
Afirmar que el mundo cambia con el scroll infinito tal vez suene como una exageración, pero si indagamos en lo que mentalmente hace esta acción en la psique colectiva no es una afirmación tan errada.
Ejemplifiquemos con una escena frecuente: alguien abre Instagram o TikTok por la mañana y el primer video con el que se topa es el de un creador de contenido con ropa impecable que habla con seguridad sobre “recuperar la familia tradicional”. Sigue la exploración, aparecen publicaciones similares, un video con tono burlesco e irónico sobre el lenguaje inclusivo, un reel muy bien editado de un presidente argumentando ideas muy elocuentes en un pódcast de moda. Luego una publicación o audiovisual acerca de cómo los pensamientos feministas destruyen parejas o “los valores de la sociedad”.
Lo anterior suele considerarse contenido cotidiano de entretenimiento, para algunos “inocentes”, pero la realidad es que nada de lo que se ve en redes sociales es casualidad. Gran parte de lo que circula en el ecosistema digital responde a la nueva y más refinada estrategia de la ultraderecha global para moldear formas de pensar, sentir y de entender los propios derechos. No es nuevo, en plena Guerra Fría se hizo con el cine, la radio, la TV, solo que ahora esta herramienta de dominación mental se ejecuta y llega a la mano, a través del dispositivo.
Todas estas ideas convertidas en productos digitales son las que han hecho posible el avance global de las nuevas expresiones de la derecha radical. Los reflectores se han centrado en la estridencia de liderazgos como los de Donald Trump en Estados Unidos, Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador o José Antonio Kast en Chile; sin embargo, lejos de la influencia que pueda tener lo carismático o extravagante de la figura, todo esto tiene que ver con una densa trama intelectual, jurídica, cultural y tecnológica.
La arquitectura política ha sido gestada durante años, no como una mera reacción coyuntural frente al progresismo, sino como un proyecto de transformación profunda orientado a disputar sentidos, así lo explica en una entrevista para el portal especializado LatFem, Sonia Corrêa, co-coordinadora del observatorio global Sexuality Policy Watch (SPW).

Corrêa destaca que se ha pretendido influir en la resignificación de los derechos humanos para intervenir en el corazón mismo de las instituciones democráticas. Explica que, durante años, movimientos sociales, el feminismo y las ciencias sociales asumieron el término “antiderechos” para definir los fines qué buscaban sectores conservadores al oponerse a la ampliación de libertades civiles, la diversidad sexual o los derechos reproductivos. No obstante, esa categoría resulta insuficiente en la actualidad para explicar la mutación contemporánea del fenómeno.
“No son antiderechos: disputan la definición misma de los derechos”, recalca la activista quien refiere que estas tendencias conservadoras lejos de rechazar el lenguaje de los derechos, disputan, posicionan y reinterpretan bajo argumentos conceptuales, teológicos o jurídicos aquellos que consideran legítimos.
Detalla que no operan desde el vacío ni desde la pura negación: construyen una narrativa propia donde reivindican la “libertad individual”, la “propiedad”, la “patria potestad” o la “libertad religiosa” como derechos superiores frente a lo que catalogan como la “hegemonía progresista”.
La batalla es por tu mente
Explicándolo en palabras más sencillas: estos sectores ultraconservadores no te dirán “vamos a quitarte tus derechos”, te convencerán de que los mismos deben resignificarse. Te venden la idea de que “libertad” es rechazar lo diferente, que solo puede haber una forma de “familia” por designios de Dios y que los derechos de las minorías son, realmente, “privilegios que te están quitando.
Mafer:
Pero, ¿por qué funciona tan bien esta imperceptible estrategia? Pues la nueva derecha entendió que para dominar un país no hace falta un golpe de Estado, sino ganar una conversación digital cotidiana. Para ello estudiaron cómo funcionan las relaciones sociales y programaron los algoritmos a su favor. Hacen uso del humor y los memes para transformar discursos de odio o intolerancia en chistes que se comparten sin un razonamiento a fondo.
Figuras como Milei, Bukele y Trump se presentan como políticos que rompen la tradicionalidad y no tienen recato en “decir” en sus planteamientos, aunque sean incómodos para un buen número de población. Apelan al miedo, a la frustración, al enojo para ofrecer respuestas simples a problemas complejos.
“Estamos ante un campo organizado que decidió disputar corazones y mentalidades para sedimentar su hegemonía cultural y política”, advierte Corrêa.
Cambiar las reglas desde adentro
El objetivo es claro, una vez que las redes sociales y el debate cultural logran que una parte de la ciudadanía normalice estas ideas, el siguiente paso ocurre en las elecciones. Una vez dominada la voluntad mental de la población, usan la democracia, los votos y las libertades del sistema para llegar al poder. “La estrategia ahora es llegar al poder por vía democrática y, una vez allí, transformar las reglas desde adentro”, precisa la activista.
A cargo del poder, estos sectores modifican leyes, cambian libros escolares, reestructuran tribunales y desmantelan la protección social. Para lograr esto no tuvieron que romper la puerta de la democracia; la ciudadanía les abrió desde adentro porque previamente los convencieron por la pantalla del teléfono.
Pareciera que el neoconservadurismo internacional tomó de la lectura gramsciana el principio de que la verdadera disputa por el poder político y económico no puede sostenerse de manera duradera sin antes conquistar la hegemonía cultural y simbólica.

Entonces, ¿cuál es el antídoto para no contagiarse? Pues no es físico, ante este fenómeno no se requiere químicos, estudios especializados o leer tratados filosóficos complejos, solo basta mirar con visión crítica y sospechar del algoritmo.
Nos exige pues algo mucho más humano y cotidiano: recuperar la pausa ante la pantalla. La próxima vez que un video corto te despierte una indignación instantánea, ponga en duda la dignidad de otros o te venda la intolerancia bajo el empaque de “libertad”, recuerda que no estás ante un simple contenido casual, estás presenciando una estrategia milimétricamente diseñada para redefinir tu mundo.
Al final del día, sospechar del algoritmo, cuestionar lo que consumimos y mirar al de al lado con empatía no es solo un antídoto personal: es el acto más elemental de legítima defensa para proteger nuestros derechos.
T/Natchaieving Méndez

