
Hay personas que pueden dormir en cualquier lado de la cama y otras que, incluso cuando están solas, terminan colocándose exactamente en el mismo lado. Son pequeñas costumbres que se repiten sin darnos cuenta y que, aparentemente, no tienen demasiada importancia.
Sin embargo, detrás de estos gestos cotidianos hay mecanismos psicológicos interesantes. Porque repetir una conducta conocida nos evita tomar decisiones, pero también puede proporcionarnos una sensación de seguridad, control y continuidad en un mundo en el que muchas otras cosas escapan a nuestro control.
«En ocasiones se debe a una necesidad inconsciente de buscar un entorno controlado, seguro y previsible», explica Ana Guerrero Braña, psicóloga del Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP). Y añade que estos microhábitos cumplen también una función adaptativa, ya que ayudan al cerebro a reducir la carga psicológica que supone tomar decisiones continuamente.
¿Por qué nos gusta hacer siempre las cosas de la misma manera?
A lo largo del día el cerebro tiene que enfrentarse a infinidad de elecciones. Algunas son importantes y otras tan pequeñas que apenas somos conscientes de ellas: qué ropa usar, dónde sertarse, qué taza cogee, por cual ruta debes ir al trabajo o en qué lado de la cama dormimos.
Automatizar algunas de estas decisiones simplifica la vida. «Toda conducta que se transforma en un automatismo mediante aprendizaje repetitivo constituye cierta certeza en el maremágnum de inseguridad diaria, generando una sensación de continuidad o rutina», señala Guerrero Braña.
¿Por qué nos molesta que alguien utilice nuestro sitio?
La situación resulta todavía más curiosa cuando otra persona ocupa ese espacio, esto «Debido a la territorialidad humana y al sentido de propiedad», destacan los expertos. La territorialidad comprende los comportamientos mediante los cuales una persona marca y protege determinados espacios, mientras que el sentido de propiedad puede hacer que sintamos que un objeto o un lugar nos pertenece aunque legalmente no sea nuestro.
El uso repetido genera familiaridad. Una silla determinada en el trabajo, nuestro lado del sofá o una taza concreta pueden acabar formando parte de lo que se considera la zona de confort. Esto ayuda a entender esa pequeña incomodidad que se puede experimentar al descubrir que alguien se ha sentado en «nuestro» sitio. Sabemos racionalmente que no ocurre nada, pero nuestro cerebro detecta que algo ha alterado una rutina que daba por hecha.
¿Cuándo una costumbre deja de ser simplemente una costumbre?
Se puede preferir un lado de la cama y dormir perfectamente en el contrario cuando es necesario. Se puede tener una taza favorita y utilizar otra sin que eso estropee la mañana. Esa flexibilidad es importante. El problema puede aparecer cuando el hábito deja de facilitarnos la vida y empieza a condicionarla. Determinadas costumbres pueden pasar «de ser una costumbre agradable a un hábito rígido que limita la vida diaria» señala la psicología.
T/Agencias

