Natchaieving Méndez

Recientemente leí un artículo en The New York Times escrito por Mary Harrington, titulado Pensar se está convirtiendo en un lujo. En su escrito, la periodista residenciada en Reino Unido plantea cómo las habilidades cognitivas se están perdiendo entre la vorágine de información y los sistemas digitales con los que accedemos a ella. Alerta que estas circunstancias son más acentuadas en los sectores más pobres pues, paradójicamente, registran mayor tendencia a pasar largas horas navegando en las aguas de las redes sociales.

Esto me hizo recordar un estudio reciente de una universidad privada venezolana aplicado instituciones de educación primaria y secundaria, tanto públicas como privadas. En su investigación determinaron que los estudiantes de estos niveles educativos presentaban bajo rendimiento y menos conocimientos que en otros tiempos.

Confieso que inicialmente no estuve de acuerdo con las conclusiones de este estudio, pues como docente que estuvo en uno de los salones a los que se les aplicó las pruebas, sostengo que no pueden evaluarse y medirse los aprendizajes que tienen nuestros niños y jóvenes con los mismos criterios que antes de la pandemia por Covid 19. Definitivamente, no somos los mismos luego de este periodo. Sin embargo, tras el artículo de Harrington, encuentro que, si existe veracidad en lo planteado por la institución y, hasta cierto punto, también hay una explicación de los resultados.

Así pues, existen muchos factores que se desprenden de este artículo y uno de ellos tiene que ver con la disposición a la lectura. Cuando se plantea a niños y jóvenes leer un libro pareciera que un aire repentino a naftalina inunda el ambiente. Los muchachos cambian los gestos faciales, hasta la postura, y la energía del fastidio aparece flameante como un escudo que divide este acto con la voluntad del estudiante.

Lo anterior no es una descripción exagerada de lo que ocurre en un aula de clases, lamentablemente, en una buena parte de la sociedad, la realidad es que el libro dejó de ser una vía de escape, recreación y disfrute en momentos de ocio. En un tiempo, leer era el acto más emancipador que tenía la humanidad; de hecho, en tiempos de guerra muchos libros eran quemados pues liberaba las mentes, hacía que las personas se cuestionarán sobre su realidad, se expresaran con facilidad y hasta tuviesen mayores herramientas orales y escritas para manifestar, describir e identificar lo que pasaba en sus mundos internos.

En la actualidad, nos (porque debo confesar que navego en estas aguas) encontramos en una marea de scroll infinito, en el que no se da tiempo al cerebro para razonar, comparar circunstancias, analizar y menos crear, pues todo está a la vuelta de un clic o de un ligero movimiento del dedo para que la inteligencia artificial presente lo que se requiere frente a los ojos, sin ningún esfuerzo.

Ubicamos este tema en la actualidad, solo con el uso de redes sociales, pero Harrington en su artículo precisa que ya en 1980 se alertaba sobre la televisión y su influencia en las capacidades cognitivas. No es casualidad que el ilustrador argentino Quino haya denunciado a través de su seriado Mafalda, difundido en la década de los 70 y 80, cómo la TV alineaba a los niños y jóvenes. Entonces ¿cuándo inició este desplazamiento de la lectura como fuente de entretenimiento?

Crianza sin lectura: entre pantallas y ausencias

Marisel Cuotto, docente de Castellano con más de 15 años de experiencia, ubica el inicio de esta realidad en el momento en que los padres dejaron la crianza de sus hijos a las redes sociales; yo me atrevería decir, que también a la televisión.

“Los lectores se forman desde la casa, de padres lectores, si no hay un hábito que seguir en casa entonces no se instala esa conducta, la lectura es una conducta (…) La lectura como entretenimiento es un espacio compartido, comentado, entonces si yo tengo un papá o una mamá o un cuidador que lee y puede interactuar conmigo en función de la lectura, va a ser una experiencia, va a ser una aventura, no va a ser fastidioso”, explica.

Lo expresado por Cuotto concuerda con un ensayo de Ramírez Leyva, del Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas de la Universidad Autónoma de México (UNAM), que además destaca que la percepción de la lectura como actividad tediosa comenzó a consolidarse a finales del siglo XX y se intensificó en el siglo XXI.

La especialista de la UNAM refiere que uno de los factores que contribuyó con este cambio, fue la irrupción de los medios audiovisuales, es decir, las comiquitas, películas y videojuegos que ofrecieron gratificación inmediata, desplazando el esfuerzo lector.

Este fenómeno, de acuerdo con historiadores como la argentina Inés Pérez en su libro La domesticación de la tele, se ubica en la década de los 60 y 70, con el crecimiento del trabajo asalariado fuera del hogar, especialmente, en contextos urbanos latinoamericanos.

La incorporación de las mujeres al mercado laboral, junto con la migración y la industrialización, cambió la dinámica familiar y dejó a muchos niños sin supervisión directa durante el día. En ese vacío de cuidados presenciales, el televisor irrumpió como objeto central del hogar, convirtiéndose en una presencia constante que ofrecía compañía, entretenimiento y una narrativa visual que desplazaba la oralidad y la lectura.

El televisor no solo llenó el silencio del hogar, también reconfiguró el tiempo, el deseo y la memoria infantil, marcando una inflexión en la relación entre tecnología, cuidado y narrativa cotidiana. Estos niños que crecieron en esa época son hoy lo padres de los jóvenes e infantes adictos a las redes sociales y a los dispositivos electrónicos. Leer y la paciencia que esto implica entonces se convirtió en un hábito que pocas familias tienen en su historia cotidiana desde hace décadas.

La lectura como castigo

Es entonces cuando ocurre otro de los factores que, según Ramírez, generó que el acto de leer se convirtiera en una actividad tediosa: la escolarización de la lectura. En muchos sistemas educativos, leer se convirtió en obligación, no en placer, lo que ocasionó que el libro dejara de ser refugio para volverse tarea, incluso castigo.

Son incontables las historias en las que el castigo de “portarse mal” era dejar de ir al parque, al patio, al recreo (único momento para respirar del bombardeo de información suministrado unidireccionalmente por el docente) y quedarse leyendo la lección, el libro o, peor aún, escribiendo caligrafías sobre lo que no debe hacerse. ¿A quién le quedan ganas de escribir después de eso?

Todo esto sin contar la falta de consideración de las edades e intereses de los educandos para asignar una lectura. La preferencia se basaba (tristemente aun ocurre) en el docente encargado del área o en el programa de estudio que planteaba la obligatoriedad de los clásicos o libros que, en una época, con pensamientos distintos, eran los “convenientes”.

Esto generó además que cada vez menos los estudiantes que completaran la lectura de un libro asignado, lo que llevó a muchos docentes (que tampoco eran lectores) a sustituir la lectura completa por los resúmenes, lo cual quitaba la esencia de la historia. Un error estratégico que en una siguiente entrega de este tema profundizaremos.

Pensamiento fragmentado

Indudablemente, el factor que más ha influido en el desplazamiento de la lectura es la fragmentación digital. Las redes sociales y los formatos breves entrenaron al cerebro para consumir sin profundizar. De allí que Cuotto menciona que, además “la llegada de la inteligencia artificial, la era de la inmediatez, la generación de lo inmediato”, también ha contribuido a que la capacidad para digerir una información a mediano o largo plazo se desarrolle.

“` ¿Para qué me va a servir esto, cuánto tiempo tengo que invertir en esto, quiero invertir tiempo en otras cosas? ´, son algunas de las preguntas de los muchachos. Acuérdate que todo lo audiovisual te capta mucho más rápido”, destaca la profesora quien enfatiza que a esto se suma que actualmente se presenta dificultades con el desarrollo de las habilidades blandas, una capacidad interpersonal, emocional o comunicativa que permite relacionarse, colaborar y adaptarse en distintos contextos (como la empatía, la escucha activa o el pensamiento crítico).

Las habilidades blandas se desarrollan a través de la experiencia, la lectura reflexiva, el trabajo en equipo, el diálogo simbólico y el autocuidado emocional. Las dificultades en este aspecto pueden ocasionar problemas para comunicar ideas, resolver conflictos, tomar decisiones éticas y construir vínculos saludables, afectando tanto el entorno laboral como el personal.

Biológicamente, esta habilidad activa diversas áreas del cerebro como la corteza prefrontal (clave en la toma de decisiones, empatía, autorregulación emocional y pensamiento crítico); el sistema límbico (gestiona emociones, memoria afectiva y respuestas sociales); la corteza temporal (responsable de la comprensión del lenguaje y la interpretación de señales sociales) y la corteza parietal (ayuda en la percepción del entorno y la conciencia corporal, útil para la comunicación no verbal).

Al respecto, un estudio reciente realizado publicado por la revista oficial de la Asociación Médica Estadounidense (JAMA Pedriatric) revela que mientras la lectura fortalece la corteza prefrontal, la empatía y el pensamiento crítico, las redes sociales tienden a reducir la capacidad de inhibir impulsos y sostener la atención prolongada, este desplazamiento no solo afecta el desarrollo neurológico, sino también la forma en que se construye sentido.

En consecuencia, este ciudadano que se forma desde este esquema construirá su realidad de forma fragmentada, con menor capacidad para sostener la atención, procesar emociones profundas o resignificar experiencias. Será un sujeto más vulnerable a la manipulación emocional, menos autónomo en sus decisiones y con menor profundidad simbólica.

Si esta predicción se amplía a su papel dentro de una sociedad, es posible entonces que sea un sujeto más gobernable y menos gobernante, es decir, más susceptible a ser dirigido por estímulos emocionales, narrativas simplificadas y algoritmos de persuasión, que a participar activamente en procesos deliberativos, críticos y colectivos.

Todo lo anterior parece una escena postapocalíptica, casi que de la extinción de la especie humana pensante. No obstante, no todo está perdido, esta alerta puede ser el punto de partida recuperar la lectura como acto de resistencia, autocuidado y dignificación narrativa en medio de un entorno digital que fragmenta la atención y la profundidad emocional. ¿Cómo hacerlo? En otra entrega profundizaremos sobre este y otros aspectos relacionados con la lectura.