Las imágenes de la riada ocurrida el pasado 26 de agosto en la frontera de Nepal y China parecen sacadas de una película postapocalíptica. La tragedia contabiliza cientos de muertos y casi un millar de desaparecidos, una cifra devastadora que no solo consterna al mundo, sino que enciende las alarmas sobre la velocidad con la que la crisis climática se nos vino encima.

«No es lo mismo llamar al diablo que verlo venir», dicta el refrán popular y la prueba ello está documentado: entre 1977 y 2017, investigaciones satelitales citadas por National Geographic registraron una notable expansión de los lagos glaciares en torno a las 5.000 formaciones de hielo de Nepal.

No obstante, mientras las cumbres se derriten, los grandes gigantes industriales y la principal potencia del Norte global insisten en desestimar la explotación indiscriminada de recursos. Resulta indignante ver cómo la nación que encabeza la huella de carbono histórica del planeta se da el lujo de darle la espalda a los acuerdos mundiales de conservación ecológica y retirarse de los compromisos climáticos globales. Pero eso, aunque grave, es harina de otro costal… sigamos.

Toda esa acumulación de agua en cumbres como el Himalaya representa una amenaza latente para las poblaciones ubicadas en los valles. Esta realidad demuestra que la vulnerabilidad no habita solo en la cima que se descongela, sino en el suelo que pisamos aguas abajo. El peligro se multiplica cuando construimos viviendas y ciudades cerca de los ríos sin planificación territorial alguna; por eso, un fenómeno físico de la naturaleza termina transformándose en una tragedia humana. A fin de cuentas, la montaña solo termina reclamando el cauce que el calentamiento global le arrebata al hielo.

El rugido de la montaña

De acuerdo con lo publicado en diversas fuentes informativas y científicas, un colapso en un glaciar de Himalaya movilizó agua, hielo, sedimentos y rocas a gran velocidad. No fue una inundación común, en estos eventos extremos, el caudal puede alcanzar unos 15.600 metros cúbicos por segundo, según estimaciones científicas publicadas por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

Este desastre recuerda los riesgos de las cumbres asiáticas, es decir, si bien el calentamiento global derrite hielos y multiplica lagos, no actúa solo. Derrumbes de tierra, lluvias muy fuertes y el mal estado del suelo son el gatillo que termina desatando estas destructivas avalanchas de agua y lodo.

Para entenderlo fácil, imagine que un glaciar es como un gran río de hielo que sostiene mucho peso. Cuando ese hielo ya no aguanta más y se rompe, la gravedad hace que toneladas de hielo y tierra caigan con fuerza por la montaña. El golpe ocurrido en la zona limítrofe del Tíbet fue tan duro que sacudió la tierra y al principio los mapas pensaron que era un temblor normal.

Luego se comprobó que un sismo de 4.4 detectado los sensores del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS, por sus siglas en inglés), no causó la inundación, sino que fue el impacto del derrumbe de hielo que, al chocar con el fondo del valle, fue lo que hizo temblar el suelo. Esta enorme masa bloqueó el paso de un río cercano y, al romperse esa barrera natural, soltó una ola gigante de lodo y rocas que arrasó con todo a su paso.

Proyectiles de lodo y roca

El detalle de este tipo de fenómenos es que el agua nunca viaja sola, mientras desciende por las pendientes arrastra barro, troncos y bloques de piedra. El flujo se densifica hasta transformarse en una masa capaz de cambiar el paisaje a su paso.

Es como una cadena de fichas de dominó cayendo en la montaña: cae la tierra con hielo, sale el agua atrapada y el valle estrecho la empuja como un tubo hacia abajo. Las carreteras, los puentes y las casas reciben de golpe toda esa fuerza como un disparo de lodo y piedras. Ninguna construcción aguanta un golpe tan duro de la naturaleza.

El informe publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) confirma esta dimensión. Una crecida glaciar de este tipo puede igualar el volumen de los ríos más caudalosos del planeta durante la época de lluvias y la destrucción aguas abajo resulta inevitable.

Ahora bien, hay otro problema escondido desde hace muchos años arriba en las montañas. Conforme el calor y el aumento del calentamiento global derrite el hielo de los glaciares, van quedando grandes hoyos que se llenan de agua y nacen los lagos glaciares, atrapados por morrenas que son paredes de piedras y tierra suelta que el mismo hielo empujó con el tiempo.

Existen miles de estas lagunas en el Himalaya contenidas por represas naturales frágiles, por lo que el riesgo aumenta con la cantidad de agua almacenada. Una simple caída de rocas genera olas gigantes que rompen el quebradizo dique y liberan miles de toneladas de agua sin previo aviso.

Investigaciones publicadas este 2026 confirman que el deshielo acelera la expansión de estos lagos en la cordillera del Karakóram. En Nepal este proceso satelital se monitorea desde hace cuatro décadas.

El factor de la vulnerabilidad

En este punto, es necesario aclarar que el hecho de que existan más lagos en las montañas no significa que todos vayan a romperse mañana. De hecho, una investigación de la revista científica Nature Climate Change explica que, desde 1980, la cantidad de paredes de piedras (morrenas) que se rompen al año no ha aumentado de forma exagerada, a pesar del aumento del calentamiento global.

La verdadera amenaza depende de variables más complejas. No basta con saber cuánto volumen de hielo se derrite, la clave está en determinar qué desencadena la falla y qué encuentra el agua en su camino.

Ya sabemos qué factores naturales lo desencadena, ahora bien, el aspecto humano define la magnitud de la tragedia, es ahí donde reside la mayor lección del desastre reciente. La riada se convierte en catástrofe social cuando destruye infraestructuras, puestos de control y áreas pobladas.

Esta y otras catástrofes recientes nos gritan una lección aprendida tras dolorosos episodios de nuestra historia: la planificación territorial determina si la furia de la naturaleza queda en un simple fenómeno del planeta o se convierte en una tragedia humana.

Fenómenos tan destructivos no pueden evitarse por completo, pero su impacto social sí puede reducirse. Especialistas sugieren que la clave está en la instalación de sistemas de alerta temprana en cuencas altas, pues detectar cambios en el nivel del agua otorga minutos valiosos para evacuaciones organizadas.

A fin de cuentas, el calentamiento global acelera los tiempos de la naturaleza, pero nuestras decisiones sobre el territorio definen el costo humano. La prevención no es detener la montaña, sino ordenar nuestras ciudades con criterio, entender dónde no debemos construir y responder a tiempo. No estamos necesariamente ante el fin del mundo, pero sí ante la obligación urgente de dejar de destruirlo con nuestra propia imprudencia urbana.

T/Natchaieving Méndez