Natchaieving Méndez

Da dolor hacer este conteo. Hace seis meses, cuando escribí en este mismo espacio un artículo sobre la Cuestión de Palestina, se contabilizaban 44 mil 300 palestinos fallecidos desde octubre de 2023, momento en que Israel intensificó el asedio en contra de la Franja de Gaza. Para este 14 de mayo la cifra asciende a 52 mil 928, es decir, 8 mil 628 personas murieron en estos ataques israelíes que ocurren en pleno alto el fuego y lo más lamentable es que mientras escribo estas líneas la cifra aumentó.

Catástrofe (nakba), no existe una mejor palabra para definir la barbarie que al pueblo palestino le ha tocado vivir desde que en 1948. Cada 15 de mayo se conmemora el Día de la Nakba, el momento en que para los palestinos inició un laberinto que pareciera sin salida y que además del despojo de las tierras que ancestralmente ocupaban, le ha arrebatado cientos de almas inocentes.

Al revisar la historia, el Día de la Nakba surge a consecuencia de una serie de eventos en las que nunca se consideró la tan utilizada y ultrajada idea de la autodeterminación de los pueblos sobre su territorio. Una consecuencia de decisiones imperiales de quienes movían las piezas del ajedrez mundial en diversos momentos

Luego de la Primera Guerra Mundial, Francia y el Reino Unido se repartieron gran parte de los territorios otomanos Oriente Medio. Crearon la Sociedad de Naciones y decidieron administrar las tierras que estuvieron por cinco siglos dominadas por el Imperio otomano, aliados de alemanes y austrohúngaros, los perdedores del primer conflicto a escala global. La excusa es que estas potencias administrarían estas zonas para “su estabilidad” hasta que cada una alcanzasen sus independencias.

Así, los británicos conservarían el control sobre Mesopotamia, Transjordania y el desierto del Néguev, ubicado en la actual Israel. En cuanto a la Palestina histórica, su administración quedaría en manos de la comunidad internacional recién instaurada y obviamente dirigida bajo los británicos y franceses.

Las potencias emplearon el engaño para ganar aliados en la Primera Guerra Mundial, por lo que después de finalizar el conflicto los incumplimientos generaron las tensiones de grupos con visiones distintas que deseaban su independencia entraron en conflicto por la gestión de sus tierras.

Llega la Segunda Guerra Mundial y tras el tortuoso proceso de los seis años en contra de las fuerzas del Tercer Reich alemán nazi, los británicos quedaron en deuda con sus históricos aliados, uno de los sectores más golpeados (no más que los soviéticos) en este nuevo conflicto: los judíos. Estos reclamaban una tierra en la cual fundar su Estado.

De allí que, al culminar la Gran Guerra, la heredera de la Sociedad de Naciones, la Organización de las Naciones Unidas, ahora con fuerte influencia de los Estados Unidos, decide “resarcir” los daños ocasionados por la arremetida nazista contra los judíos y les ofrece a sus históricos financistas territorios bajo el “protectorado británico”.

Se da entonces en 1947 la partición de Palestina en dos Estados: el de Israel y el palestino, lo cual generó la indignación de los habitantes ancestrales de estas tierras, quienes además ya tenían sus conflictos internos por la diferencia de creencias en las formas de gestionar la sociedad.

Un año después, el recién Estado de Israel declara su independencia rompe todos los acuerdos en cuanto a los límites de dominio de sus territorios. Comienza a avanzar hacia territorio palestino y en justamente en mayo más de 700 mil de sus habitantes son obligados a dejar las tierras que por generaciones ocuparon.
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Los palestinos fueron forzados a dejar la tierra que los vio nacer; su cultura, su historia, sus raíces quedaron atrás en un desplazamiento forzado que les obligó a refugiarse en Gaza, Gaza, Cisjordania y países limítrofes, donde hasta ahora son perseguidos por el ejército sionista. Fue entonces el inicio de la catástrofe: el día de la Nabka.

La paz: ¿la utopía de Oriente Medio?
Aunque no se lo dije expresamente, seguro ya lo dedujo: nakba significa en árabe “catástrofe” y es el término que utilizan los palestinos, no solo para marcar el momento del desplazamiento en 1948 y además describir todo lo que esto trajo posteriormente.

Pese a que fue instaurado oficialmente por el líder palestino Yasser Arafat en 1998, esta fecha era recordada con protestas desde 1949. Un grito a un mundo indolente que parece dormido al clamor de miles de hombres y mujeres que reclaman la paz en su territorio, ancestralmente instaurado y no asignado por una potencia imperial.

Ciertamente en estas casi seis décadas se han firmado acuerdos, convenios de alto el fuego, en su mayoría incumplidos por el Estado de Israel que persiste en la estrategia de bombardeos selectivos, así como el bloqueo de ayuda humanitaria y comercial que mantiene en austeridad al pueblo palestino.

El 19 de enero de 2025 se acordó un alto el fuego entre el ejército israelí y el Movimiento de Resistencia Islamista (Hamas). Este acuerdo, se supone, hasta un niño o persona ajena entiende que es un período en el que no deberían ocurrir agresiones de ninguna de las partes involucradas en dicha resolución.

Sin embargo, como en ocasiones anteriores este acuerdo fue incumplido por el ejército israelí que mantiene los ataques constantes en contra de los enclaves palestinos, bajo la excusa de erradicar grupos terroristas.

Asimismo, el bloque a las principales vías de acceso de alimentos, ayuda humanitaria y productos comerciales ha llevado que la Organización Mundial de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) alertara sobre un «alto riesgo» de que en el territorio se presente una hambruna a finales de septiembre.

Este bloqueo que tiene décadas, se intensificó en marzo de este año cuando Israel obstruyó por completo la Franja de Gaza al romper unilateralmente con el cese el fuego alcanzado en enero. Durante el período de tregua, se logró que miles de camiones de ayuda entraran al enclave palestino lo que contribuyó a mitigar la crisis humanitaria.

En medio de una historia marcada por el despojo y el sufrimiento, la Nakba sigue siendo un recordatorio de una herida abierta que no cicatriza. Cada año, la memoria colectiva palestina revive el dolor de la expulsión, la lucha por la identidad y la resistencia ante un conflicto que parece no tener fin. La paz sigue siendo una promesa esquiva, pero la voz de quienes reclaman justicia no se apaga.