Según la tradición oral en China, en el inicio de los tiempos existió una pastora en el valle de Wolong, actual provincia de Sichuan, que tenía un rebaño al que se le unió un oso panda cachorro. En ese momento, estos plantígrados eran completamente blancos por lo que se confundían con las ovejas.

Cuenta la leyenda que un día este cachorro fue atacado por un leopardo. Cuando la joven vio el peligro del pequeño animal, corrió y se interpuso entre él y el felino, salvando al panda y perdiendo la vida.

Al enterarse de esta tragedia, todos los pandas de la región acudieron al funeral de la muchacha llevando ceniza negra en las patas, como símbolo de luto según las antiguas costumbres locales.

Tal fue la tristeza por la pérdida de la joven que, ahogados en llantos, se frotaron los ojos para secar sus lágrimas dejando círculos negros en ellos; se abrazaron para consolarse, manchándose los hombros, los brazos y las piernas; y, como el dolor era tan fuerte y el llanto tan intenso y desgarrador, se taparon las orejas dejándolas totalmente negras.

Desde aquel día, los pandas decidieron conservar esas marcas oscuras en su pelaje blanco como tributo eterno de gratitud a la joven pastora que dio su vida por uno de los suyos.

No siempre fueron tiernos

Los pandas no siempre fueron considerados como animales tiernos, amables, criaturas que en términos latinoamericanos provoca apapacharlos por largo tiempo. A lo largo de la historia china, estos plantígrados han sido denominados con más de una docena de nombres, todos ellos vinculados a historias en los que se les considera “criaturas sagradas del bosque” y “fósiles vivientes” percibidos como símbolo de fuerza y valentía.

Sima Qian (145 a.C – 86 a. C, fechas probables), el historiador chino de la dinastía Han más importante de la Antigua China, refiere en su obra a Pixiu, una criatura mitológica híbrida entre el dragón y un león a los que se le atribuía el poder de proteger a los difuntos y atraer la buena suerte, lo cual (cuenta la leyenda) fue clave para que hace 4000 años un emperador derrotara a otra tribu.

Durante cientos de años, los chinos los llamaron Mo al panda gigante, en alusión a una bestia feroz que tenía la cualidad de tener unos dientes tan duros que podía morder el hierro y el cobre, así como poseedor de un ácido estomacal que disolvía objetos duros. De hecho, fueron bautizados como “animales comehierro” que habitaban en distintas zonas de Sichuan y Guizhou. Su cualidad era la de poseer gran resistencia.

Esta percepción cambió en el siglo XIX, cuando el francés Jean-Pierre Abel-Rémusat expresó que tal identificación del panda con este animal mitológico era errada, y que realmente se trataba de un tapir malayo (Tapirus indicus), especie que ni siquiera vivió en China. Por ello, de acuerdo a un artículo de National Geografic, en el siglo XX este oso fue rebautizado como Da xiong mao, que significa “gran gato oso”.

Hace 1700 años, el oso panda era llamado en la dinastía Jin Occidental: Zhouyu, que significa: paz. De acuerdo a los antiguos rituales de guerra, cuando aparecía el símbolo de Zhouyu era el equivalente a lo que en la actualidad se conoce como una bandera blanca.

Lo cierto es que, en la historia del país asiático, abundan capítulos en los que los primeros emperadores empleaban la figura del panda en los estandartes de sus ejércitos y los criaban para ahuyentar a los malos espíritus y las catástrofes naturales. También se dice que existió un tiempo en el que se sacrificaba a estos osos y se incluían en la tumba de un alto jerarca caído para que lo acompañara en su paso al otro mundo.

Un panda diplomático

Lo anterior ofrece un panorama de la importancia del oso panda para la cultura china, que tal como el resto de los países asiáticos tiene una fuerte implicación en todas las decisiones de su sociedad.

Si algo caracteriza a los asiáticos es que cualquier acción no es casualidad ni mera superficialidad, esconde en sus símbolos una carga significativa que dice mucho del sentido de la acción que ejecutan. De allí que el intercambio de pandas de China a otras naciones no es solo un mero acto de conservación y amabilidad, representa incluso, un termómetro de cómo están las relaciones de esta nación con las del país receptor de los plantígrados.

Hace un mes, dos pandas gigantes llegaron al zoológico de Atlanta, Estados Unidos (EE. UU.) luego de la cumbre entre los presidentes Donald Trump y Xi Jinping. La entrega de los osos Ping Ping y Fu Shuang, fue uno de los pocos acuerdos alcanzados por los mandatarios. “El panda gigante ha sido un embajador de la amistad entre los chinos y los estadounidenses”, expresó el mandatario asiático.

No es un regalo, se trata de un préstamo que tendrá una duración de 10 años y es parte de lo que se conoce como “la diplomacia del panda”. El primer registro de este intercambio se ubica en el año 685 d. C., momento en el que la emperatriz Wu Zetian, de la dinastía Tang, decidió enviar una pareja de osos al Emperador Tenmu de Japón, como un obsequio para estrechar lazos bilaterales y proyectar el poderío de su imperio.

Con el paso de los siglos, el gesto de la emperatriz evolucionó hasta convertirse en una estrategia de política exterior. Al inicio los animales era regalos definitivos de buena voluntad, como por ejemplo en 1941 cuando Soong Mei-ling, esposa del líder Chiang Kai-shek, obsequió un par de ejemplares a EE. UU. como gesto de gratitud por la asistencia militar y económica que Washington otorgó al gobierno del Kuomintang.

A finales de los 80, debido a la alarma de extinción de la especie, China dejó de regalar pandas y pasó a cederlos temporalmente a zoológicos extranjeros mediante convenios, manteniendo su propiedad y la de sus crías nacidas fuera de su territorio. Es así como se crea la “diplomacia de alquiler” o préstamo conservación, mediante el cual la nación asiática cede por tiempo determinado algunos de sus osos al resguardo de otro país a cambio de elevadas tarifas anuales destinadas a la preservación del mamífero.

Muestra de amistad

En un artículo de la Universidad de Oxford, Inglaterra, se reseña que durante la Revolución Cultural china, el panda se convirtió en un símbolo nacionalista seguro e icono político. De acuerdo con estos especialistas, Pekín transformó al emblemático mamífero en una herramienta clave de poder blando para proyectar una imagen internacional más amable frente al mundo.

Desde los años de la Guerra Fría hasta la actualidad, China consolidó su “diplomacia del panda” como un barómetro de sus relaciones bilaterales. El ejemplo más icónico ocurrió en 1972 cuando, tras la visita del presidente estadunidense Richard Nixon a Pekín, dos osos (Ling Ling y Hsing Hsing) llegaron al Zoológico Nacional de Washington. Este acto marcó el deshielo diplomático entre ambas potencias y desencadenó una ola de acciones similares hacia países de Europa Occidental y Asia.

Con la transición hacia el modelo de arrendamiento por conservación a finales de los ochenta, los préstamos de estos mamíferos han servido tanto para afianzar acuerdos comerciales (como el envío de Meng Meng y Jiao Qing a Alemania en 2017) como para señalar distensiones políticas.

Es así como la devolución de ejemplares suele coincidir con momentos de roce geopolítico, mientras que la firma de nuevos convenios simboliza la voluntad de cooperación. El envío de dos ejemplares a EE. UU. en septiembre marca una clara tregua diplomática. En medio de un mandato de Trump cargado de tensiones arancelarias, esta entrega demuestra que el gigante chino utiliza a estos animales como puente de acercamiento para suavizar los conflictos económicos bilaterales y dejar claro su poderío.

El único panda no es chino es latinoamericano

Por todo lo explicado en los párrafos anteriores, China posee el monopolio legal absoluto sobre los pandas gigantes del planeta. No obstante, la única excepción del mundo es Xin Xin, una anciana panda que reside en el Zoológico de Chapultepec, en México. Al ser nieta de una pareja regalada en 1975 (antes de que China cambiara las reglas diplomáticas), ella es de soberanía mexicana y el único ejemplar no perteneciente al Estado chino.

Esta singular geopolítica refleja cómo la naturaleza puede convertirse en un instrumento de poder y diplomacia. El panda trasciende su condición biológica para convertirse en un embajador de paz y soberanía estatal, demostrando cómo la conservación ambiental puede entrelazarse de forma fascinante con las relaciones internacionales y el prestigio global.

T/Natchaieving Méndez