
Natchaieving Méndez
Una mentira dicha mil veces se convierte en una verdad, así reza el dicho popular y cuando se habla de la Segunda Guerra Mundial y el aporte o la participación de cada uno de los países para frenar la avanzada nazi se comprueba este precepto.
Aunque la historia es una e irrefutable, existe diferencias notables en sus versiones de acuerdo al lado del planeta en el que se encuentre y al año en el que se difundió. Es así como la veracidad, prominencia e intensidad de los hechos pueden variar de acuerdo a la generación que recibió la información, así como su ubicación geográfica.
Desde 1945 ocho décadas han pasado y si se toma como principio que una generación cambia cada 20, apróximadamente, cuatro generaciones han recibido informaciones diferentes, de distintas formas acerca de estos hechos bélicos que marcaron para siempre la historia de la humanidad.
Lo cierto es que desde entonces mucha agua ha corrido. La exageración o minimización de ciertos sucesos y participaciones han sido parte de las herramientas empleadas para posicionar una versión de la historia contemporánea mundial. De allí que, para quienes viven en los países occidentales la interpretación histórica de la Gran Guerra que ha predominado es la difundida por la potencia que emergió en aquel momento: Estados Unidos (EE. UU).
La naciente potencia estadounidense, luego de finalizar 1945 empleó el llamado Poder blando para persuadir, influir y reorientar la historia de la Segunda Guerra Mundial y exaltar su participación. Películas, medios de comunicación, música, pintura, literatura, programas educativos en países bajo la dominación económica del “hermano mayor”, fueron algunas de las estrategias para sobrevalorar, exagerar o minimizar la intensidad de algunos sucesos ocurridos en este conflicto que devastó al mundo y originó la pérdida de más de 80 millones de vidas humanas.
Para el internacionalista y especialista en integración regional, Francisco González, la industria del cine jugó un papel relevante en el posicionamiento de la narrativa occidental sobre la Segunda Guerra Mundial. La idea de sembrar en el pesamiento colectivo que Estados Unidos (EE. UU.), así como al resto de los países aliados fueron los grandes vencedores, contribuyó a minimizar y estigmatizar la participación de la Unión Soviética (URSS). Una constante en las producciones, especialmente provenientes de Hollywood, relacionadas con el tema.
“El tema de las películas es importante aquí. Yo recuerdo cuando veía hace algunos años la película La vida es bella, que es muy buena y ganó un Oscar. Según el final de la misma el niño es rescatado por un soldado estadounidense y se da a entender que ellos habían ganado la guerra contra Alemania, cosa que es totalmente falsa, eso pasó por parte del Ejército Rojo”, destacó el también profesor universitario.
Ciertamente, al analizar este film italiano de Roberto Beningni existen aspectos simbólicos que dan cuenta de la observación del analista. Si bien se trata de una historia en la que no profundiza en los aspectos geopolíticos del conflicto, la aparición de un soldado de EE. UU. como el responsable de salvar al niño protagonista y además dar respiro a un espectador que estuvo por casi dos horas en un drama que atrapó sus emociones, sin dudas, es un simbolismo que inclina la preferencia hacia un lado de la balanza.
Tal como menciona Robert Charvin en su libro Rusofobia, a través de diferentes estrategias discursivas se tiende al “presentismo”, es decir, la tendencia a interpretar el pasado con valores y perspectivas modernas a contextos que tenían normas y circunstancias distintas. Es así que, durante la Guerra Fría en la que EE. UU. y alguno de sus aliados emplearon toda su maquinaria del entretenimiento y las artes para capitalizar adeptos, ofreció una perspectiva de estos hechos sin considerar las razones que para el momento eran vitales para el resguardo de sus naciones e invisibilizaron la verdadera participación de los actores que fueron fundamentales para la derrota de las fuerzas del Tercer Reich.
“El ‘presente actúa como una droga’ niega tanto el pasado como el futuro. Debe demostrar que el acontecimiento que tiene lugar es un fenómeno casi “natural”, que no podía ser de otra manera, que no puede prestarse a diversas interpretaciones y que no requiere ser pensado o interrogado”, se destaca en la obra de Charvin.
Es así como la industria del cine, especialmente la hollywodense, resalta el internacionalista Francisco González, omiten hechos que son importantes para entender las razones que contribuyeron a la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, destaca, las producciones estadounidenses o de sus aliados obvian la importancia de la derrota de la Wehrmacht en la batalla de Stalingrado, así como en la de Kursk (batalla de los tanques), ambas producto de la estrategia del Ejército soviético que recibió el apoyo estadounidense.
Sin embargo, González rescata que en las últimas décadas existen producciones rusas y de países europeos que reivindican el papel primordial del Ejército rojo para la culminación de la Gran Guerra. “Incluso en películas alemanas recientes, hay una muy conocida que es La caída (2004) muestra cuando (Adolf) Hitler cae y es derrotado el ejército alemán (…) Ahora vemos las películas como Stalingrado (2013), una película rusa de alta calidad y que rompen con esa lógica de que fue los Estados Unidos y los aliados los que derrotaron. En mayor cuantía la influencia de la URSS fue primordial para acabar la guerra”, sentenció.
González enfatiza que ciertamente la ayuda de EE. UU, Gran Bretaña y sus colonias como Canadá contribuyeron a reforzar la ofensiva del Ejército ruso para derrotar a las fuerzas hitlerianas, mas esto no fue determinante pues fueron posterior a las batallas en las que el ejército soviético logró la desarticulación de los nazis.
“No dependieron de estas ayudas los rusos para ganar Stalingrado, dependió de la propia fuerza y de las tácticas y estrategias, como ese embalsamiento que hizo (Ejército rojo) para encangrejar al ejército alemán, atraparlo al que era más poderoso para la época y a partir de allí las consecuencias la derrota de Alemania en distintos espacios. Si ayudó, pero no fue preponderante”, dijo.
Exageración para disuadir
Luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial es innegable la influencia de EE. UU y sus aliados en el pensamiento de los países occidentales. La razón es que la URSS y su heredera Rusia bien podían tener relaciones diplomáticas con estas naciones, mas la hegemonía instaurada por el país norteamericano a partir de 1945 impedía que otros argumentos de los hechos históricos llegaran con tanta facilidad que los emitidos por los agentes comunicacionales estadounidenses.
En la misma línea del séptimo arte, otra muestra del posicionamiento de la narrativa de Estados Unidos es la película Salvar al soldado Ryan (1998) en el que se recrea el desembarco y sacrificio de los soldados estadounidenses y sus aliados.
Al respecto, el internacionalista Juan Miguel Díaz Ferrer destaca que desde la narrativa occidental se ha pretendido hacer ver el desembarco de Normandia, conocido como el “Día D” u “Operación Overlod” como un elemento decisivo para la finalización de la guerra, cuando este hecho ocurrió mucho después que las Fuerzas militares de la URSS habían debilitado considerablemente al ejército de Hitler.
“Eso es una gran mentira, es decir, eso ayudó en la medida en que se le crearon dos frentes a los alemanes, pero para la fecha en que surge este segundo frente ya los soviéticos estaban expulsando a los alemanes, en los últimos reductos. Ya los estaban sacando del territorio de la Unión Soviética hacia las otras partes de Europa y se aplicó la Operación Bagration que expulsó las tropas del ejército nazi del centro, hasta destruirla y expulsarla y la fueron conminando a las fronteras occidentales de la URSS”, explicó.
Díaz Ferrer mencionó otro hecho significativo parcialmente difundido por EE. UU. y sus aliados fue lo ocurrido en la batalla de las Ardenas, un territorio fronterizo entre Francia, Bélgica y Luxemburgo al que Hitler quizo dar un golpe sorpresa para tomar el puerto en donde se desembarcaba ayuda y equipos militares.
“Sin mucha tropa, los alemanes le dieron un golpe muy importante a los aliados, fue increíble, eran pocas unidades blindadas alemanas. Los aliados le pidieron a Stalin que los ayudara acelerando la ofensiva que preparaban los rusos para salvarlos del apuro. El clima mejoró, los aliados pudieron usar la aviación y algunas unidades alemanas también se quedaron sin combustible así que pudieron equilibrar esa situación. La idea era que los rusos acelerarán la ofensiva para que los alemanes en el frente oriental tuvieran que mandar más tropas y no pudieran enviar al frente occidental donde estaban ellos”, relató.
Esta parte de la historia es obviada por la versión estadounidense para quitarle proeza al Ejército ruso, recalca el internacionalista, quien además enfatiza que puede que cuenten hechos que en realidad ocurrieron, pero al exagerarlos pierden su naturaleza.
“Ha sido una campaña de mentira y sobre todo esa campaña ha sido dirigida hacia los jóvenes que son los más vulnerables. Hollywood es una maquina de hacer mentiras, de producir películas donde siempre triunfan los gringos en todas las circunstancias, hasta los aliados algunas veces le han protestado de que se roba historias y luego se la anotan ellos”, destacó.
Esta cultura de adjudicarse los logros de los otros, refiere el analista especialista en la historia rusa, es muy vieja de los Estados Unidos. Otro ejemplo histórico citado por Díaz Ferrer fue la intervención de Estados Unidos en la Guerra Cubano-Española, que posteriormente se convirtió en la Guerra Cubano-Española-Norteamericana. En aquel entonces, los norteamericanos estaban ocupados también con el proyecto del canal de Panamá. Los franceses, que inicialmente habían liderado la construcción, se vieron obligados a venderlo debido a los altos costos derivados de las enfermedades que afectaban a los trabajadores, relató.
El internacionalista narró que, en medio de esta situación, se destacó el trabajo del médico cubano Carlos J. Finlay, quien fue el primero en descubrir que la fiebre amarilla era transmitida por un vector biológico: el mosquito. En medio de la guerra cubano española, los norteamericanos solicitaron sus investigaciones y, gracias a la aplicación de sus descubrimientos, lograron superar los problemas de salud que afectaban la construcción del canal de Panamá. Sin embargo, en los registros históricos, el mérito fue atribuido al jefe de la misión norteamericana, el doctor Walter Reed, y no a Carlos J. Finlay. A pesar de esto, en Francia se reconoció la labor de Finlay como fundamental.
Esta tendencia incluso ha ocurrido con los propios aliados de EE. UU. quienes en muchas ocasiones le han protestado la adjudicación de acciones que no les pertenece.
La historia, como herramienta de poder, ha sido moldeada por narrativas que responden a intereses políticos y culturales. Desde Hollywood hasta los libros de texto, las versiones occidentales sobre la Segunda Guerra Mundial han promovido una visión donde Estados Unidos y sus aliados se posicionan como los protagonistas absolutos, relegando la crucial participación de otras fuerzas, como el Ejército Rojo. Revisar críticamente estas representaciones nos permite entender cómo los relatos históricos se convierten en vehículos de influencia y cómo el pasado sigue siendo un terreno de disputa en la construcción del pensamiento colectivo.

