
Natchaieving Méndez
Ya no cuidan el patio ni se quedan afuera, hoy duermen en la cama, tienen su propio presupuesto y ocupan un lugar central en la mesa familiar. En Venezuela, las mascotas pasaron de ser una compañía secundaria a convertirse en miembros fundamentales del hogar y un pilar de soporte emocional imprescindible.
En los últimos años, la presencia de mascotas en sitios públicos aumentó. No es un fenómeno exclusivo del país, esta tendencia es conocida como pet-friendly o lugares amigables con las mascotas, lo cual ha desatado un intenso debate entre quienes defienden esta postura y aquellos que la adversan.
Ciudades como Tokio, Madrid, París o Buenos Aires han llevado esta corriente al siguiente nivel, permitiendo el ingreso de mascotas a redes de transporte público, hoteles de lujo, centros comerciales e incluso salas de cine con áreas acondicionadas. En Estados Unidos y Alemania, por ejemplo, adoptaron normas sanitarias claras que exigen carnet de vacunación, zonas delimitadas de consumo y un estricto protocolo de adiestramiento cívico.
En nuestro país, hechos recientes, como la agresión a una trabajadora del Metro de Caracas tras negarle el paso a una usuaria con su perro, o el desmantelamiento de una escalera mecánica para rescatar a un canino cuya dueña no lo llevaba en brazos, han encendido las tensiones sobre la adopción de este modelo de integración pet-friendly.
El recordatorio del Sistema Metro de Caracas de la prohibición estricta del ingreso de mascotas a sus instalaciones según su normativa generó posturas encontradas en redes sociales, donde algunos ciudadanos tildaron la restricción como “discriminatoria” bajo el argumento de poder trasladar animales pequeños en bolsos. Otros respaldaron la norma por razones de seguridad y salud pública.

La falta de infraestructura adecuada para el tránsito animal, las exigencias de salubridad, el respeto al espacio ajeno y los verdaderos límites de la convivencia urbana se sitúan hoy en el centro de la discusión, dejando sobre la mesa una pregunta: ¿hasta qué punto nuestras ciudades y normativas están realmente preparadas para integrar a las mascotas en la vida pública sin comprometer el bienestar colectivo ni la seguridad de los propios animales?
¿Defender o humanizar?
Hoy en día, pasear por centros comerciales de las principales ciudades como Caracas, Valencia o Barquisimeto, implica encontrarse personas con sus mascotas sobre mesas de restaurantes, en los carritos de supermercado que también son luego usados para llevar alimentos, en la playa e incluso en espacios lúdicos para niños. En redes sociales se ha cuestionado si es correcto equiparar los derechos de los animales con los derechos e higiene de los seres humanos.
Desde el punto de vista psicológico, el que una persona desee equiparar sus derechos con el de sus mascotas se define como antropomorfismo: atribución de cualidades, emociones y comportamientos estrictamente humanos a los animales. En una entrevista publicada en web, la psicóloga Silvana Muriana, docente de la Universidad Central de Venezuela y presidenta de la organización Petya, explica que este exceso de empatía suele enmascarar proyecciones y carencias afectivas del propio ser humano.
Destaca que, al vestir a las mascotas, ponerles calzado o trasladarlas en coches de bebé, se termina desdibujando la naturaleza de la especie, cayendo inadvertidamente en lo que la especialista califica como un maltrato “silente e invisible” que distorsiona sus instintos e impide su desarrollo conductual natural.
Es así como la psicóloga resalta que es necesaria la reflexión sobre si realmente su mascota se siente cómoda al usar accesorios humanos y permanecer en sitios que no son adecuados para tener la libertad de actuar de acuerdo con su especie. De allí que Murina invita a “animalizarse” en este sentido en vez de humanizar al animal.
Otro aspecto que surge desde la psicología y que explica el afán de los dueños de mascota en “humanizarla” es que esta tendencia refleja una profunda transformación en la estructura social contemporánea. Factores como la soledad, el aislamiento e incluso la desvalorización o postergación de la maternidad y paternidad tradicional han impulsado la figura de los «perrhijos».
Es así como el deseo de legitimación emocional es lo que impulsa el afán de exigir que los animales gocen de los mismos accesos y prerrogativas que los humanos en espacios públicos; es proyectar en el plano normativo y comunitario un estatus que satisfaga el confort del dueño, muchas veces sin evaluar si el entorno urbano o comercial resulta idóneo para el animal.

Controversia del confort animal
Es común que muchos dueños asuman que el carácter dócil de su mascota en casa se mantendrá en otros espacios llenos de gente, ruidos y olores. Sin embargo, cuando el animal en estos sitios públicos ladra o busca hacer sus necesidades, la tensión en el ambiente aumenta.
Desde el ámbito jurídico, si bien la Ley para la Protección de la Fauna Doméstica Libre y en Cautiverio, promulgada en 2010, establece deberes básicos de cuidado y tenencia responsable, no regula de manera específica la entrada de animales a establecimientos de consumo de alimentos o comercios privados.
Es por ello, y frente al debate pet-friendly, que la Asamblea Nacional anunció que avanza en la elaboración de un borrador final para legislar formalmente la presencia de mascotas en espacios públicos y de transporte, como el Metro de Caracas y centros comerciales.
En este sentido, la diputada Carlyana Arriechi, recalcó que la búsqueda de reformar el marco jurídico vigente sobre el tema va encaminada a abrir el debate parlamentario hacia fórmulas de adaptación urbana, como la eventual habilitación de vagones del metro específicos que reconozcan la presencia animal sin comprometer el orden cívico ni la seguridad comunitaria.
Por su parte, el Ministerio del Poder Popular para la Salud mantiene regulaciones sanitarias estrictas para la manipulación de alimentos. Estas normas prohíben expresamente la presencia de animales en zonas donde se preparan o sirven comidas para consumo humano, y es en este punto en donde se genera el gran choque legal y operativo entre los dueños de locales y las autoridades.
El dilema de los comerciantes es que si prohíben la entrada de mascotas a sus locales, pierden a un grupo enorme de clientes que se niegan a salir sin sus animales. Pero si permiten el acceso libre, se arriesgan a sanciones sanitarias por parte del Estado y a la molestia de clientes que buscan comer tranquilos y con higiene.
En este debate también surgen los argumentos vinculados a la medicina veterinaria. Los médicos veterinarios insisten en que un perro estresado por el ruido urbano puede reaccionar de forma impredecible, a la par existen aspectos zoonóticos, término técnico para referirse a las enfermedades que los animales pueden transmitir a los humanos, como parásitos o bacterias.
Incluso dentro del movimiento proteccionista venezolano existen posturas encontradas. Por un lado, activistas que defienden la presencia de los animales en todos los espacios comunitarios y por el otro, defensores advierten que someter a un perro a ambientes ruidosos, cerrados y con olores fuertes constituye una forma disimulada de maltrato animal motivada por el egoísmo humano.
Reglas claras para una paz necesaria
El debate es apasionado pues no se trata de prohibir de manera radical la permanencia de animales en espacios públicos, pero tampoco de un libre albedrio sin límites. En otras latitudes del planeta el modelo pet-friendly consiguió consenso por medio de normativas estrictas. Estas reglas obligan al uso permanente de correa, tarjeta de vacunación al día y delimitación de zonas exclusivas dentro de los restaurantes.
Aunque han surgido algunas iniciativas como la redacción de ordenanzas locales para arbitrar la convivencia entre dueños de mascotas y el resto de la comunidad, el camino en Venezuela apenas comienza.
Al final, el verdadero reto no reside en los animales, sino en la capacidad de las personas para ejercer una empatía madura. Respetar al vecino que no quiere comer al lado de un perro es tan importante como cuidar al animal que nos acompaña. Tomar en consideración que la mascota tiene necesidades biológicas diferentes y no pretender humanizarlo también es vital para una convivencia sana y en armonía.
Todo parte entonces de comprender que la verdadera cultura pet-friendly no se mide por la cantidad de espacios que abren sus puertas a los animales, sino por el grado de educación, civismo y responsabilidad de quienes los llevan de la correa.

