
Escribo estas líneas en medio de una vorágine de sentimientos. Calmar el miedo que dejaron los terremotos de 7.2 y 7.5 que tuvieron lugar en el país el pasado 24 de junio ha sido una tarea complicada, a pesar de que en estos momentos el trabajo como comunicadora social ha anestesiado algunas de las emociones que son secuelas después de sentir que el lugar seguro es vulnerable. Ocurrió el 3 de enero a causa de fuerzas extranjeras, ahora fue la naturaleza reforzó esta realidad.
Muchas personas como yo sintieron impulso de volcarse a las calles, sea para reportar lo que ocurría o para tender una mano como voluntario. Esta reacción tiene su explicación en la Teoría del Manejo del Terror, postulada por los psicólogos Jeff Greenberg, Tom Pyszczynski y Sheldon Solomon. De acuerdo con los especialistas, la súbita conciencia de nuestra propia fragilidad y la pérdida del control, el cerebro busca desesperadamente recuperar el control y sentirse útil, entonces la acción se convierte en un mecanismo para afrontar la ansiedad existencial.
Por ello, documentar la realidad o ayudar al otro como voluntario son acciones con las que el individuo transforma el miedo paralizante en una conducta productiva y colectiva. Una forma de resiliencia donde la búsqueda de la verdad y la solidaridad actúan como un escudo psicológico frente a la indefensión.
Sin embargo, existe otro grupo que encuentra en estos momentos dolorosos la posibilidad de mercantilizar el dolor y capitalizar las etapas del duelo para verse más humanos, sensibles, cercanos. Ven en la frustración, desesperación e incertidumbre una oportunidad perfecta para señalar al adversario como culpable de las consecuencias de un fenómeno natural que ha sido parte del planeta desde que se creó.
Son los mercaderes del dolor: influencer, artistas y políticos que durante esta semana post terremotos en Venezuela han publicado en redes “lo mejor” de ellos para sacar lo peor de las circunstancias. Estas especies aprovechan la noble acción de ayudar al prójimo como una plataforma para hacerse visibles en redes, obtener like, más aceptación, más seguidores, más dinero.
Detrás de esta puesta en escena digital y mediática opera una maquinaria psicológica y comunicacional fría y calculada. Encuadrar el rostro llorando antes de ofrecer un suministro y apresurar las causas del derrumbe de una estructura para apoyar una aversión ideológica son parte una estrategia de manipulación masiva que se alimenta de una misma materia prima: la vulnerabilidad extrema de una población que vive una catástrofe.
¿Ayuda o publicidad?
Esta tendencia de aprovechar un desastre como el que ocurrió en Venezuela no es nueva. La historia reciente vinculada con las redes sociales contiene episodios de personas y empresas que han aprovechado el dolor colectivo como un recurso estratégico para inflar el valor de su marca personal en el mercado de la atención o para dirigir la rabia social hacia objetivos políticos predeterminados.
Un ejemplo de lo anterior fueron los terremotos de Turquía y Siria en 2023, cuando decenas de creadores de contenido fueron severamente criticados por transmitir en vivo desde las zonas de desastre, utilizando filtros optimizados, música melodramática e incluso enlaces de donación de dudosa procedencia, buscando elevar sus métricas individuales bajo el disfraz del altruismo.
Esto se ha evidenciado en los últimos días en tierras venezolanas, especialmente en La Guaira, uno de los estados más afectados por los sismos. Cantantes, artistas nacionales e internacionales se han grabado tanto como promotores de envío de ayuda humanitaria o en las zonas de devastación, caminando junto a las personas que desesperadas se aferran a que sus familiares aun permanezcan con vida entre los escombros. Son publicaciones que no salen de cuentas de otros, sino de ellos, por lo que surge la pregunta ¿ayuda o publicidad?
Una aberración que supera lo creíble fue la de un creador de contenido de redes, cuya peculiaridad es andar como tarzán en sus publicaciones. Descalzo, sin camisa, tal como ha construido su personaje, se grabó recorriendo algunos edificios colapsados de La Guaira, colocando una música lúgubre a su video que evidentemente solo buscaba aprovecharse de la tristeza de la ocasión para conseguir seguidores y likes.
Lo anterior coincide con lo que el filósofo Guy Debord definió en 1967 como la Sociedad del Espectáculo, una teoría que plantea como la vida real es suplantada por su representación mediática… ¿profecía cumplida? De acuerdo con su tesis, el capitalismo arrastró la condición humana a tres etapas destructivas: primero el valor del individuo estaba en el «ser», luego el consumo masivo lo redujo al «tener», y hoy, en la era digital, la existencia se ha degradado al «aparecer».
Bajo esta lógica, el espectáculo no es una simple acumulación de imágenes o pantallas, sino una relación social distorsionada que lleva a que no importe la tragedia en sí, sino cómo se muestra en una pantalla. Por eso, el despliegue del reguetonero entregando insumos o el absurdo simulacro del “tarzán digital” entre los escombros de La Guaira no son actos de solidaridad, sino un producciones diseñadas para alimentar el imperio del «aparecer».
Es una tendencia perversa que vacía el dolor ajeno de su peso humano para transformarlo en una mercancía digerible y monetizable. En la Sociedad del Espectáculo, el espectador ya no conecta con la tragedia venezolana desde la empatía real, sino que la consume de forma pasiva desde la comodidad de su teléfono, mientras el influencer acumula el capital del siglo XXI: visualizaciones, reputación y seguidores. Al final, la catástrofe se banaliza, convirtiéndose en un show digital que neutraliza la sensibilidad colectiva y prepara el terreno para el siguiente eslabón de la cadena: la manipulación política del trauma.
Zamuros con celular
Dentro de la especie de carroñeros comunicacionales que han surgido en los últimos días con la tragedia en Venezuela, están quienes desde el terreno político utilizan la crisis para posicionar una matriz de opinión. No importa si alguien está entre los escombros que se encuentran como piezas de dominó, que con un ligero movimiento puede aplastar una humanidad, el meollo es que no se meten máquinas pesadas… ¿incongruencia?
No se trata de los 189 edificios que colapsaron, el foco es difundir el desplome de los 11 de la Gran Misión Vivienda. Un influencer que dice ser “periodista”, cuyo contenido de sus publicaciones se basa en denunciar la mala situación venezolana, pero aun así viaja hasta países como Italia, desde La Guaira publicó un video en el que explica que el colapso de los edificios de la Gran Misión Vivienda fue por ser construido con láminas de poliestireno. Un usuario, que se identificó como ingeniero civil, desmiente su argumento y le explica con palabras técnicas que es si su información hubiese sido cierta, los edificios habrían colapsado mucho antes de los sismos. La respuesta del “influencer” fue “la responsabilidad de las vidas es del gobierno, mi trabajo es ser periodista”… sin comentarios.
Lo que el creador de contenidos demuestra una estrategia descrita por Naomi Klein en 2007 como la Doctrina del Shock. La periodista canadiense sostiene que, históricamente, las fuerzas políticas aprovechan el estado de desorientación, pánico y shock psicológico que genera una catástrofe natural para introducir y validar narrativas que, en condiciones normales, serían desmontadas de inmediato por el sentido común o el rigor científico.
Al lanzar un video falso en el que asegura que los más de 1700 muertos por el colapso de los edificios se debe a una construcción incorrecta hecha por el gobierno nacional, el influencer obvia que la mayoría de las infraestructuras datan de más de 20 años y fueron construidas por empresas privadas. Estos laboratorios de desinformación no buscan abrir un debate de ingeniería, sino propinar un golpe emocional a una población psicológicamente vulnerable tras los terremotos de 7.2 y 7.5.
Se silencia que cientos de efectivos de los organismos de seguridad y rescate venezolanos se mantienen desde la hora cero en las zonas de desastres, para enfocar que las personas salvadas fueron por las delegaciones extranjeras.
La mentira técnica se convierte en un arma de guerra psicológica perfecta: se aprovecha el escombro y el duelo colectivo para saltarse los filtros de la razón, sembrando un resentimiento inmediato y un desprecio absoluto hacia la gestión gubernamental sobre la base de un mito estructuralmente imposible y datos no verificados.
Pese a todo lo anterior, las muestras internacionales y nacionales de solidaridad han iluminado estos momentos tan difíciles para Venezuela. Frente al cinismo de las pantallas y la frialdad de los laboratorios políticos, la verdadera reconstrucción del país no comenzará sobre el asfalto resquebrajado, sino en la trinchera de la ética.
La dignidad de las víctimas y el dolor de una nación no pueden seguir siendo el combustible para alimentar algoritmos ni la coartada para imponer manuales de guerra psicológica. Hoy más que nunca, ante el polvo y los escombros, nos toca rescatar la verdad como el único escudo posible contra la manipulación. Mientras los mercaderes sigan contando likes y dividendos sobre la tragedia, la solidaridad real y el periodismo responsable serán los únicos capaces de devolvernos la humanidad que el espectáculo nos pretende arrebatar.
T/Natchaieving Méndez

