
Natchaieving Méndez
Bendita Cruz de alegría
Con tu favor quiero cantar
El verso particular
Que llevo en la sangre mía
Hace tiempo que sentía
En el fondo del corazón
Esta grande admiración
Por tu cruz tan venerada
Del creyente la espada
Contra toda tentación
Décimas a la Cruz de Mayo de Alfredo Leal
Un mosaico de colores, música, décimas, historia, tradición y fe: así se vive el quinto mes del año en Venezuela con la celebración de la Cruz de Mayo. Del 3 al 31 de mayo, diversas localidades del país rinden homenaje a esta festividad religiosa que, contrario a lo que muchos piensan, no tiene un origen exclusivamente católico. Se trata más bien de una de las manifestaciones culturales en la que mejor se evidencia el sincretismo surgido tras la conquista europea.
Al Santo Madero del altar se le tocan tambores propios de la cultura africana; se le honra con frutos de la naturaleza en agradecimiento a temporada de lluvias, tal como los rituales de los pueblos originarios americanos y se rezan oraciones católicas.
La formas de celebración varía de acuerdo a la localidad en la que se realiza. Mientras que en la costa venezolana se alaba la Cruz con cantos y toques de fulía, en el oriente se interpretan galerones y malagüeñas. Así, no puede dejar de mencionarse los joropos, contrapunteos y golpes tocuyanos que se escuchan tanto en los llanos, como en el occidente del país.
Lo que sí es constante en todos los rincones de Venezuela en los que se mantiene la tradición del Velorio de la Cruz de Mayo, es la devoción de sus promeseros y creyentes quienes en encuentran en este ritual la oportunidad de pedir a Dios abundancia en la salud, lo económico y el amor, en especial esto último, por ser una época considerada ancestralmente como un tiempo de fertilidad.
El origen que contaron los europeos
La manifestación cultural Cruz de Mayo tiene estrecha relación con las creencias y costumbres de la religión católica, partiendo de la fecha en la que comienza su celebración.
Según la narrativa cristiana traída por los misioneros e invasores europeos a partir de la invasión del Abya Yala, en el siglo IV después de Cristo (d. C), Santa Elena emprendió la búsqueda de la llamada Vera Cruz, es decir, el madero en el que Jesús de Nazareth fue crucificado. La madre del emperador Constantino, encontró en la búsqueda de esta reliquia sagrada una forma de reafirmar la fe cristiana y honrar al hijo de Dios hecho hombre.
A esta peregrinación de fe se sumó una visión que tuvo Constantino, previo a la batalla del Puente de Milvio (312 d. C.) donde se enfrentó a Majencio por el control del Imperio romano. Según el historiador cristiano Lactancio, el emperador soñó que debía marcar los escudos de sus soldados con el Crismón o Chi-Rhoun, signo celestial formado por las dos primeras letras en griego de la palabra Cristo.
Constantino atribuyó su victoria a seguir esta visión, por lo que apoyó a su madre a buscar la Vera Cruz. Además, esta acción era una estrategia para consolidar el cristianismo y sustituir algunas tradiciones paganas romanas.
La búsqueda del Santo Madero no fue aleatoria, Elena siguió pistas de tradiciones orales y textos apócrifos que señalaban el lugar en el que pudo estar la cruz. Cuenta la leyenda que la santa consiguió el madero sagrado el 3 de mayo del año 326, por lo que esta fecha quedó institucionalizada en la liturgia cristiana.
Un hecho curioso de esta historia es que se dice que cuando la madre del emperador Constantino excavó en el Monte Calvario, lugar en el que según la tradición crucificaron a Jesús de Nazareth, descubrió tres cruces bajo un antiguo templo romano. Para identificar cuál era el madero sagrado, junto al obispo Macario hizo una prueba: una mujer enferma tocó cada cruz y al palpar la tercera, sanó milagrosamente, confirmando así la autenticidad de la Vera Cruz.
Santa Elena dividió la reliquia: una parte se quedó en Jerusalén, otra fue enviada a Roma y el resto se distribuyó por el mundo cristiano. Con la invasión europea esta tradición oral y la veneración al santo madero llegó a los pueblos americanos, especialmente, los hispanos.
Pero la devoción en mayo existía
Aunque ciertamente, el símbolo de la Cruz llega a tierras nuestroamericanas con los invasores europeos, tal como Raimundo Mijares publica en un artículo llamado ¿La cruz de mayo, una manifestación religiosa popular de las minorías?, este “mito originario de Jesús en la Cruz traído por los españoles” tuvo su paralelo en los rituales que los pueblos indígenas precolombinos realizaban en alabanza a la constelación de la Cruz del Sur, justo en la época de la celebración instaurada por la Iglesia Católica
“Ese símbolo físico y espiritual de la cristiandad, va a estar consustanciado con la constelación de la Cruz del Sur que los aborígenes de esta tierra ya reverenciaban, como un acto de agradecimiento por la llegada de las lluvias; tiempo propicio para la siembra y posterior recolección de la buena cosecha”, explica Mijares en su artículo difundido en la Red de Patrimonio de Venezuela.
Pero no era la primera vez que esta honra a la Cruz tenía resonancia con otra expresión cultural o creencia religiosa. Antes de los viajes de los europeos al llamado nuevo continente, de acuerdo a las investigaciones de las antropólogas Daría Fernández y Cecilia Fuentes, en la antigua Roma el tercer día de mayo era el último de las llamadas Floralias, festividad en la que “se consagraba a la diosa Flora, doncella de la primavera, a quien dedicaban ofrendas”.
De acuerdo con la investigación de las especialistas, registradas en el libro Fiestas tradicionales de Venezuela, en estas celebraciones romanas se elaboraban adornos de flores y se hacían obras de teatro, se practicaban juegos y se interpretaban canciones.
Como ocurrió con la cultura romana, también pasó con la aborigen precolombina: el encuentro de creencias pasaría por “un proceso de lucha, resistencia y creación alternativa, hasta concluir en un encuentro que posteriormente será la significación que hoy día celebramos como la festividad de los Velorios de Cruz”, refiere en su texto Raimundo Mijares.
Todo lo anterior explica por qué esta celebración engrana y acopla las creencias con respecto a la fecha, tienen un carácter festivo, pese a que la cruz es un símbolo de la pasión y muerte de Jesucristo. Se concibe entonces como una expresión de vida y no de muerte, pues la esencia de la celebración parte del agradecimiento y la reverencia; “una forma sagrada de conectarse con las fuerzas sobrenaturales”, características de los pueblos indígenas.
La celebración a la Cruz de Mayo surge de la resignificación de creencias vinculadas al hecho natural propio de la época, así como a los diversos sucesos humanos, relacionados con las creencias religiosas y la adaptación de ellos a otros contextos socioculturales. Es lo que se conoce como sincretismo.
Una celebración sin baile
Pese a que la Cruz de Mayo es una fiesta caracterizada por la música y la alegría, en los velorios no se baila. La razón es que la manifestación está vinculada al sincretismo religioso, por lo que su carácter es contemplativo.
Es por ello que si bien pueden encontrarse localidades en los que las personas se mueven o zapatean al ritmo de los cantos que se interpretan a la Cruz, cuando se desea bailar, entra lo que se conoce como “la parte pagana de la fiesta”. En este momento, el anfitrión y/o promesero debe cubrir el madero con una tela blanca o voltearla de espaldas al baile.
Junto a estos elementos compartidos, hay otro rasgo unificador en todas las comunidades donde existe esta tradición: el adorno de la cruz. Esta estructura de madera cada año es cubierta con flecos y flores multicolores, elaboradas artesanalmente en papel de seda o crepé. En muchas localidades, el ornamento se enriquece con flores naturales de la región, creando así una conexión íntima entre el símbolo religioso y el paisaje que lo acoge.
En esta celebración comunitaria, las familias y los vecinos se unen para preparar los altares, compartir y ofrendar a la Cruz comidas, dulces típicos y frutas. También intervienen en la propia celebración con cantos y toques de instrumentos.
El velorio de Cruz de Mayo es organizado por un promesero que, dependiendo de la cantidad de años que haya establecido como promesa, se encargará de vestir el madero, agasajar a los invitados, conseguir los músicos, rezanderos, decimistas, cantadores y disponer de toda la logística para la fiesta.
La manera en la que se ordenan y disponen los altares marcan la diferencia y a la vez la coincidencia de esta manifestación. La Cruz central es acompañada por dos más pequeñas y, en algunas localidades, el altar se ubica en una mesa en la que ubican imágenes, un arco de palma, ramilletes de flores naturales, todo ubicado en una escalinata.
En cuanto a la música, en la región costeña los Velorios de Cruz están amenizados por cantos y toques de fulía. Esto es diferente en el oriente en donde se escuchan galerones y malagüeñas, mientras que el llano se le toca joropo y en la región noroccidental se interpretan contrapunteos y golpes tocuyano.
La Cruz de Mayo se erige así como un símbolo vivo de la identidad venezolana, donde confluyen historias, resistencias y alegrías. Más que un legado colonial, es un testimonio de cómo los pueblos reinventan sus tradiciones.
Esta celebración, arraigada en la gratitud y la esperanza, nos recuerda que la cultura no es estática: es un río que fluye, llevando consigo memorias antiguas para regarlas en el presente. Así, año tras año, la Cruz de Mayo sigue tejiendo el mapa espiritual de Venezuela.

