Natchaieving Méndez

La vida ya no se ve como antes, sus colores son distintos. Si, tal como lo lee y no es una aseveración temeraria pues muchos me refutarán con que el rojo sigue siendo rojo y el amarillo, amarillo. Sin embargo, la frecuencia y preferencia con el que se utilizaban antes cada vez se minimiza para pasar a una gama de poca amplitud.

Le doy una muestra, piense en las fachadas de las casas, los automóviles, los lazos en los cabellos, ¡el arbolito de Navidad! En épocas pasadas era muy frecuente ver las paredes de colores vivos, las autopistas con un Carnaval de carros, así como las cintas multicolores que niñas orgullosamente llevaban en sus moños.

Los adornitos y luces navideñas que anualmente se renovaban en el adoptado símbolo de las fiestas decembrinas, irrumpían el bicolor rojo y verde predominante. Ahora, cada año tiene un solo color el cual cada vez es menos brilloso: el dorado porque trae dinero, blanco para dé paz, plateado por lo elegante y así se va la Navidad fría, sin sazón, pena ni gloria.

En un artículo publicado en la página Yorokobu se destaca cómo en las producciones audiovisuales se observa la pérdida del color. Un ejemplo actual que evidencia como la sociedad ha cambiado su paleta cromática es Stranger Things, una serie transmitida por una plataforma por suscripción. La historia se ubica en la década de los 80, por lo que los colores que emplean en vestuarios, automóviles, casas, son brillosos, vivos y variados, como los usados en la época.

Aunque fue realizada en 2016, su estética visual rememora a los videos de canciones como Thriller, de Michaell Jackson, o películas como Volver al futuro, La historia sin fin, Laberinto, incluso auquellas de terror como Pesadilla en la calle del infierno, con una amplia paleta de colores vivos, intensos, pese a lo oscuro que relataba. Así era la cotidianidad, de muchos colores ¿Por qué el cambio? ¿Desaparecen los colores?.

Del multicolor al gris

En este mismo trabajo, reseñan un estudio del Science Museum Group del Reino Unido en 2020, en el que se analizaron 7000 objetos pertenecientes a 21 categorías diferentes utilizados de forma cotidiana entre 1800 y 2020. El resultado fue que, además de la reducción de colores que se viene desarrollando desde finales del siglo XIX, a partir de la década de los 80 el negro, el blanco y el gris comenzaron a ganar terreno y a ocupar cerca de un 50 % de los artículos estudiados en 2020.

Parece paradójico especialmente en una época de redes y videojuegos en los que la potenciación de los colores brillosos e intensos es una manera de captar incautos. No obstante, pareciera que esto ocurre sobre aspectos específicos y para atraer a una población determinada, aburrida por la monocromía del entorno.

David Batchelor, en su libro Chromophobia, resalta que en la cultura occidental el color se le ha asociado con lo infantil, lo femenino y, hasta cierto punto, lo irracional. Tal vez, esta tendencia tiene que ver con que este aspecto se ha percibido como secundario frente a la forma, incluso, algo hedonista y superficial. Y miren que en la historia se encuentra parte de la afirmación anterior, pues al color se le ha dado un significado y carácter simbólico diferente de acuerdo a las épocas.

A finales de siglo XIX, por ejemplo, el color púrpura era difícil de conseguir pues se extraía de la glándula de un caracol marino. De allí que se identificaba como poseedor de grandes riquezas a quien poseyera una indumentaria con una tela de esta tonalidad, debido a lo raro y costoso que significaba conseguirla. Los que mayormente la poseían vestimentas de estos colores eran cardenales de la Iglesia Católica que, aunque pregonaban la enseñanza de la humildad y el desapego a lo material en su palabra, eran los únicos que tenían los recursos para darse estos lujos.

Igualmente ocurrió con el azul debido a que este era obtenido de una la piedra lapislázuli que abunda en Medio Oriente. Por su dificultad, solo quienes tenía grandes posibilidades económicas podían obtener una tela de este color.

La tendencia fue cambiando y el color, especialmente en la vestimenta, fue accesible a todo público. Los procesos de industrialización hicieron que la coloración dejara de ser de uso exclusivo para quienes tenían grandes riquezas. Sin embargo, como en casi todo lo que conforma la cultura de la humanidad, este uso se resignificó y la paleta cromática fue cambiando de acuerdo a la expresión del momento.

Muestra de ello fue la época del movimiento “hippies” a quienes se le relacionaba no solamente por su oposición a la cultura tradicional predominante, sino también a la libertad, las religiones orientales, al consumo de alucinógenos por lo que los colores brillantes eran parte de su indumentaria y todo lo vinculado con su corriente. En contraposición, entre los años 70 y 80, los rockeros y punk asumieron el negro y los colores oscuros como una manera de expresar su inconformidad con el entorno.

Batchelor resalta que estas tendencias, aunque se mantienen en algunos aspectos y les han dado carácter simbólico a los colores, han cambiado a una búsqueda de tranquilidad y racionalidad en un entorno cada vez menos coherente. Este discurso ha sido utilizado por la lógica capitalista para la mecanización y venta de productos, una consecuencia de la tan nombrada globalización.

Es así como desde el pensamiento global se imponen patrones estéticos y se borra la diversidad cromática de cada región. Se ha posicionado que el color negro se relaciona con alto estatus, elegancia, autoridad, poder; el blanco lo espiritual, lo nuevo, lo absoluto; la gris seriedad, equilibrio, profesionalismo, discreción y los de la paleta beige-tierra, sabiduría, historia, serenidad. Todo lo anterior ha tenido la intención de vender un estilo de vida muy mecanizado en el que “todo” está controlado y frente al caos que la dinámica social ha llevado a la humanidad. Una estrategia muy conveniente de homogenización.

Desde esta lógica, en la actualidad, tras ver el mundo desde pocos colores la diferencia además se convirtió en lujo, y el lujo en exclusividad. La industria aprendió a monetizar a quienes desean salirse del patrón monocromático y convirtió el color en un privilegio. Si no me cree le invito a visitar una tienda de electrodoméstico y compare el costo de una cocina blanca, negra o gris, respecto a una de un color específico: comprobará lo que digo.

Jean Baudrillard en su trabajo El Sistema de los Objetos analiza cómo los colores, así como la textura y la forma (aspecto último en el que profundizaré en un próximo trabajo) si bien permite al consumidor expresar su personalidad, revela además función de serialización del objeto. Un objeto disponible en muchos colores se percibe como menos auténtico, menos único. El modelo de lujo encarna la unidad y la armonía.

Bajo la visión de la monocromía no solo se posicionó un discurso que acentuaba la segmentación social: si te viste de estos colores te verás como persona con mucho dinero; si empleas otros, parecerás ordinario, estridente, burdo. Fíjese en la industria automovilística, tal como le mencioné anteriormente al mirar épocas pasadas la variabilidad de colores se evidenciaba en las autopistas y calles, hoy predomina el blanco, negro y gris.

Causas del apagamiento cromático

Diversos estudios difundidos en el ecosistema digital dan cuenta de otros causantes de la progresiva desaparición del color en el entorno. La contaminación es uno de los aspectos, pues las emisiones de gases y partículas hacen que el aire se haga más turbio y se dificulte la percepción de los colores. Además, afecta la salud de plantas y animales que pierden su brillo y vitalidad.

Otra razón es el crecimiento de las ciudades que han sustituido los paisajes naturales. Las infraestructuras monocromáticas han desplazado el verde de los árboles; la altura y sombra de edificios altos y con espejos, han sustituido la gama de azules del cielo y el gris concreto solapó la amplia paleta de las flores.

Igualmente, la luz artificial de pantallas y dispositivos altera nuestra percepción visual, privilegiando el brillo sobre el color, ahora más con el uso de la Inteligencia Artificial que potencia más los colores. Además, nos desconecta del entorno físico, sumergiéndonos en mundos virtuales menos auténticos.

La pérdida de color tiene implicaciones psicológicas y sociales, pues puede influir el estado de ánimo, generar anonimato y uniformidad. Lo que no se ha tomado en cuenta desde la lógica industrial (o si, pero se hacen los que no saben) es que los colores son esenciales para la comunicación, adaptación y reproducción de las especies por lo que su desaparición amenaza el equilibrio ecológico.

El color ha perdido su función ritual, comunitaria, simbólica, se ha generado una estética del vacío, en el que el minimalismo domina. Tanto es así que incluso celebraciones culturales patrimoniales como el Día de los Muertos en México, en el que una de las características es el predominio de muchos colores vivos en flores, cadenetas de papel y otros adornos, progresivamente se ha visto la influencia de “nuevas tendencias” que impulsa solo el uso del naranja y los colores pasteles para la decoración de los altares.

Tal vez no se trata solo de recuperar el color, sino de recuperar el sentido. De volver a mirar con ojos menos domesticados por la lógica del mercado, menos entrenados en la neutralidad estética que nos promete orden mientras nos arrebata diversidad. El color no es un adorno: es memoria, es diferencia, es lenguaje. Y en tiempos donde todo parece uniformarse, recolorear el mundo puede ser un acto de resistencia, de ternura, de reencuentro. Porque sí, la vida ya no se ve como antes… pero aún podemos elegir cómo queremos verla.