
Por: Natchaieving Méndez
Hace unos días, revolviendo entre los objetos de mi adolescencia, encontré un CD de mi agrupación favorita. Recordé el momento exacto en que me lo regalaron y cómo se convertía en la banda sonora de la casa cada vez que me tocaba limpiar. Esa tarea tediosa mutaba, para mí, en la oportunidad perfecta para repetir cada canción una y otra vez; mientras que, para el resto de mi familia, se transformaba en un largo encierro en sus cuartos, esperando a que yo despejara la sala.
Aunque el mundo se acababa el día siguiente, si la disquera quebraba, si la agrupación se disolvía (como en efecto ocurrió) y borraba su catálogo, ese CD seguiría sonando en mi sala. Había una conexión física, ritual, un lazo tangible con el objeto y, por ende, con la cultura.

Ahora me basta con mirar la pantalla de mi teléfono, ingreso a plataformas como Spotify o Youtube y tengo acceso a millones de canciones. Lo mismo ocurre con las películas, antes tenía la costumbre de buscar en el cajón el DVD (o tiempo más atrás el casete del Betamax) y escoger la película favorita que amenizara el tiempo libre, aunque ya la hubiese visto.
Hoy solo abro la aplicación y ya tengo una amplia cantidad de opciones. Pero ¿qué pasa cuando vence el plazo para el pago del acceso a la plataforma y no cancelo, o si alguno los dueños de estos espacios digitales deciden no distribuir más o sacar de su plataforma determinada canción o película La decida rescindir un contrato de distribución? Me percato entonces que “esa montaña de opciones” puede desaparecer con solo el parpadeo de un píxel.
Esto nos revela una verdad incómoda: no eres dueño de nada. Nos vendieron la comodidad del acceso ilimitado, pero lo que realmente compramos fue una suscripción a la nada.
Del fetiche del objeto al algoritmo del alquiler
El disco de vinilo, el CD, el casete, el VHS eran algunas de las maneras en la que se conservaba el arte audiovisual. Al ser tangibles, ocupaban un espacio en casa y, de alguna forma, reflejaba quién eras, solo voltear disparaba una cadena de recuerdos que te llevaban a los recuerdos. Con la llegada de las plataformas streaming no solo desaparecieron los estantes que nos hacía viajar al tiempo pasado, además nos enlazó a un alquiler perpetuo para no perder la oportunidad de recordar.

Fue el gran truco de la industria tecnológica: hacernos creer el “acceso ilimitado” era una evolución de la propiedad del recuerdo, cuando en realidad es una trampa para la dependencia.
No es exageración, si dejas de pagar Netflix, el historial de tus películas favoritas se esfuma. Si Spotify decide aumentar la tarifa y tu bolsillo no se ajusta, la banda sonora que te acompaña queda bajo llave. No posees ni la película ni la música, solo pagas el momento de escucharla mientras los señores de la plataforma te lo permitan.
Pero vamos más allá, esta lógica del alquiler de los recuerdos también ha permeado un terreno más íntimo: la imagen de nuestro pasado. Con la revolución digital, los álbumes de fotografías, los documentos importantes pasaron de lo tangible del papel o el dispositivo de almacenamiento a flotar en “una nube” que no está en el cielo, sino en el servidor gigante que se encuentra en Virginia o Dublín y que pertenece a Google, Apple o Microsoft.
Todo parece sencillo y hasta “ecológico” hasta que aparece la notificación de “espacio de almacenamiento lleno”, es allí cuando el sistema te advierte: o pagas la mensualidad o dejamos de sincronizar tus correos y tus fotos. Este es el punto de partida para que tu mente entre en el debate entre qué borrarás, si las fotos y videos de tus hijos de veintitantos en el acto de preescolar o el manual o la presentación de aquel curso que te da un paso a paso para hacer la tarea que te da de comer.
Obsolescencia planificada
Pero esta transición de propietarios a siervos no ocurrió de la noche a la mañana, el desmantelamiento fue progresivo.
Al comenzar la era digital que vendía la posibilidad de conservar grandes archivos y ocupar menos espacio físico, se presentó los disquetes que se introducían en las computadoras para almacenar. Luego, la evolución del computador eliminó las ranuras para leer estos discos, así llevaron a los usuarios a los pendrives que debían renovar cada corto tiempo por su limitada capacidad. Seguidamente se retiraron las tarjetas de memoria expandible en los teléfonos para vincular el almacenamiento a una aplicación digital paga.
El mercado comenzó a asfixiar el formato físico para convertirlo en un objeto de coleccionistas, casi de culto. Entonces, bajo la máscara de la comodidad, se le vendió a la sociedad digital que con solo un clic se alcanzaba la cúspide del internet ilimitado y se le educó a depender de este grifo.
Sin embargo, detrás de esa aparente abundancia se esconde una fragilidad histórica alarmante. Para nadie es un secreto las declaraciones de los dueños de grandes plataformas digitales en las que aseguran que mantener las nubes perpetuamente es insostenible y costoso, razón por la que justifican que películas, músicas y libros en formato digital desaparezcan según la demanda y las lógicas del algoritmo. Además, se le hace creer al usuario, casi como una ley natural, que el contenido muta por lo que la sociedad delega la decisión de que parte de su historia conservar a las corporaciones que solo tienen un fin único: la rentabilidad del trimestre.
Allí entonces aparece un peligro que no solo es económico, es de amnesia colectiva. Si la cultura depende de una licencia corporativa que se vence, el pasado se vuelve manipulable y el presente, volátil.
La desposesión expone a la humanidad a un vacío cultural que en muchos casos ya ha ocurrido por hechos bélicos, desplazamientos, gentrificación, invasiones, pero que ahora aceptamos por contrato.
No es una exageración. En una entrevista a Irene Vallejo, la escritora y filóloga española advierte que “solo el 1 % de los títulos escritos en la Antigüedad clásica europea (griegos y romanos) permanecen en la actualidad”.

Hay más, la organización estadounidense The Film Foundation refirió que el 50 % de las películas filmadas antes de la década de los 50 se perdieron. Si se contabiliza lo que actualmente existe del llamado cine mudo, en la década de 1920, el paisaje es desolador: más de 90 % desapareció. De las 500 películas que dirigió el cineasta francés George Méliès solo se conserva una cantidad que ronda los 200 film.
Despojaron la materia y aplicaron el goteo financiero, cada plataforma se fue fragmentando y a cada parte se le asignó un presupuesto diferente.
Nos acostumbraron a buscar todo en el instante, de manera fácil, pero dejaron en las letras ilegibles del contrato que esta riqueza de opciones también significa una pobreza en propiedad y una memoria dependiente al pago de plataformas.
Al final del día, los magnates del tecnofeudalismo operan como los antiguos mitos del inframundo: si no pagas, te condenan al olvido. Con el mínimo esfuerzo de un algoritmo, estos dueños de la tierra digital hacen que la pantalla se vaya a negro y en ese vacío, desaparecen no solo nuestros datos, sino los registros y la memoria colectiva que testifican que alguna vez estuvimos aquí.

