Por: Natchaieving Méndez

Hoy se celebra el Día Mundial de las Matemáticas, un área que para muchos es el lobo feroz de los cuentos clásicos. Mi historia con esta área del saber, tal vez es como la de muchos: me incliné por una carrera humanista porque aseguraba que la habilidad numérica no era lo mío.

Quizás tenía razón, pues tal como dijo el psicólogo e investigador estadounidense Howard Gardner: “no todo el mundo tiene los mismos intereses y capacidades; no todos aprendemos de la misma manera”.  Sin embargo, y sé que muchos de los que me leen en este momento tienen una historia similar, no siempre fue así.

Recuerdo cuando era niña y luego adolescente que percibía las matemáticas como un reto. Especialmente en la Física y la Química me divertía vincular manzanas, contar objetos, sustituir en las letras de las fórmulas por números para llegar a un resultado final. Incluso me parecía divertido resolver los problemas en los que un fulano se comía tantos caramelos y solo me dejaba unos pocos.

Fracciones, figuras geométricas, números racionales y un sinfín de conocimientos estuvieron en mi formación. Tal como lo referí líneas atrás, inicialmente era un desafío emocionante, pero luego me dejé llevar por la narrativa de que esta área era para un grupo pequeño de eruditos, tal como lo decía el colectivo reforzado por los medios de comunicación. Me programé para que  los números no fuesen lo mío.

Todas estas reflexiones surgen un Día Mundial de las Matemáticas, justamente en la que algunos se preguntan, incluso en videos virales de redes sociales “¿para qué me sirvieron los polinomios o los números binarios para mi vida?”. La respuesta es “para mucho” y aunque como docente pudiese argumentar muchas razones, decidí buscar a una profesional que ha dedicado más de 40 años de su vida a esta área del saber: Rosa Becerra.

Rosa Becerra es profesora de Matemática

La historia de esta profesora es curiosa: comenzó en los pasillos de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela, pero un cierre universitario la empujó hacia el Instituto Pedagógico de Caracas, la casa de los maestros. Allí, lo que parecía una alternativa académica terminó convirtiéndose en la pasión de su vida.

Sus reflexiones con respecto a este teman me llevan a entender que el problema de las matemáticas en nuestra sociedad no es un asunto de falta de capacidad intelectual, sino de una construcción social que nos ha domesticado para el rechazo al razonamiento lógico matemático.

La herencia del «yo no sirvo»

Si existe algo que se ha inoculado en la sociedad, desde la familia hasta los diferentes productos de la industria cultural reproducidos por los medios masivos de comunicación, es que para las matemáticas «se nace» o «no se nace». Seguramente usted ha escuchado en casa, o incluso ha dicho, frases como: «salió a mí, a mí tampoco me gustaba la matemática».

Becerra advierte que esta sentencia se convierte en un estigma que pasa de generación en generación. En Venezuela, junto a la Física y la Química, las matemáticas completan un tridente temido en Educación Media: las «Tres Marías». Para esta docente, este miedo no es natural; es un constructo social que nos convence, desde muy temprano, de que somos incapaces de entender el lenguaje con el que está escrito el mundo.

La docente reflexiona que, si logramos derribar ese muro de prejuicios, lo que encontramos del otro lado no son solo números, sino herramientas para la vida. Desde su larga trayectoria, asegura que el desarrollo del pensamiento lógico matemático repercute en otras áreas de la vida como la tolerancia a la frustración. “El error se convierte en un punto de reflexión, es una parte natural del proceso”, precisa.

La autoconfianza, refiere la especialista, es una habilidad que también se refuerza pues el resolver un problema que parece muy difícil genera una sensación de logro y satisfacción que lleva al sujeto en formación reafirmarse que “si pudimos con ese problema, podremos con cualquier cosa”.

Desde su amplia experiencia, Becerra resalta que cuando un estudiante llega con rezago, la tarea del docente no es llenar la pizarra de fórmulas, sino reconstruir la confianza rota. Refiere que usar el recorrido del “problema que salió mal” e invitar al estudiante a la pizarra para revisar el paso a paso, sin juicios de valor, permite al educando descubrir por sí mismo dónde se desvió en el camino. Allí, el aprendizaje deja de ser una imposición para convertirse en un hallazgo personal.

Además, afirma que dentro de las bondades del desarrollo de esta área del saber está justamente las vinculadas a quienes nos inclinamos por las carreras u oficios humanistas: “nos da fortaleza y nos impulsa a defender nuestras ideas y a comunicarlas”.

El desafío de la IA

Para esta especialista de gran trayectoria en la Educación uno de los errores más críticos en nuestro sistema educativo ha sido convertir a la matemática en un sinónimo de «sacar cuentas». Resalta que el llenar cuadernos con operaciones mecánicas mata la curiosidad y deja por fuera la comprensión, la geometría y la estadística, que son las que realmente nos permiten interpretar el entorno.

«Me gustaría que los estudiantes hablaran más de matemática antes de resolver ecuaciones», reflexiona.

Enfatiza que, en la actualidad, ante la irrupción de la Inteligencia Artificial y las calculadoras de alta complejidad, el razonamiento humano se vuelve más valioso que nunca. “Primero fueron las calculadoras y ahora la IA, pueden hacer cálculos muy sofisticados, pero el razonamiento sobre qué hacer con esos cálculos y cuáles otros parámetros tomar en cuenta para decisiones cruciales las seguirán haciendo los seres humanos”, destaca.

Explica que, pese al surgimiento de máquinas que pueden procesar datos a gran velocidad, “descomponer un problema complejo, el captar patrones y desarrollarlos o modificarlos para cambiar el mundo, desarrollar un criterio propio, el detectar una inconsistencia en el razonamiento” siempre requerirá la capacidad exclusiva de pensamiento crítico del ser humano.

Por todo lo anterior y para eliminar el miedo impuesto a las matemáticas, la propuesta de Becerra de Moya es clara: en todos los niveles educativos esta área del saber debe enseñarse trascendiendo las paredes de un aula de clase.

“Con los más pequeños puede conectarse los conceptos con su ambiente, por ejemplo, si estamos en clase trabajando los sólidos geométricos como el cilindro, el cubo, el paralelepípedo les podemos colocar como tarea para la casa, ser investigadores de Matemática pidiéndoles que revisen en el camino de la escuela a la casa los objetos que tengan las formas estudiadas (…) Con estudiantes de grados superiores como los de Educación Media tomaría ejemplos o problemas que puedan despertar su interés, utilizando las estadísticas deportivas”, sugiere.

Esta forma de enseñanza, recalca la profesora, le otorga doble valor pues, además de hacer el proceso un momento agradable y satisfactorio, el educando aprende desde los hechos reales, los conocimientos previos, lo que no le es ajeno y fortalece habilidades que le servirán en todos los ámbitos de su vida como la observación.

Hoy, Día Mundial de las Matemáticas, docentes de vocación y corazón como Rosa Becerra de Moya nos demuestran que esta aprender esta área no es ni debería ser un requisito de formación académica sino, al igual que la lectura, un acto de libertad. Desarrollar el pensamiento lógico matemático nos invita a revisar, discutir y afinar argumentos, y reconocer que no se trata de una materia más sino de un derecho de todos de potenciar nuestras habilidades para aprender y ver el mundo.