Natchaieving Méndez

“La Inteligencia Artificial (IA) llegó para quedarse”. Esta frase resuena con más fuerza en un colectivo que se hace cada día más dependiente de este avance tecnológico. Esta poderosa y casi mágica solución digital se presenta como una herramienta autónoma que resuelve y sintetiza labores que otrora requirieron horas, traslado de espacio y muchas personas. Ahora, con tan solo el prompt (instrucción) adecuado, muchas tareas se resuelven en pocos segundos.

Oponerse a ella es como contener un embalse con las manos, pues se presenta como una fuerza inevitable de modernización. Sin embargo, detrás de esa narrativa de progreso se esconde una maquinaria sostenida por trabajo humano precarizado que es invisible al algoritmo.

Para que la IA responda en segundos y simule respuestas humanas requiere que se le alimente de datos. De acuerdo a investigaciones difundidas en la web, estos insumos son registrados por millones de personas a quienes les pagan irrisorias cantidades de dinero por emplear largas horas de su tiempo en identificar, corregir o validar el contenido que requieren estos programas informáticos para funcionar.

Este trabajo invisible es la columna vertebral de la IA y muy poco lo menciona quienes, ganando incuantificables sumas de dinero, promocionan el revolucionario invento tecnológico. Estas circunstancias han sido alertadas por diferentes voces, una de ellas es Milagros Miceli, socióloga argentina, reconocida por TIME como una de las 100 personas más influyentes en el campo de la inteligencia artificial.

Miceli denuncia a través de diferentes medios las condiciones laborales de quienes hacen posible la IA. Lo llama “el lado oculto de la inteligencia artificial” pues sostiene que mientras países como Argentina, recortan presupuestos para la investigación pública, se celebran los avances en IA que dependen, paradójicamente, de datos producidos por personas en condiciones laborales indignas. ¿Una modernidad a costa de la explotación? ¿Una nueva forma de esclavitud velada?

¿Puede funcionar la IA sin el trabajo manual?

La respuesta es no. Desde el etiquetado de imágenes satelitales hasta la filtración de contenido violento en redes sociales, son realizadas por trabajadores que operan en plataformas como Amazon Mechanical Turk ((MTurk), Appen o Clickworker. Muchos de ellos viven los países del denominado Sur Global (Asia, África, América Latina y el Caribe) en donde las circunstancias de sus economías los lleva a asumir estos trabajos que bajo la promesa de ingresos en dólares, terminan envolviéndolos en una trampa de explotación.

De acuerdo a lo denunciado por los investigadores, entre ellos, la mencionada socióloga argentina, el error en esta tarea no está permitido. Los trabajadores deben seguir instrucciones precisas, repetir procedimientos monótonos y hasta enfrentarse a contenidos perturbadores sin apoyo psicológico.

En una entrevista realizada por DW Español, una trabajadora de los algoritmo de Kenia relató cómo en muchas ocasiones ha tenido que ver incontables imágenes sobre hechos violentos y contestar preguntas sobre temas incómodos como el canibalismo, lo cual, de tanta repetición, termina por afectarles sin poseer un respaldo psicológico.

Este es el precio que se debe pagara para que IA aprenda de las percepciones y decisiones que ayudarán a millones de personas que desconocen la existencia de estos fantasmas del algoritmo.

El pago es por tarea, sin sueldo ni contrato ni derechos laborales. La seguridad social no aparece en esta relación laboral, mucho menos vacaciones u otros beneficios. Mientras más velocidad, disponibilidad y capacidad para soportar jornadas extensas frente a la pantalla tengas mayores serán tus ingresos, los cuales tampoco son cuantiosos.

Uno de los ejemplos más conocidos, reseñado por el portal Marketing4eCommerce, es Mechanical Turk es un marketplace fundado por Amazon en 2005. En esta plataforma, miles de personas realizan microtareas por centavos, compitiendo entre sí por trabajos que requieren atención extrema. Resalta el medio que aquellos que se exponen a contenido violento como videos de tortura, abuso o suicidio, lo hacen sin acompañamiento psicológico, en un entorno que exige eficiencia, pero niega humanidad.

Ciertamente, visto rápidamente es una oferta laboral que se vende como flexible, sencilla, moderna, pero que al final reproduce formas de explotación propias de siglos pasados. La IA no elimina el trabajo humano, lo fragmenta, lo oculta y lo precariza.

Doctores haciendo el trabajo de la IA

En una entrevista realizada por El País, Miceli resalta que una de las mayores falacias que se puede difundir es que estos trabajadores no están calificados y tienen poca formación. La investigadora explica que, en el desarrollo de su exploración sobre el tema, conoció personas con estudios de doctorado haciendo este tipo de trabajos. Lógico, en países con economías tan inestables, una profesional debe tener mínimo dos entradas económicas para equilibrar sus gastos y esta oferta engañosa puede resultar una opción.

Muchos trabajadores de datos, destaca la argentina, tienen formación en ciencias sociales, informática, lingüística o geografía. El conocimiento de estos programadores de datos es clave para que la IA funcione, pero su rol es invisibilizado por una narrativa que glorifica la automatización y desprecia lo humano. Miceli recalca que esta invisibilización no es casual: permite justificar la precarización y evitar el reconocimiento.

Es por ello que cada vez que usted haga una pregunta a Chat GPT u otra IA sepa que detrás de su respuesta está el trabajo de cientos de personas que interpretaron, clasificaron o corrigieron datos. Su trabajo no es mecánico, sino interpretativo. Requiere criterio, sensibilidad y conocimiento. Reconocerlo es el primer paso para construir una tecnología más ética y menos extractivista.

Ciencia con humanidad

Milagros Miceli enfatiza que no se trata de limitar el avance de la IA. Su propuesta es clara: acompañar la investigación de esta herramienta con los trabajadores de datos, reconocer su rol, mejorar sus condiciones laborales y construir una ciencia con humanidad. De allí que, impulsa el proyecto Data Workers’ Inquiry, inspirado en los cuadernos de investigación obrera de Marx.

Este proyecto busca que los propios trabajadores documenten sus experiencias, sus condiciones, sus saberes. El objetivo es que la ciencia no se construya desde arriba, sino que surja de la interacción con quienes conforman la base de la pirámide IA.

Todo lo anterior reafirma un secreto a voces: la tecnología no es neutra, reproduce las desigualdades del mundo que la crea. Por ello, resignificar ese trabajo invisible es un acto de justicia simbólica, una forma de devolver humanidad a lo que el algoritmo pretende borrar.

No basta con desarrollar modelos más precisos; hay que construir procesos más justos. La IA puede ser una herramienta poderosa, pero solo si reconoce a quienes la hacen posible. Hay que comenzar a mirar lo que no se ve, nombrar lo que se oculta, dignificar lo que se explota.