojos, mayor respeto y menor hostilidad a quienes pensaban distinto.
Es así como este último estudio traslada la responsabilidad desde el usuario hacia las corporaciones tecnológicas. Es así como la disminución de los consensos democráticos y el auge de la violencia política no son producto de la interconexión sino de los criterios algorítmicos diseñados para amplificar la indignación moral y el libertinaje verbal, solo con el objetivo de maximizar el tiempo de atención.
A todo lo anterior se le agrega el análisis de la periodista Mary Harrington, publicado en The New York Times, en el cual advirtió que el verdadero peligro de la sobreexposición digital no es solo la fijación de posturas políticas, sino la progresiva demolición de las capacidades cognitivas a largo plazo. Un individuo, especialmente en edades tempranas, que prioriza el estímulo breve, compulsivo y hostil (tal como están diseñados los algoritmos), fractura la facultad de razonar desarrollada por siglos por la especie humana.
En otras palabras, un individuo expuesto de manera constante al dinamismo de las redes y a la rapidez de los algoritmos, difícilmente puede sostener un razonamiento lineal y profundo, así como la paciencia que requiere un pensamiento analítico, fundamental para los consensos democráticos. Todo esto crea una población vulnerable a la manipulación afectiva de los discursos polarizantes.
Al final del camino, el peligro de las redes sociales no es solo la cantidad de horas de exposición a una pantalla, sino la pérdida de la capacidad humana de razonar y escucharse que atención. Si la democracia se basa en dialogar, aceptar que otros piensan distinto y buscar acuerdos en paz, los algoritmos actuales hacen exactamente lo contrario al premiar el insulto y la división para mantener la conexión.
Salvar nuestra convivencia no dependerá de apagar el celular, sino de exigir plataformas más sanas y de recuperar nosotros la paciencia para pensar despacio, conversar sin agredir y recordar que el que opina diferente no es un enemigo.
Natchaieving Méndez

