
En días recientes encontré en el ecosistema digital una publicación desconcertante para el tiempo en el que vivimos. Una muchacha estadounidense, muy bonita, de 21 años, llamada Savanna Faith Stone, hablaba con aparente convicción de la necesidad de eliminar el voto femenino. “¿Qué dice?”, pensé e inevitablemente recordé los siglos de lucha de las mujeres en el mundo por la reivindicación de sus derechos, entre ellos, el tener voz y voto en las decisiones de los países.
Seguí hurgando en redes y su argumento es respaldado por organizaciones conservadoras de Estados Unidos (EE. UU.), una de ellas Turning Point USA, liderada por Erika Kirk, la joven viuda del político conservador Charlie Kirk. Ella también promueve la idea de que la sociedad funcionaría mejor bajo el Household Voting (voto por hogar), es decir, que las mujeres cedan su derecho constitucional y que sea el «jefe de casa» (el hombre) quien vote por toda la familia.
Esta propuesta suena a una escena sacada de El cuento de la criada, la famosa novela de Margaret Atwood. Para quienes no la han visto, la historia transcurre en un futuro cercano donde una sociedad muy religiosa y ultraautoritaria confina a las mujeres a roles domésticos y reproductivos, despojándolas de toda identidad jurídica. Una ficción que pareciera tener ecos en esta iniciativa que coloca la unión familiar como una máscara a la disidencia femenina.
Lo paradójico e insólito no es que la propuesta exista en pleno 2026, sino que sean mujeres jóvenes y occidentales quienes hoy la promuevan en redes sociales bajo el amparo de algoritmos y discursos de «protección» o «patriarcado bíblico».
Ahora bien, ¿cómo se explica que mujeres estén a favor de limitar sus propios derechos alcanzados y que estas circunstancias tengan resonancia y cada vez más seguidores en las redes sociales? Para María Alejandra Laprea, coordinadora de la Marcha Mundial de las Mujeres capítulo Venezuela, este fenómeno no es una anomalía de internet, sino una estrategia sistémica muy antigua.
Citando a Simone de Beauvoir, Laprea explica que el hecho de que existan mujeres que apoyen esta línea es que recalca que “los dominadores, los opresores, no serían tan fuertes si no tuvieran aliados y aliadas entre los oprimidos y las oprimidas», por eso emplean sus estrategias para que la sumisión esté siempre disfrazada de orden natural bien sea por costumbres sociales o por las mismas religiones.
Ejemplifica que este fenómeno es similar al ocurrido durante las gestas abolicionistas en nuestra Abya Yala, cuando algunos esclavizados defendían su cautiverio porque creían que el sometimiento era su condición «natural» en el mundo. La opresión más eficaz no es la que usa la fuerza física, sino la que coloniza el plano ideológico, recalca la activista.
Aclara que la embestida contra los derechos de las mujeres que cobra fuerza en Estados Unidos responde a que las élites de esa nación “se dieron cuenta de que la estrategia de los fundamentalismos religiosos es rentable y da resultados en el sostenimiento del capitalismo”. Además, refiere que estas estructuras ostentan “el poder de bombardear pueblos y, por tanto, de imponer lo que les sea más rentable”.
No obstante, advierte que el peligro mayor radica en que “también son dueños de otro aparato de guerra: los medios de comunicación y las redes sociales. El problema es que quienes manejan a EE. UU. tienen todos los medios a su disposición para imponer su agenda antiderechos”.
“La verdad es que lo que hoy me alarma es que ahora es que se den cuenta de una estrategia que lleva años desarrollándose. Por esto pensamos, desde los feminismos populares, que los fundamentalismos cristianos o de cualquier otra fe son peligrosos y el hecho que hayan penetrado los discursos religiosos en todos lados no es inocente, es una forma de manipulación”, enfatiza.

La falsa inmunidad
Laprea recalca que la comunidad o colectivo de mujeres en el mundo que lucha por la defensa de sus derechos es mucho amplio que el de “la esposa americana de que sale con tacones sacando la torta del horno mientras su esposo está con una pipa en la boca” y que, por sus razones individuales y personales, han decidido que esta es la vida ideal para tener una familia.
Desde su percepción, estas promotoras de corrientes regresivas se consideran inmunes a cualquier tipo de represión sistémica. Creen que su posición de clase o raza las mantendrá a salvo de la pérdida de libertades. Sin embargo, al colaborar con agendas patriarcales, entregan la única garantía legal que asegura su propia protección individual.
Es aquí donde la realidad se calca de la ficción, por lo que Laprea utiliza un personaje clave de la obra del libro de Atwood para desarmar la falsa inmunidad de las mujeres que apoyan estas corrientes regresivas: Serena Joy.
«En El cuento de la criada, una de las gestantes de este mundo distópico de opresión total de las mujeres es Serena», relata. «Y Serena jamás piensa que a ella se le va a prohibir leer; jamás piensa que se le va a infringir un castigo físico y va a perder una mano; jamás piensa que puede terminar como una Marta (sirvienta). Ella jamás piensa que es con ella».
El ejemplo es demoledor y cierto. La historia está llena de episodios que evidencian que cuando los sistemas autoritarios utilizan la lealtad de ciertos grupos vulnerables de manera instrumental e instalan sus mecanismos de control social, se vuelven ciegos y terminan alcanzando incluso a quienes ayudaron a construirlos desde la obediencia.
Esta propuesta del voto por hogar que avanza con fuerza en espacios digitales y convenciones políticas conservadoras no será la excepción.

La amplificación mediática
Tal como lo menciona Laprea, el movimiento de mujeres que defiende la participación de la mujer en todos los ámbitos de la sociedad, incluyendo el político, es mucho más amplio que el que ahora pretende asumir una postura de sumisión apelando a los “valores tradicionales de la familia”. ¿Por qué entonces está tan visible?
La razón la asomó la activista venezolana en párrafos anteriores. El auge del Household Voting está directamente entrelazado con plataformas que respaldan la tendencia dura de Donald Trump. Figuras influyentes utilizan su alcance masivo en redes para diseminar agendas que erosionan las conquistas del sufragio universal.
Un ejemplo de este apoyo mediático ocurre en las cumbres de la organización conservadora Turning Point USA, un evento, liderado activamente por Erika Kirk, que se ha convertido en una vitrina para ideas radicales.
En este ámbito, figuras como Kirk y Savanna Faith Stone defienden abiertamente anular la participación política individual femenina pues argumentan que esto garantizaría un bloque electoral estrictamente conservador.
Esta postura no es de gratis y pareciera tener su razón de ser en los resultados de las últimas elecciones en EE. UU. donde resultó ganador el magnate. Según un análisis de Pew Research Center, citado por el canal de YouTube Expansión, en los comicios de 2024 mientras los hombres favorecieron a Trump por 12 puntos, el 51% de las mujeres blancas le dio su apoyo. En contraste, las mujeres negras e hispanas respaldaron a Kamala Harris con un 89% y 52% respectivamente.
Esta fragmentación demuestra una estrategia clara, el Household Voting busca neutralizar el peso de las minorías. Al diluir la decisión femenina en la jefatura del hogar, la derecha pretende asegurar la hegemonía del voto blanco conservador.

Cuidado y corresponsabilidad
Para Laprea el debate de fondo sobre el voto familiar distrae la discusión sobre el trabajo de cuidados. El sistema económico actual a escala global, explica, descansa sobre las tareas domésticas no remuneradas que realizan mayoritariamente las mujeres. Esas labores sostienen la estructura productiva, pero carecen de reconocimiento legal y valoración económica.
“Estamos luchando porque se reconozca que los trabajos de cuidado no pueden caer solamente en la mitad de la población, que de que tienen que ser ejercidos con corresponsabilidad entre los Estados, las comunidades, los hombres y las mujeres…», subraya.
La coordinadora venezolana de la Marcha Mundial de las Mujeres sostiene que reducir a la mujer al ámbito doméstico busca perpetuar la gratuidad de esta fuerza de trabajo. Al naturalizar estas tareas como atributos biológicos femeninos, se justifica la falta de remuneración económica real, por lo que la propuesta de recluir el voto al ámbito doméstico consolida esta histórica marginación social.
Por otro lado, recalca que la socialización de los individuos no ocurre únicamente en el espacio privado del hogar familiar. Las instituciones públicas y los entornos educativos moldean de manera decisiva el pensamiento de las nuevas generaciones, incluso mucho más que en el seno de la familia en donde se compite diariamente con discursos externos que reproducen lógicas de desigualdad.
Las experiencias cotidianas de crianza demuestran la influencia que ejercen las escuelas en los hábitos infantiles. Un niño que es criado en el hogar para que su lenguaje sea inclusivo cambia al entrar en el colegio y ser corregido por sus docentes bajo la excusa de preservar la corrección gramatical y las normas de la Real Academia Española, elaboradas inicialmente y en su mayoría por hombres.
Los códigos de conducta aprendidos en casa suelen transformarse rápidamente bajo la presión del entorno escolar y los medios de comunicación que actúan como potentes reproductores de la ideología dominante del sistema. Esta realidad que desmitifica la idea de que las madres controlan de forma exclusiva la educación, por ello la pérdida de espacios políticos debilita la capacidad de transformación social.
La defensa del voto de la mujer no se trata de un capricho de un sector, esta es la herramienta, la trinchera mínima para existir ante el Estado. Ceder la representación al “varón del hogar” no solo significa volver a una tradición excluyente y de sumisión, sino aceptar la disolución deliberada de nuestra condición de ciudadanas.
El movimiento feminista no libra hoy una batalla por privilegios aislados, sino por la defensa de una dignidad compartida y un piso democrático irrenunciable. La verdadera emancipación no habita en la ilusión de la protección patriarcal, se encuentra en la conciencia colectiva de que la democracia solo se afianza cuando no se negocia ni una sola de sus conquistas.
T/Natchaieving Méndez

