¿Qué es lo primero que recuerdas de tu vida? Tal vez la caída en un parque, el destello de una vela de cumpleaños o la textura de un juguete concreto. Sin embargo, por mucho que intentes retroceder en el tiempo, existe un muro invisible alrededor de los tres años de edad. Todo lo sucedido antes de ese tiempo parece desaparecer.

Este fenómeno no es una falla de tu memoria ni un descuido de la mente. La ciencia lo denomina amnesia infantil o amnesia del desarrollo, y durante más de un siglo desconcerta a neurocientíficos y psicólogos. Hoy sabemos que no olvidamos los primeros años porque no pase nada relevante, sino porque el cerebro atraviesa una de sus metamorfosis más extremas.

El mito de la mente en blanco

A finales del siglo XIX, Sigmund Freud postuló que los recuerdos de la primera infancia se reprimían debido a impulsos traumáticos o inaceptables. Pero, la neurociencia moderna deja atrás esa visión psicoanalítica para centrarse en la biología del desarrollo.

Los bebés no carecen de memoria. Un niño de dos años puede recordar perfectamente dónde guardó un juguete el día anterior, reconocer a personas que no ve hace semanas o aprender patrones de conducta complejos. Existen dos tipos principales de memoria: la memoria implícita (inconsciente, como aprender a caminar o tragar) y la memoria explícita o episódica (la capacidad de recordar eventos concretos con un contexto de tiempo y lugar).

Lo que la amnesia infantil borra no es la capacidad de aprender, sino la memoria episódica a largo plazo. La pregunta crucial es: si los niños pequeños forman recuerdos, ¿por qué los adultos no podemos acceder a ello?

La paradoja de la neurogenesis

Durante mucho tiempo se pensó que los niños no recordaban su primera infancia porque el hipocampo, la estructura cerebral con forma de caballito de mar responsable de consolidar los recuerdos, no estaba lo suficientemente desarrollado. Sin embargo, en la última década, las investigaciones revelan una paradoja fascinante: el problema podría ser exactamente el contrario, una sobreproducción de neuronas.

El hipocampo de un bebé produce nuevas neuronas a un ritmo frenético, un proceso conocido como neurogénesis. Aunque la llegada de nuevas células fortalece la capacidad de aprender rápidamente, también altera los circuitos neuronales ya existentes.

Imagina un archivador donde cada día alguien añade miles de carpetas nuevas y reorganiza los cajones por completo. Las conexiones donde se almacenaron las experiencias de los primeros dos o tres años se reconfiguran continuamente. Este remodelado constante borra o vuelve inaccesibles los «rastros» de memoria (engramas) que se habían formado previamente. A medida que el ritmo de neurogénesis se frena alrededor de los siete años, los recuerdos comienzan a asentarse de forma duradera

¿Los recuerdos desaparecen?

Una de las grandes controversias de la neurociencia actual es si los recuerdos infantiles se han borrado físicamente para siempre o si permanecen latentes, inaccesibles por falta de la «clave de recuperación» adecuada.

Experimentos recientes en modelos animales sugieren que los engramas de la infancia podrían seguir presentes en el cerebro, pero desconectados de las redes neuronales de búsqueda. Aunque no podamos evocar conscientemente la fiesta de nuestro segundo cumpleaños, las emociones, los aprendizajes asociativos y las bases del apego formados en esa época permanecen intactos.

De este modo, la amnesia infantil limpia el registro de los detalles episódicos, pero conserva la arquitectura emocional y cognitiva que moldea quiénes somos en la edad adulta.

T/NCYT