Natchaieving Méndez

Hace algunos días, una persona me comentó que Donald Trump era un mal necesario “que volvió para poner orden”. Su opinión me llamó poderosamente la atención, no solo porque provenía de alguien que es la antítesis de lo que el presidente estadounidense defiende (proviene de una familia humilde que conoce el racismo, la desvalorización por estrato social y las consecuencias del exceso de capitalismo), sino también por el empleo con contundencia de la palabra “orden” … eso quedó revoloteando en mis pensamientos largo rato.

Me vino a la mente entonces las palabras: “orden”, “familia”, “tradición”, “religión”, ¡la conexión quedó clara!, todo esto proviene de un pensamiento conservador. No me malinterprete, estos sustantivos ciertamente deben atenderse y estar presentes en la dinámica social, pero desde el equilibrio que sea incluyente.

Ciertamente, el objetivo de mantener estas premisas solo es bueno cuando esto no interfiere con el desarrollo, la libertad y el derecho a la autodeterminación del otro. Pero si en el afán de conseguir un “orden” se vulnera a los demás, las causas nobles entran en discusión.

No es la única persona a la que he escuchado decir un comentario similar: en el metro, en la camioneta, entre los de a pie hay quienes defienden esta postura, especialmente, en zonas que no son populares sino de alto ingreso adquisitivo. Esto es producto de la programación que se instaló desde hace mucho en las sociedades latinoamericanas, a las que les inculcaron, primero, que el orden era posible solo bajo la dirección europea y luego con la guía del “hermano mayor” … ¡vaya hermanito!

Y es que, en el mundo, en los últimos meses ha existido un repunte del conservadurismo, “el nuevo auge de la ultraderecha”, término último que muchas veces se emplea sin tener conocimiento pleno de lo que significa, el peso y las consecuencias de su existencia; incluso, en algunos casos se le adjudica a alguien solo por ser adversario. Entonces, ¿qué quiere decir que una persona sea de derecha? ¿de dónde viene la terminología? ¿el prefijo “ultra” le da el carácter absoluto a una forma de pensamiento? Como siempre digo, desmigajemos este planteamiento

El lado del asiento dividió al mundo

En el universo de la web, encontré un trabajo del internacionalista español Fernando Arancón, que ilustra parte de las preguntas planteadas anteriormente. El fundador del portal El Orden Mundial, ubica el origen de estos términos en la época de la Revolución Francesa, cuando “en la Asamblea Nacional de entonces, los afines al rey y al Antiguo Régimen se sentaban a la derecha de la presidencia y los opositores a la izquierda”

Las características que diferenciaban a un grupo de otro comenzaron a emplearse como etiquetas de concepciones del pensamiento, definiendo a los de la derecha como conservadores, nacionalistas, que concebían la desigualdad como consecuencia del orden natural. En cambio, los de la izquierda se oponían a estos principios porque eran reformistas y concebían las diferencias sociales como consecuencia de las acciones humanas de sectores con privilegios sobre otros menos afortunados.

Arancón menciona que estas diferencias se acentúan más en el siglo XIX con la Revolución Industrial. Aquellos que pensaban que todo el esfuerzo de la sociedad debía estar orientado a conservar el orden, la familia, los valores religiosos, el libre mercado, las jerarquías tradicionales y la desigualdad como un fenómeno social natural y positivo, por lo que el Estado no debe corregirlo, pertenecían a quienes se aliaban o heredaban el pensamiento de derecha.

En el lado contrario, quienes se ubicaban desde una postura de izquierda, recalcaban la necesidad de un cambio social, más igualitario y sin jerarquías tradicionales, enfocados en el deber del Estado en resolver las desigualdades y la lucha de clases.

Es a partir del siglo XX cuando se le añade el prefijo ultra para definir a aquellas personas con pensamiento de derecha que se oponen a la democracia liberal; es decir, si bien pregonan mantener los principios democráticos, cuestionan la independencia de sus instituciones pues consideran que esto dificulta el mantenimiento del orden tradicional.

El pensamiento de la ultraderecha, refiere Arancón, es hostil hacia la esencia de la democracia liberal como “la idea de libertad, igualdad o el respeto a las minorías” y también hacia algunos procesos, como el de las mayorías. De allí que se puede identificar a muchos líderes con este pensamiento que, pese a haber llegado al poder por la vía democrática, promueven en sus discursos el autoritarismo, la exclusión y la exacerbación del nacionalismo.

Este término de ultraderecha genera dos vertientes: la extrema derecha y la derecha radical. La primera rechaza radicalmente la democracia liberal, por lo que persigue lograr un Estado autoritario (autocracia). Muestra de ello se observó en Italia con Benito Mussolini (fascismo), y en Alemania con Adolf Hitler (nazismo). En cambio, el segundo tipo de derecha, acepta de forma general los principios democráticos, pero se opone a principios básicos como “el respeto a las minorías o el Estado de derecho”, explica el internacionalista español.

¿Con qué nos encontramos ahora?

Analistas internacionales ubican a Donald Trump dentro de la derecha radical, en la que también se incluye a Javier Milei (Argentina), en su momento a Jair Bolsonaro (Brasil), Nayib Bukele (El Salvador) y otros tantos que, inicialmente usaron el discurso de izquierda, pero luego generaron políticas que coinciden con los principios de este pensamiento.

Sin embargo, a diferencia de sus homólogos, especialmente en este segundo mandato, el discurso y las acciones del magnate estadounidense lo han ubicado hacia una tendencia más cercana a la extrema derecha. Es así como en su retórica confronta constantemente las decisiones de los otros poderes de su país y las desafía. Igualmente, exalta su soberanía y usa la narrativa del “enemigo interno” para emprender acciones antimigratorias, antifeministas, opositoras al multiculturalismo, contraria a la diversidad sexual y de género, orientadas al negacionismo climático.

Lo peligroso no es que este pensamiento se posicione en su territorio, sino que pareciera tener alcance continental y hasta cierto punto mundial, posicionando a China como el gran enemigo. Su intención, es público, notoria y notoria, y la manifiesta sin desparpajo en redes sociales, es favorecer las élites corporativas e imponer una hegemonía económica mercantilista como los Gobiernos estadounidenses lograron en gran parte del siglo XX. Es así que el liderazgo de EE. UU. se impone no por consenso, sino por presión geopolítica y manipulación institucional.

Asimismo, las acciones de Trump como la intensificación de las medidas ejecutivas por encima de sus instituciones, la deslegitimación a los medios de comunicación, los constantes ataques, el  desconocimiento del poder judicial y una narrativa de victimización en la que “todo el mundo se ha aprovechado de los Estados Unidos”, son parte de las estrategias para ejecutar acciones en contra de un país, así estas vulneren los principios fundamentales establecidos en la Carta Interamericana de los Derechos Humanos.

Pero esto no lo ejecuta solo, el inquilino de la Casa Blanca ha logrado establecer una red continental de liderazgos que emulan sus acciones. De alguna forma, esto podría configurarse en una nueva forma de autoritarismo transnacional que se disfraza de democracia electoral mientras erosiona sus fundamentos.

¿El nuevo “libertador” de los neonazis y neofascistas?

La identificación de Trump con la extrema derecha no es nueva. En un artículo publicado en 2020 en The New York Times, la periodista Katrin Bennhold resaltaba la preocupación de las autoridades alemanas por el aumento de seguidores del movimiento QAnon, el cual promueve teorías conspirativas sobre un supuesto “Estado profundo” y la necesidad del regreso del antiguo Reich.

Este grupo, destacó la comunicadora en su artículo, creció rápidamente en Alemania durante la época de la pandemia, período que fue propicio para que a través de las redes sociales difundieran discursos radicales y extremistas. En su retórica, no solamente desconocían al Estado, sino que también concebían a Donald Trump como el nuevo “libertador”, el promotor de lo que denominaban “el gran reemplazo” y el “Día X”.

En Estados Unidos, en 2021, algunos simpatizantes de este movimiento fueron responsables del asalto al Capitolio, una acción que, si bien no fue respaldada directamente por el magnate, él afirmó que quienes la llevaron a cabo eran personas “que amaban profundamente al país”. Aunque existen contradicciones entre los principios de este movimiento y las acciones del mandatario estadounidense, lo que resulta llamativo es precisamente la conexión entre este grupo radical y las ideas promovidas por Trump.

Tres ideas de la narrativa trumpiana

Volviendo al artículo de Arancón, los grupos de la derecha radical que ahora parecen pasar a la extrema derecha estructuran su forma de ver el mundo en tres ideas: el nativismo, el autoritarismo y el populismo.

Expliquemos esto con ejemplos. Desde su retorno a la presidencia, Donald Trump ha enfatizado de forma reiterada: “vamos a detener la invasión y devolver el país a los verdaderos estadounidenses”, esto es un ejemplo del nativismo, una ideología que promueve la defensa de una identidad nacional homogénea, que es amenazada por la inmigración, la diversidad cultural o el pluralismo político.

Esta tendencia que a su vez incentiva xenofobia, ha ocurrido en EE. UU. en diversas épocas. Así, durante y luego de la Primera y Segunda Guerra Mundial, los inmigrantes japoneses, alemanes e italianos no solo fueron encarcelados en centros de concentración por la Ley del Enemigo extranjero, desempolvada por el actual mandatario, sino que también fueron objeto de rechazo por parte de los mismos estadounidenses.

Esta realidad vuelve a repetirse en la actualidad contra los hispanos, especialmente, los venezolanos a quienes Trump ha calificado de terroristas, sin distinción, y ha retirado los estatus de protección que los amparaba. Además, algunos grupos como los sexogenerodiversos también han sido objeto de exclusión por parte del mandatario estadounidense.

La segunda idea planteada por Arancón, el autoritarismo, se trata de un modelo de sociedad rígida, en el que la transgresión de la norma es castigada. La muestra más reciente de esta tendencia en Trump, sin contar la deportación y desaparición forzada de 252 venezolanos enviados a El Salvador, fue el despliegue de fuerzas militares en el Caribe que desde octubre emprende para forzar un cambio de poder en Venezuela.

Esta acción de la Administración de EE. UU. no se trata de una dictadura formal, pero sí de una estructura vertical en la que el liderazgo se impone sin mediación, y cualquier transgresión al orden establecido se castiga con fuerza. Esta visión de la sociedad, se basa en la obediencia incuestionable, por lo que al Colombia manifestar su desacuerdo también entra en el ojo del huracán Trump. En este marco, el uso de la fuerza sustituye al diálogo, y la imposición se convierte en herramienta política.

La tercera postura de la derecha radical tendiente a la extrema derecha es el populismo, bajo la visión que sus partidos son los únicos representantes legítimos de la voluntad popular o sentir general que no es escuchado. En este aspecto y relacionado con el territorio venezolano, vale mencionar el sector que lidera la dirigente política María Corina Machado, quien asegura que su opción aglutina a toda la oposición de la nación suramericana, cuando encuestas internas señalan que este sector se encuentra ampliamente dividido por el radicalismo evidenciado en algunos dirigentes.

La historia no se repite, pero sí se disfraza. El liderazgo de Donald Trump, con su retórica de orden, exclusión y supremacía nacional, ha dejado de ser un fenómeno local para convertirse en una arquitectura de poder transnacional. Como en el siglo XX, cuando Hitler soñaba con un Reich que dominara el mundo, hoy se configura una hegemonía sin uniforme, pero con los mismos pilares: obediencia, jerarquía, enemigo interno y expansión. Lo inquietante no es solo el discurso, sino su capacidad de contagio. Si no se desmenuza, se normaliza. Y si se normaliza, se impone.